En un mundo propio
La presidenta Cristina Fernández de Kirchner es una política experimentada que entiende muy bien el valor de una buena imagen, razón por la que ha invertido muchísimo dinero ajeno en propaganda y se ha acostumbrado a escenificar con sumo cuidado todas sus apariciones públicas, preocupándose por cada detalle como si fuera una actriz en el papel de jefa de Estado. Es por lo tanto natural que su conducta reciente haya dejado perplejos no sólo a sus adversarios sino también a sus simpatizantes más lúcidos. En vez de tratar de minimizar los “costos políticos” que la muerte del fiscal Alberto Nisman ocasionaba al gobierno, afirmándose resuelta a asegurar que la Justicia investigara el caso de manera independiente, enviando su pésame a los deudos del fallecido y tomando otras medidas para que nadie olvidara que es presidenta de todos los argentinos, Cristina trató lo sucedido como una afrenta personal, mientras que sus partidarios más vehementes procuraron incorporarlo al “relato” oficial, imputándolo a los “golpistas” que según los kirchneristas son más que capaces de ir a cualquier extremo para desacreditar a su idolatrada líder. Puede que la estrategia contraproducente así supuesta alcanzara su clímax con el acto esperpéntico que Cristina protagonizó el miércoles pasado en la Casa Rosada en que, frente a una multitud de jóvenes que bailaba frenéticamente, se mofó de los fiscales que habían convocado a una marcha para homenajear a Nisman al gritar: “Nosotros nos quedamos con el canto, con la alegría, a ellos les dejamos el silencio…”, pero es perfectamente posible que el gobierno nos tenga reservadas otras sorpresas desopilantes. De más está decir que “ellos” no se limita a los fiscales y quienes se han comprometido a acompañarlos en la “marcha del silencio” que se ha organizado para el 18. Incluye a millones de personas que no creen que sea motivo de “alegría” la muerte de un fiscal, sobre todo de uno que poco antes había denunciado a la presidenta por encubrimiento al pactar con el régimen teocrático iraní. El que un fiscal muriera con una bala en la sien poco después de embestir contra el gobierno fue más que suficiente para hacer temer que la Argentina se deslizara hacia una nueva etapa de violencia política. Aunque en circunstancias como éstas es deber de todo jefe de Estado procurar tranquilizar a la ciudadanía, Cristina habla como si quisiera que los fiscales y otros se sientan amenazados por lo que podría ocurrirles en los meses que le quedan en el poder. En lugar de reivindicar la unidad nacional, insiste en ampliar las divisiones existentes. La voluntad de Cristina de desafiar a los preocupados por las eventuales connotaciones de la muerte de Nisman puede considerarse propia de una mandataria que se ha resignado al fracaso de su “proyecto” personal pero que así y todo es reacia a darse por vencida. Asimismo, a juzgar por su conducta, ha llegado a la conclusión de que no le convendría que el Frente para la Victoria oficialista triunfara en las elecciones que se avecinan, razón por la que aprovechó la oportunidad que le fue brindada por el extraño acto televisado en que dio a entender que es la encarnación del amor y de la alegría juvenil para reanudar sus ataques contra Daniel Scioli, el único candidato kirchnerista en condiciones de derrotar a los opositores Mauricio Macri y Sergio Massa, ya que nadie apostaría mucho a las posibilidades de su favorito actual, Florencio Randazzo. Desde el punto de vista de Cristina misma, sería con toda seguridad mejor que Macri o Massa se encargaran de la multitud de problemas económicos, sociales, políticos y jurídicos que dejará su gobierno, puesto que entiende que Scioli no tardaría en privarla de una proporción sustancial de sus partidarios peronistas, pero para sus muchos dependientes dicha alternativa sólo motivará angustia. Cristina ya se ha separado anímicamente de la mayor parte del país. A menos que modere pronto su forma de actuar, correría el riesgo de separarse del grueso de su propia agrupación ya que, con la presunta excepción de quienes asisten a aquellas extravagantes fiestas de amor televisadas que se celebran en la Casa Rosada, pocos querrán seguir militando en un movimiento que será recordado más por lo malo que ha hecho y por las excentricidades de sus líderes que por sus aciertos.
Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.196.592 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Vicedirector: Aleardo F. Laría Rajneri Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Sábado 14 de febrero de 2015
La presidenta Cristina Fernández de Kirchner es una política experimentada que entiende muy bien el valor de una buena imagen, razón por la que ha invertido muchísimo dinero ajeno en propaganda y se ha acostumbrado a escenificar con sumo cuidado todas sus apariciones públicas, preocupándose por cada detalle como si fuera una actriz en el papel de jefa de Estado. Es por lo tanto natural que su conducta reciente haya dejado perplejos no sólo a sus adversarios sino también a sus simpatizantes más lúcidos. En vez de tratar de minimizar los “costos políticos” que la muerte del fiscal Alberto Nisman ocasionaba al gobierno, afirmándose resuelta a asegurar que la Justicia investigara el caso de manera independiente, enviando su pésame a los deudos del fallecido y tomando otras medidas para que nadie olvidara que es presidenta de todos los argentinos, Cristina trató lo sucedido como una afrenta personal, mientras que sus partidarios más vehementes procuraron incorporarlo al “relato” oficial, imputándolo a los “golpistas” que según los kirchneristas son más que capaces de ir a cualquier extremo para desacreditar a su idolatrada líder. Puede que la estrategia contraproducente así supuesta alcanzara su clímax con el acto esperpéntico que Cristina protagonizó el miércoles pasado en la Casa Rosada en que, frente a una multitud de jóvenes que bailaba frenéticamente, se mofó de los fiscales que habían convocado a una marcha para homenajear a Nisman al gritar: “Nosotros nos quedamos con el canto, con la alegría, a ellos les dejamos el silencio…”, pero es perfectamente posible que el gobierno nos tenga reservadas otras sorpresas desopilantes. De más está decir que “ellos” no se limita a los fiscales y quienes se han comprometido a acompañarlos en la “marcha del silencio” que se ha organizado para el 18. Incluye a millones de personas que no creen que sea motivo de “alegría” la muerte de un fiscal, sobre todo de uno que poco antes había denunciado a la presidenta por encubrimiento al pactar con el régimen teocrático iraní. El que un fiscal muriera con una bala en la sien poco después de embestir contra el gobierno fue más que suficiente para hacer temer que la Argentina se deslizara hacia una nueva etapa de violencia política. Aunque en circunstancias como éstas es deber de todo jefe de Estado procurar tranquilizar a la ciudadanía, Cristina habla como si quisiera que los fiscales y otros se sientan amenazados por lo que podría ocurrirles en los meses que le quedan en el poder. En lugar de reivindicar la unidad nacional, insiste en ampliar las divisiones existentes. La voluntad de Cristina de desafiar a los preocupados por las eventuales connotaciones de la muerte de Nisman puede considerarse propia de una mandataria que se ha resignado al fracaso de su “proyecto” personal pero que así y todo es reacia a darse por vencida. Asimismo, a juzgar por su conducta, ha llegado a la conclusión de que no le convendría que el Frente para la Victoria oficialista triunfara en las elecciones que se avecinan, razón por la que aprovechó la oportunidad que le fue brindada por el extraño acto televisado en que dio a entender que es la encarnación del amor y de la alegría juvenil para reanudar sus ataques contra Daniel Scioli, el único candidato kirchnerista en condiciones de derrotar a los opositores Mauricio Macri y Sergio Massa, ya que nadie apostaría mucho a las posibilidades de su favorito actual, Florencio Randazzo. Desde el punto de vista de Cristina misma, sería con toda seguridad mejor que Macri o Massa se encargaran de la multitud de problemas económicos, sociales, políticos y jurídicos que dejará su gobierno, puesto que entiende que Scioli no tardaría en privarla de una proporción sustancial de sus partidarios peronistas, pero para sus muchos dependientes dicha alternativa sólo motivará angustia. Cristina ya se ha separado anímicamente de la mayor parte del país. A menos que modere pronto su forma de actuar, correría el riesgo de separarse del grueso de su propia agrupación ya que, con la presunta excepción de quienes asisten a aquellas extravagantes fiestas de amor televisadas que se celebran en la Casa Rosada, pocos querrán seguir militando en un movimiento que será recordado más por lo malo que ha hecho y por las excentricidades de sus líderes que por sus aciertos.
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