En el taller de un maestro de los instrumentos

Raúl Pérez es uno de los luthier más reconocidos del país. Vive en Bariloche y en su taller construye violines, guitarras, entre otros instrumentos para músicos clásicos, populares y de rock de todo el mundo. Dice que hacer una buena guitarra puede llevar 100 años.

Redacción

Por Redacción

PERSONAJE DE BARILOCHE

CLAUDIO ANDRADE

candrade@rionegro.com.ar

Entre los cuerpos a medio terminar de guitarras, laúdes, violines y violonchelos, como artistas desnudos atrapados in fraganti un rato antes de salir a escena, Raúl Pérez permanece abstraído en la delicada tarea de crear o restaurar instrumentos musicales. Tiene 67 años pero representa algunos más. Su postura corporal hace pensar en las líneas curvas de las violas o en un imaginario arco excesivamente tensado. Sus manos son encarnaciones de la misma madera que todos los días se ocupa de pulir. Dedos como ramas, piel que ha echado raíces. Y, detrás del cristal de los lentes, sus ojos observan como extrañados el “afuera”, todo lo que no es un instrumento musical. El maestro Pérez es uno de los luthier más prestigiosos del país. Desde su singular hogar enclavado en la “panza” del cerro Otto, se dedica a construir instrumentos para destacados músicos clásicos y populares de la Argentina, Estados Unidos y Europa.

Tener un instrumento del maestro Pérez es como emprender un viaje. Pérez insiste en conversar con sus clientes acerca de las características de la obra que producirá en un plazo que va, en promedio, de los 2 a los 6 meses de pura ejecución. Puede ser, por ejemplo, una guitarra para el vocalista de uno de los más famosos grupos rock de la Argentina, o un violín para un solista de la Filarmónica de Buenos Aires, o de un prestigioso conjunto de cuerdas italiano, o de un grupo de música antigua de los Estados Unidos. A Pérez no le gusta presumir de nombres y todos peregrinaron hacia su abarrotado taller.

“Mi proyecto es hacer un museo de instrumentos como no hay ninguno en el país. Hay en La Plata un museo pero no con las característica del que yo proyecté. Me falta tiempo (indica y mueve los dedos en la inconfundible señal de quien habla de dinero), nada más, porque incluso ya tengo el lugar que es de unos familiares de mi señora, Ana María”, cuenta.

Siendo un crío, hablamos de sus cuatro años, Pérez se sentía atraído por todo lo que funcionaba. “Relojes, radios, cualquier cosa que tuviera un mecanismo llamaba mi atención. Yo nunca tuve un problema con la vocación, yo siempre supe qué iba a hacer y que había que trabajar para vivir. Tenía mucha habilidad con mis manos y empecé haciendo mis cosas en el taller de mi papá”, relata. Y aquí es donde se vuelve obligatorio escribir una nota al pie. El maestro luthier es hijo de un legendario maestro carpintero: José Pérez, el hombre que construyó una parte del Instituto Balseiro y que conoció a entre otros al propio José Antonio Balseiro. Su padre tiene 100 años y goza de buena salud. “No falta la gente que quiere que yo haga una antigüedad como si fuera de verdad una antigüedad, si fuera por ganar dinero lo haría, pero no trabajo para eso, yo hago instrumentos con dedicación, con seriedad. Además el rubro antigüedades está lleno de trampas.

La mayor parte de su vida Pérez ha sido luthier pero no siempre de un modo “exclusivo”. “He trabajado en la telefónica en el turno noche, como operador de cine, soy maestro de escuela, he trabajado toda mi vida en mi propia casa, en mi barrio, limpiando los techos, empedrando la calle con mi mujer”, enumera. La historia de este exclusivísimo club al cual pertenece Pérez se remonta a cientos o miles de años atrás. El nombre luthier viene del francés “luth” que a su vez tiene su raíz en el árabe al-’ud, es decir “laúd”. Con el tiempo la palabra terminó señalando a aquel que “hace el laúd” o, en definitiva, lo arregla. La formación de un luthier requiere siempre de otro luthier quien tiene la obligación de transferir sus conocimientos a su ayudante más talentoso.

“Para ser un buen luthier hay que leer mucho, escuchar mucho, hablar con otros especialistas, con músicos, viajar, manejar idiomas y es óptimo tocar los instrumentos, sin ser necesariamente un virtuoso”, explica. Pérez ha cumplido todo el protocolo. Su pequeño taller es un punto en el universo donde está concentrada una enorme cantidad de energía. Entre sus paredes de madera se pueden encontrar cientos de instrumentos de cientos de países, libros en alemán, inglés, italiano, casi nada en español ya que la literatura en nuestro idioma referida a la construcción y reparación de instrumentos musicales es escasa, mapas de construcción, guías, postales y fotografías de otros maestros como la de Marcelino López Nieto.

Una de las reglas más altas que rigen su vida es jamás copiarse de otros ni siquiera a sí mismo. “Yo siempre hago un instrumento distinto para una persona distinta. Ningún instrumento es igual a otro. A veces me preguntan pero cuanto le lleva hacer un violín, por ejemplo. Y yo les cuento que la madera que voy a usar la tengo guardada desde hace 30 años en mi taller, y que viene de un árbol que tenía 70 años o más años. Esto quiere decir que hace unos 100 años que se está haciendo el violín o la guitarra que usted me pide”, reflexiona.

Las máximas de un luthier

Para Raúl Pérez existen algunas reglas de oro que definen la calidad del trabajo de un buen luthier y de un buen instrumento. “Los instrumentos están siempre vivos, lo que pasa es que cambian con el tiempo, el clima, el uso. Los instrumentos bien hechos mejoran su sonido a lo largo de los años. Adquieren un estado que les permite vibrar con facilidad. Los instrumentos comerciales por lo general cuando llegan a la vidriera ya están vencidos. Ya alcanzaron su pico máximo de calidad”, explica. “Que algo sea antiguo no quiere decir que se bueno, menos aun un instrumento”, agrega. “No hay una madera específica para todo el instrumento, se usan muchas: abeto, alerce, ciprés, y otras, cada una puede ser utilizada para un parte distinta del cuerpo de una guitarra o un violín”, señala.

“Me ha sucedido que viene gente y quiere que le haga un guitarrón, o un instrumento que se sale de la norma. Yo no lo hago. Podría hacer una guitarra cuadrada y que suene pero eso ya no sería una guitarra, sería otra cosa”, cuenta.

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