Entre feriados y fastos
JORGE CASTAÑEDA (*)
Mediante un proyecto de ley enviado al Parlamento, la presidenta Cristina Fernández tiene la intención de reordenar los días feriados, cambiando el nombre de alguno, restituyendo otro e incorporando uno nuevo. De esa forma el nuevo calendario conforme a la iniciativa presidencial incluirá 15 días feriados. Se restituyen dos días de carnaval, se agrega el Día de la Soberanía recordando la gesta del general Lucio Mansilla, se cambia de nombre al 12 de octubre que pasará a llamarse Día del Respeto a la Diversidad Cultural y, por último, se establecen como no laborables las festividades del Pesaj y del Día del Perdón para la comunidad judía y el fin del Ramadán, el Día del Sacrificio y el Año Nuevo musulmán para los practicantes del islamismo. Feriado es un vocablo que deviene del latín “feria”, día de fiesta, consagrado al reposo. Por su parte el gran Hesíodo, en esa especie de almanaque de “Los trabajos y los días”, explica detalladamente los días “fastos y nefastos”. Considerados para hacer la guerra, tomar grandes decisiones, celebrar reuniones o trabajar, entre otras, cosas no pertenecían a los hombres sino a los dioses. Con el nombre de fastos se reconocían primero las celebraciones religiosas, tratándose resumidamente de santificar las fiestas. En cambio en los días nefastos era arriesgado cualquier emprendimiento, significando lo que no es lícito o no está permitido, pues no saldría bien lo que se hiciera en esos días. Nuestro calendario nacional tiene pocos días fastos, donde se celebran o se recuerdan hechos auspiciosos como los de la Semana de Mayo o la Declaración de la Independencia nacional, y muchos días infaustos donde se conmemora la muerte de nuestros próceres. Con respecto al carnaval es una festividad que se celebra algunos días antes del “miércoles de Ceniza” que da inicio a la Cuaresma cristiana y generalmente está precedida por un tiempo de ayuno y recogimiento. Sin embargo, los orígenes del carnaval según algunos estudiosos se remontarían hasta el tiempo de los egipcios y sumerios hace unos 5.000 años. Pero la mayor influencia recibida seguramente viene de la época de mayor esplendor del Imperio romano, cuando en honor al dios Baco, la deidad del vino, toda la gente compartía en esos días festivos, ciudadanos y esclavos, transformándolos en verdaderas bacanales. La etimología de la palabra carnaval viene de “carnelevariun”, que significa “quitar la carne”, seguramente relacionado con las prohibiciones habituales de la Cuaresma cristiana. Cuando la Iglesia dejó de lado esa festividad, quedó sin embargo muy arraigada especialmente en la Edad Media, donde tuvo bastante auge y con fiestas de gran lujo y suntuosidad. Jorge Luis Borges, influenciado seguramente por Thomas Carlyle, quien entre otras cosas “propuso la conversión de las estatuas –horrendos solecismos de bronce– por bañaderas de metal”, a quien tanto supo admirar y citar, pensaba también que nuestra historia abusaba de los fastos, de los homenajes, de los feriados y de los monumentos. En su famoso poema nuestro escritor afirmaba: “Nadie es la patria, ni siquiera los símbolos. Nadie es la patria, pero todos lo somos”. Y en el final acotaba: “Arda en mi pecho y en vuestro, incesante, ese límpido fuego misterioso”. Y en realidad, como solía afirmar, no está en los símbolos ni en las estatuas ni en el homenaje de los días feriados, porque la patria “es un claro mandato”. Que así sea para el bien de todos los argentinos. (*) Escritor. Valcheta
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