En busca de Daniel Scioli
SEGÚN LO VEO
Luego de resignarse a que Daniel Scioli resultara ser el candidato presidencial del Frente para la Victoria oficialista, Cristina y sus allegados se pusieron a pensar en cómo impedir que, en el caso de que ganara las elecciones, se le ocurriera aprovechar la primera oportunidad que surgiera para alejarse del gran proyecto K. Pronto descartarían la alternativa propuesta por algunos militantes entusiastas de forzarlo a dejarse acompañar por Máximo para que, luego de un intervalo tumultuoso, el primogénito del matrimonio Kirchner asumiera el poder en nombre de la familia reinante. ¿Alicia Kirchner? Sería demasiado. ¿Axel Kicillof? “Chiquito” tendría sus méritos, pero por tratarse del mandamás de la economía nacional podría ser un piantavotos. Terminaron optando por Carlos Zannini, un fiel servidor de los Kirchner que, suponían, nunca los traicionaría y que, para más señas, es considerado un operador político extraordinariamente hábil.
Aunque Scioli se afirma encantado con el arreglo, le molesta que tantos lo hayan atribuido a Cristina. “A esta altura, ¿todavía me subestiman? ¡Yo no lo puedo creer!”, protestó. Puede que sólo se haya tratado de palabras de circunstancia, pero acaso fue una forma de advertirnos que sabe muy bien que, para ser un presidente de verdad, después de triunfar en las elecciones tendría que derrotar a quienes se creen capaces de manipularlo como si fuera una muñequita sin voluntad propia.
A diferencia de otros políticos, Scioli nunca ha procurado llamar la atención sobre sus presuntas dotes intelectuales o su hipotético don de mando. Antes bien, se ha esforzado por brindar la impresión de ser un peso pluma amable y sonriente, lo que no lo ha perjudicado en absoluto; no es poca cosa gobernar la provincia de Buenos Aires durante casi ocho años difíciles, sobreviviendo a un ataque tras otro ensayado por una presidenta tan despótica como caprichosa, para entonces acercarse a las puertas de la Casa Rosada con una buena posibilidad de ser el próximo ocupante. A juzgar por su trayectoria exitosa, sería razonable sospechar que, no obstante su apariencia innocua, Scioli es un discípulo aventajado de Nicolás Maquiavelo. De ser así, Cristina y Zannini podrían verse frente a un adversario peligroso que, una vez instalado en el poder, les depararía un sinnúmero de sorpresas muy ingratas.
Desde hace algunos meses, los militantes kirchneristas están tratando de convencerse de que Scioli es un amigo auténtico del “proyecto” y que se equivocaron aquellos que lo tomaban por un infiltrado “neoliberal” que, si sucediera a Cristina, se dedicaría a desmantelar el sacrosanto “modelo” populista que se ha improvisado. Desgraciadamente para ellos, sucedía que de todos los presuntos oficialistas, Scioli era el único que contaba con la popularidad necesaria para triunfar en las elecciones presidenciales, razón por la que, a pesar de sus dudas comprensibles, los kirchneristas se sintieron obligados a permitirle ser su candidato. Mal que les pese a los muchos que desconfían de su fidelidad a la causa, el bonaerense de perfil vaporoso es dueño de muchísimos votos. Si consigue apropiarse de la presidencia y la caja, tendría el poder suficiente como para vengarse de quienes lo desprecian.
Para ayudarlo en tal empresa, un eventual presidente Scioli contaría con la crisis socioeconómica. El “modelo” de Cristina no es sostenible. Para seguir funcionando, precisaría una cantidad cada vez mayor de recursos financieros, pero todo hace prever que pronto se agoten los aún disponibles. Frente a la alternativa de precipitarse por un acantilado y cambiar abruptamente de rumbo con la esperanza de que brigadas de inversores rapaces, tanto extranjeros como nacionales, vengan galopando al rescate, el sucesor de Cristina tendría que producir los cambios que temen los kirchneristas. ¿Podría el vicepresidente, que en tal caso sería Zannini, movilizar a sus huestes para que defiendan, cueste lo que costare, el desastre que el gobierno actual ha preparado? Si lo intentara, daría a Scioli una buena oportunidad para marginarlo con métodos parecidos a los empleados por Zannini mismo y su amigo Máximo para aislar a Julio Cobos primero y, después, a Amado Boudou.
A menos que Scioli se haya metamorfoseado últimamente en un kirchnerista genuino, lo que hubiera requerido una conversión espiritual equiparable con la de Saúl en San Pablo en el camino de Damasco, el país podría encontrarse en vísperas de una batalla interna entre dos modalidades políticas radicalmente distintas. El Scioli de hasta hace muy poco era un hombre dialoguista, amigo de los consensos y, hay que decirlo, del libre mercado, que nunca había manifestado interés alguno en las cruentas fantasías marxistas. En cambio Zannini ha sido un maoísta, si bien es de suponer que se ha reciclado, que desde su lugar en el gobierno impulsó una versión propia, con los militantes de La Cámpora en el papel de guardias rojos, de la “revolución cultural” que tuvo un impacto devastador en China. Si bien China logró recuperarse de los estragos provocados por la voluntad de Mao de movilizar a los jóvenes para que demolieran todo lo viejo, ocupando colegios, castigando a los maestros y sembrando por doquier lo que aquí se llamaría “los valores villeros” a fin de rebajar todo un gran país a su propio nivel, tuvieron que transcurrir muchos años antes de que el “neoliberal” Deng Xiaoping pudiera poner fin a la locura colectiva.
Aunque es de suponer que Zannini se ha alejado de las ideas totalitarias que en su juventud compartía con muchos intelectuales no sólo aquí sino también en otras partes del mundo, no existen demasiado motivos para creer que se haya transformado en un demócrata cabal. Por el contrario, además de la “batalla cultural”, como secretario legal y técnico ha liderado la ofensiva del gobierno contra los medios periodísticos, la autonomía judicial y las partes más vulnerables del sector privado. En opinión de la chaqueña combativa Elisa Carrió, en la actualidad la opción es entre la república democrática con Mauricio Macri como presidente y una dictadura estalinista en que Scioli desempeñaría un rol meramente protocolar, dejando el poder real en manos de Cristina, Zannini y sus amigos. ¿Estaría dispuesto Scioli a colaborar con un proyecto tan perverso? Por ahora, le conviene hacer pensar que sí lo estaría, pero no extrañaría que, en el caso de que lograra mudarse a la Casa Rosada, volviera a ser el político que era antes.
James Neilson
James Neilson