En el camino/ Prudencia

Reflexiones, pensamientos, anécdotas y sueños sobre viajar.

Irene Caselli irenecaselli@gmail.com No le gustaba el mar. Si nos acercábamos a la orilla se enloquecía. “¿Cómo puede ser que no le guste el mar a este pibito?”, me preguntaba yo, que me sentía mucho mayor que él aunque solo tenía dos años más. A mí me encantaba, me metía al agua y salía horas después, con la piel arrugada. Mis padres cuentan que Mauro, mi hermanito, sufrió un trauma. Fue en una playita anónima en la Anatolia, la parte asiática de Turquía, camino al balneario de Kusadasi. Recién había cumplido tres años. Un día se quedó atrapado en un banco de algas en la orilla. Gritó y gritó hasta que mi papá lo pudo rescatar. Aunque a los pocos veranos mi hermano se amigó con el mar, la anécdota quedó como si fuera una verdad absoluta. Y cada vez que podía, lo cargaba hasta agotarlo. Hoy me acusarían de bullying. Tenía una crueldad típica de los niños un poco abusivos y mandones. También un machismo que a veces las chicas tenemos aún más radicado que los varones. Y sabía cuál era su punto débil: “Te da terror el agua porque tenés miedo de perder el pitito”. Ahora me doy cuenta de que me sentía sola cuando él no estaba conmigo. Pensaba que si lo provocaba podía convencerlo para que se una a mis juegos. Para compensar mi soledad, me hacía la valiente, coqueteaba con los límites. Al agua, ¡de una! Cabeza primero, ¡dale! Treparse a una roca antes de lanzarse, ¡sin problema! Mauro era (es) distinto. Una foto del álbum familiar ilustra su personalidad. Mi padre la tomó en Grecia el mismo verano de las algas. Con mi hermano llevamos los mismos zapatos, unos “Chicco” azules, típicos de la indumentaria veraniega de los niños italianos en los 80. Yo miro hacia adelante, hacia el horizonte, parezco un resorte a punto de saltar. Mauro, todavía con su pañal, se apoya en la pared con una mano y con la otra se sostiene de mi brazo, mirando hacia abajo, tanteando con prudencia con el pie, evaluando si bajar o no el escalón. Claro, ahora entiendo que no solo no tenía miedo sino que además no le preocupaba pararse y esperar hasta decidir qué hacer. No le interesaban las aventuras sin sentido. No tenía que demostrarle su valentía a nadie. Si algo no le gustaba, no le gustaba. Y si unas algas le tapaban la vista, quitándole claridad, mejor quedarse quieto. “¿Para qué tirarse de cabeza –debía pensar– cuando se puede ser un poco prudente?” Periodista italiana Twitter: @irenecaselli


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