En la cabalgata a Chimpay nos hacemos aún más amigos

Diego Andrés Von Sprecher, cada fin de agosto, parte para Chimpay desde su pueblo, Allen, junto con su grupo de amigos cabalgando. De este modo, amistad y fe templan su alma para fortalecer su vida. Parte de este aprendizaje y experiencia lo comparte EN PRIMERA PERSONA.<a rel="nofollow" href="http://www.rionegro.com.ar/diario/7-anos-que-nos-juntamos-para-ir-a-pescar-una-vez-al-ano-8049345-9574-nota_multifoto.aspx" target="_blank"> Antes, lo hizo Miguel Vergara con su grupo de amigos con sus salidas de pesca. </a>

AMISTAD, cuestión de hombres (II)

Cada fin de agosto nos vamos a Chimpay.

Por cuadro días hay que parar el mundo de cada uno porque la fe por el santo Ceferino nos convoca en su tierra natal y la amistad de nosotros es la clave para desandar 157 kilómetros a caballo desde Allen, nuestro pueblo natal.

No tenemos edades uniformes y tampoco nuestras vidas transitan por los mismos andariveles. Hay un poco de todo y bastante entrevero en el grupo de la Fundación Gauchos Libres que cada año emprende la cabalgata a Chimpay. Somos unos diez de edades variadas -de los 30 para arriba-.

El “gallego” Miguel Martínez lleva 22 años cabalgando a Chimpay y es un tipo que contagia amistad, siempre predispuesto a compartir lo que tiene en su mesa o darte una mano en lo que necesitas. Alrededor de él y su familia, el grupo de la cabalgata fue variando algunos actores pero perduró en el tiempo.

Diego Andrés Von Sprecher

dievon@hotmail.com

Un viaje a caballo de casi 160 kilómetros, desde Allen a Chimpay, demanda varias reuniones previas de organización. En un cuaderno el cocinero del equipo somete a votación el menú para cada cena y almuerzo porque la comida es muy importante para no perder las energías. El almuerzo tiene que ser un plato que se coma casi al paso porque no se puede perder el ritmo de la cabalgata pero no hay cena sin disco, parrilla oi un asador bien plantado.

El primer tramo de la cabalgata une Allen con Cervantes, donde hacemos noche a la vera de la Ruta 22 en la estación de servicios que está en el ingreso al pueblo. Ese trayecto te va “acomodando” el cuerpo al trajín de la travesía porque está claro que si bien todos andamos a caballo, nadie está acostumbrado a hacer 40 ó 50 kilómetros en un solo día. Según como te haya tratado el caballo, caes fulminado a las 11 de la noche o te arrimas al fogón para compartir la guitarreada.

Mi primera cabalgata fue hace cinco años y no guardo de ese viaje la mejor experiencia. La “nena”, mi yegua colorada cabos negros, no me dio respiro y fui a los saltos durante la mitad de la cabalgata. Es un animal muy brioso que buscó medir distancias con cada uno de los caballos que se le puso a la par. “¡Largale las riendas y que corra, que corra nomás, ya se va a cansar!” me decían cuando me veían con el animal con el cogote arrollado, avanzando de costado y yo agazapado sobre el lomo como listo para disputar el Carlos Pellegrini. Hice caso al consejo pero la yegua no se entregó al cansancio y un día después llegue a Chichinales con el cuerpo roto. Literalmente roto. El secreto de la cabalgata es viajar en un caballo tranquedador.

No hay cabalgata sin los que no van a caballo pero acompañan en los vehículos de refuerzo. Ellos se encargan de la logística y la comida. Están en todos los detalles.

Chichinales es para los jinetes un oasis en el camino. Esa ciudad abre el polideportivo para los peregrinos y te recibe con duchas calientes y toda la hospitalidad pueblerina. La noche de Chichinales tiene una peña con bailarines, guitarreros y cantores que ensalzan la noche con folclore. Nosotros tenemos nuestro crédito local que cada vez que canta se lleva los aplausos de todos. El “matungo” Ruiz es el camionero del grupo, el que traslada toda la logística de la cabalgata, desde el pasto para los animales hasta cada hasta cada cosa que se necesita para armar el campamento.

“Matunguito” tiene una voz rasposa muy particular. Yo estoy seguro que si algún productor lo escuchara cantar “Te escribo desde el sur”, de Hugo Giménez Agüero, no dudaría en llevarlo a algún escenario. Pero él es un camionero libre como el viento y creo que prefiere la guitarra lo arrime a cualquier fogón, sin compromisos ni preámbulos.

Cada día, cuando sale el sol, hay que alimentar los caballos y preparar la partida. A más tardar 8:30 se reanuda la cabalgata y si no ensillaste a tiempo, seguro perdes el ritmo de la travesía y no te queda otra que hacer algunos kilómetros en soledad. Un par de mates y a ensillar, esa es la consigna. Mi alforja lleva cada año una petaca con Caña Legui para compartir bien temprano, cuando el cuerpo te pide calor y el frío te curte la cara y las manos. Un sorbo te cambia la temperatura.

La cabalgata es eso. Te guía la devoción por el santo Ceferino pero en el camino te une la mistad. Y desde el lomo del caballo vas compartiendo, anécdotas, podes hablar de política o de los temas más remotos. Hay mucho tiempo para conversar con los de tu grupo y con los demás jinetes que van para Chimpay.

A mi me conmueven las historias de fe que lo ponen a Cefereino en el centro de la escena. El año pasado un tal “Tuta”, jinete de Cordero, me contó que en una oportunidad él cabalgaba con sus compañeros cuando de repente dos hermanos los pararon a un costado de la ruta para entregarles una carta que debía llegar a Chimpay porque el padre de ellos estaba muy mal de salud, al borde la muerte. Recibieron la carta. La protegieron entre las pilchas del caballo y le llevaron al santuario. Fue leída y bendecida por el cura que en Chimpay daba la misa y un tiempo después recibieron vía Facebook la noticia de que el papá de los hermanos se había recuperado. “Ceferino curó a mi hijo que tenía cáncer, yo le pedí que me ayude y le debo la vida. Para mi él lo es todo”, me dijo una mujer que caminaba a un costado de la Ruta 22, en la subida de Chichinales, con una imagen de su pequeño estampada en la remera.

Chelforó es la última parada. En ese pueblo casi en extinción se hace noche para encarar tramo final de la cabalgata. El más duro. Hace un par de años una fuerte granizada nos recibió Chelforó y la verdad es que pasamos mucho frío. El bar – comedor de Falcó es el lugar de reunión y no falta en la noche de Chelforó el baile y la guitarreada.

Llegar al Chimpay y encontrarte con la imagen de Ceferino en el santuario es una experiencia conmovedora. A es altura el cuerpo ya pide descanso, te duelen las piernas y tenés la cara curtida por el viento y el sol. Cuando estamos ahí nos abrazamos y aparecen las lágrimas de emoción porque la cabalgata, más allá de todo lo bueno que uno comparte en el camino, tiene su costado sacrificio. Casi todos un año pedimos y otro agradecemos a Ceferino.


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