Enfriamiento espontáneo

Redacción

Por Redacción

En países en que gobiernos reaccionarios y pusilánimes temen a la inflación, procuran frenarla enfriando la economía, alternativa ésta que por motivos que nos asegura son humanitarios repudia la presidenta Cristina Fernández de Kirchner. Con todo, puesto que, a pesar de los esfuerzos oficiales por calentarla, la economía está enfriándose con rapidez, parecería que la inflación está moderándose, ratificando así la tesis ortodoxa. Huelga decir que para el gobierno el que la inflación se haya moderado no es una buena noticia. Según el pensamiento reivindicado por los voceros oficiales, la inflación es consecuencia de la falta de oferta, de suerte que para reducirla hay que producir y consumir mucho más, de tal modo ganándole la carrera. Por lo demás, no ignora que la inflación sirve para estimular el consumo y por lo tanto la actividad económica, aunque sólo sea por un período limitado, pero sucede que tanto la producción industrial como las ventas minoristas están cayendo en pico. Más que una “desaceleración”, se trata de un freno brusco que podría verse seguido por una marcha atrás, es decir, por una recesión tal vez prolongada. De ser así, en los meses próximos los problemas de caja que tantos dolores de cabeza están provocando se harán mucho más graves de lo que ya son, con el resultado de que se intensificarán los conflictos laborales, además de los choques entre la presidenta y gobernadores provinciales, como el bonaerense Daniel Scioli, que a su juicio son manirrotos irresponsables. Con la excepción de los “militantes” comprometidos emotiva o profesionalmente con el proyecto de Cristina, virtualmente todos los especialistas coinciden en que el deterioro repentino de la situación económica se debe al cepo cambiario, a las trabas a la importación de insumos imprescindibles y a la desconfianza motivada por la conducta arbitraria de los funcionarios más notorios del gobierno, pero por desgracia parece muy poco probable que Cristina preste atención a las opiniones ajenas. No sólo es cuestión de su resistencia habitual a aceptar que en ocasiones podría equivocarse. También lo es de que a sus asesores “militantes” les resulta fácil defender su propia actuación diciéndole que el mundo entero está en crisis y que en comparación con las de Grecia, España e incluso el mismísimo Estados Unidos, las finanzas argentinas disfrutan de muy buena salud, atribuyendo de tal modo lo que está ocurriendo aquí a la inoperancia de los gobiernos de los países ricos. Por supuesto que todos los mandatarios del planeta se han habituado a culpar a otros por las desgracias económicas que experimentan sus países respectivos, dando a entender que una eventual recuperación dependerá, según el caso, de los chinos, norteamericanos, alemanes, españoles o italianos, pero así y todo la mayoría parece consciente de que les corresponde emprender algunas reformas internas. Desde cualquier punto de vista –ortodoxo o heterodoxo, da igual– el gobierno cristinista ha cometido una cantidad descomunal de errores, de los que el principal consistió en negarse a tomar en serio la pérdida de competitividad causada por un atraso cambiario agravado por una tasa muy alta de inflación, para entonces tratar de ocultar los síntomas con parches: estadísticas tan fantasiosas como las confeccionadas cuando Néstor Kirchner era presidente, la pesificación patriótica forzosa acompañada por una ofensiva policial contra los tentados por el dólar que ha tenido un impacto terriblemente negativo en la construcción, una política energética encaminada a desalentar la producción y estimular el consumo, subsidios cada vez más abultados para los usuarios de servicios públicos y las medidas excéntricas, que pronto resultarían contraproducentes, ideadas por el secretario de Comercio, Guillermo Moreno, con el propósito de transformar importadores en exportadores. Por lo tanto, pese a que el precio de la soja se ha mantenido a un nivel muy elevado –de haberlo alcanzado a comienzos de la gestión del presidente Fernando de la Rúa, pudo habernos ahorrado la gran crisis del 2001 y 2002– y lo mismo puede decirse de otros commodities, el país está precipitándose en una crisis económica que, de haber actuado el gobierno con mayor sensatez, pudo haberse evitado.


En países en que gobiernos reaccionarios y pusilánimes temen a la inflación, procuran frenarla enfriando la economía, alternativa ésta que por motivos que nos asegura son humanitarios repudia la presidenta Cristina Fernández de Kirchner. Con todo, puesto que, a pesar de los esfuerzos oficiales por calentarla, la economía está enfriándose con rapidez, parecería que la inflación está moderándose, ratificando así la tesis ortodoxa. Huelga decir que para el gobierno el que la inflación se haya moderado no es una buena noticia. Según el pensamiento reivindicado por los voceros oficiales, la inflación es consecuencia de la falta de oferta, de suerte que para reducirla hay que producir y consumir mucho más, de tal modo ganándole la carrera. Por lo demás, no ignora que la inflación sirve para estimular el consumo y por lo tanto la actividad económica, aunque sólo sea por un período limitado, pero sucede que tanto la producción industrial como las ventas minoristas están cayendo en pico. Más que una “desaceleración”, se trata de un freno brusco que podría verse seguido por una marcha atrás, es decir, por una recesión tal vez prolongada. De ser así, en los meses próximos los problemas de caja que tantos dolores de cabeza están provocando se harán mucho más graves de lo que ya son, con el resultado de que se intensificarán los conflictos laborales, además de los choques entre la presidenta y gobernadores provinciales, como el bonaerense Daniel Scioli, que a su juicio son manirrotos irresponsables. Con la excepción de los “militantes” comprometidos emotiva o profesionalmente con el proyecto de Cristina, virtualmente todos los especialistas coinciden en que el deterioro repentino de la situación económica se debe al cepo cambiario, a las trabas a la importación de insumos imprescindibles y a la desconfianza motivada por la conducta arbitraria de los funcionarios más notorios del gobierno, pero por desgracia parece muy poco probable que Cristina preste atención a las opiniones ajenas. No sólo es cuestión de su resistencia habitual a aceptar que en ocasiones podría equivocarse. También lo es de que a sus asesores “militantes” les resulta fácil defender su propia actuación diciéndole que el mundo entero está en crisis y que en comparación con las de Grecia, España e incluso el mismísimo Estados Unidos, las finanzas argentinas disfrutan de muy buena salud, atribuyendo de tal modo lo que está ocurriendo aquí a la inoperancia de los gobiernos de los países ricos. Por supuesto que todos los mandatarios del planeta se han habituado a culpar a otros por las desgracias económicas que experimentan sus países respectivos, dando a entender que una eventual recuperación dependerá, según el caso, de los chinos, norteamericanos, alemanes, españoles o italianos, pero así y todo la mayoría parece consciente de que les corresponde emprender algunas reformas internas. Desde cualquier punto de vista –ortodoxo o heterodoxo, da igual– el gobierno cristinista ha cometido una cantidad descomunal de errores, de los que el principal consistió en negarse a tomar en serio la pérdida de competitividad causada por un atraso cambiario agravado por una tasa muy alta de inflación, para entonces tratar de ocultar los síntomas con parches: estadísticas tan fantasiosas como las confeccionadas cuando Néstor Kirchner era presidente, la pesificación patriótica forzosa acompañada por una ofensiva policial contra los tentados por el dólar que ha tenido un impacto terriblemente negativo en la construcción, una política energética encaminada a desalentar la producción y estimular el consumo, subsidios cada vez más abultados para los usuarios de servicios públicos y las medidas excéntricas, que pronto resultarían contraproducentes, ideadas por el secretario de Comercio, Guillermo Moreno, con el propósito de transformar importadores en exportadores. Por lo tanto, pese a que el precio de la soja se ha mantenido a un nivel muy elevado –de haberlo alcanzado a comienzos de la gestión del presidente Fernando de la Rúa, pudo habernos ahorrado la gran crisis del 2001 y 2002– y lo mismo puede decirse de otros commodities, el país está precipitándose en una crisis económica que, de haber actuado el gobierno con mayor sensatez, pudo haberse evitado.

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