En la segunda división

De continuar la escalada del dólar, que para desesperación del gobierno ya parece irrefrenable, el país se encontrará por debajo incluso del Paraguay.

Una consecuencia lógica de la devaluación con la que el presidente Eduardo Duhalde inició su gestión accidentada ha consistido en la caída estrepitosa de la Argentina en la tabla de posiciones correspondiente al ingreso per cápita de los países latinoamericanos: luego de haberla encabezado cómodamente durante muchos años, ya está en el sexto lugar, bien detrás de Uruguay, Chile, Brasil, México y Venezuela. Para colmo, de continuar la "escalada del dólar", que para desesperación del gobierno ya parece irrefrenable, al difundirse los próximos resultados se encontrará por debajo del Perú, Costa Rica, Colombia y, por inverosímil que parezca, Paraguay. Sin embargo, por ahora cuando menos sólo se trata de una curiosidad estadística porque la tasa de cambio actual es mucho más "ficticia", para emplear el adjetivo favorecido por los duhaldistas cuando aluden a la situación que imperaba antes de su llegada, de lo que era cuando la convertibilidad estaba en su fase final: en aquel entonces, se estimaba que la brecha entre el valor oficial y el "real" era de aproximadamente el veinte por ciento; en este momento, será del ciento por ciento o más. De estabilizarse el peso a un nivel realista, el país no tardaría en recuperar una parte del terreno perdido. Sin embargo, cuanto más dure el abismo que separa la cotización económicamente comprensible del peso del valor fijado por el veleidoso mercado libre, mayores serán los perjuicios para la economía real.

La diferencia que ya se ha abierto nos está resultando sumamente costosa. Justificado o no el tipo de cambio vigente en un momento determinado, no es posible minimizar su importancia. Si bien la Argentina dista de ser una potencia comercial -a pesar de la "apertura" y "la globalización" nuestra participación en el intercambio internacional está entre las más reducidas del planeta-, depende de importaciones en muchos ámbitos, sobre todo en los relacionados con la alta tecnología. Aun cuando la tasa de cambio sea absurda, incidirá de forma devastadora en todo lo vinculado con lo farmacéutico, los equipos médicos, la informática y los bienes de capital. Desde luego que tales distorsiones resultarían menos perjudiciales si a raíz de la megadevaluación el país lograra disfrutar del "boom" exportador que habían previsto los partidarios de la pesificación, pero no hay ninguna señal de que uno esté por producirse. Por el contrario, las dificultades ocasionadas por el virtual colapso del sistema bancario y por el "default" que nuestros legisladores festejaron con regocijo infantil, han tenido un impacto negativo en las exportaciones de muchos productos. Así, pues, el país está experimentando el equivalente de un embargo -mejor dicho, un autoembargo- comercial.

Puede que la conciencia de que, conforme a las estadísticas que difunden los organismos internacionales, la Argentina se ha transformado en un país latinoamericano más obligue a sus dirigentes a tomar en serio los muchos problemas estructurales que desde hace por lo menos medio siglo le han impedido evolucionar como han hecho países como España, pero es poco probable que esto suceda. Aunque la sensación de prosperidad incipiente atribuible a la idea de que estuviéramos decididamente más ricos que nuestros vecinos haya incidido en la conducta personal de muchos funcionarios y otros en la década en la que regía la convertibilidad, sería sorprendente que la depauperación reflejada por el nuevo producto per cápita los hiciera más austeros, sobrios y responsables. El que no se hayan preocupado demasiado por la extrema desigualdad cuando la Argentina supuestamente era lo bastante próspera como para permitirse programas sociales ambiciosos, hace prever que en una época caracterizada por la pobreza optarán por recetas demagógicas, que a su entender cuestan poco, no por soluciones auténticas. Por desgracia, pormenores como la ilusión de riqueza generada por el uno a uno y la información de que según las estadísticas internacionales deberíamos acostumbrarnos a un nivel de vida similar al peruano no inciden mucho en la forma de pensar de la clase dirigente, que continuará improvisando como ha hecho siempre, imputando las desgracias a la perversidad ajena y los logros, en el caso de que haya algunos, a su propia sabiduría y compromiso con la justicia social.


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