Isabel Allende y su nueva novela sobre los refugiados y los niños separados de sus padres en la frontera

La escritora chilena presentó ayer en una rueda de prensa su nueva novela, “El viento sabe mi nombre”, sobre un drama actual: los niños inmigrantes separados de sus familias en los Estados Unidos por la política dispuesta por Donald Trump. También habló sobre la cultura de la cancelación.

Del otro lado de la pantalla, con su camisa azul de seda, el libro que promociona en la estantería de fondo, y sus fotos más queridas, Isabel Allende irradia energía. Avisa que está encerrada y que duerme en ese lugar, su escritorio, porque su “nuevo marido” tiene Covid. Desde Sauzalito, donde vive, recibió ayer vía zoom a la prensa hispanoamericana para hablar de su reciente libro, “El viento conoce mi nombre”, editado por Sudamericana, y que ya salió en los Estados Unidos, donde fue muy bien recibido quizás porque el tema los impacta en lo más profundo: la inmigración y la política dispuesta en 2018 por Donald Trump que separaba a los niños de sus propias familias en la frontera.


El libro que ahora llega al país cuenta la vida de Anita Díaz y está basada en una historia real, que la propia Isabel Allende conoció de primera mano gracias a su Fundación. Es un tema que la preocupa y que le parece de una “crueldad inexplicable”. “La mecha que encendió la idea de mi novela fue en 2018, con la política de Trump de separar niños de sus padres en la frontera. Apareció en la prensa el reportaje de unos niños en jaula, de los niños separados de sus familias y nadie pensó en la reunificación. Habían deportado a los padres y no habían seguido la pista de los niños. Hoy tenemos mil niños que no han sido reunificados con sus familias. Eso fue lo que inspiró a Anita. Pero a la vez, esto no es la primera vez que ocurre. En 1938 pasó algo similar, durante el nazismo, con el Kinder Transport, en el que ponían a los niños separados de sus familias”, dice Allende durante la entrevista.


El libro atraviesa el pasado y el presente. El pasado en Viena, con aquel tren siniestro, y el presente en Arizona, en 2019, donde Anita Díaz, de 7 años, sube con su madre a bordo de otro tren para escapar de El Salvador y exiliarse en Estados Unidos. Su llegada coincide con la nueva política gubernamental que la separa de su madre en la frontera. Sola y asustada, lejos de todo lo que le es familiar, Anita se refugia en Azabahar, el mundo mágico que existe en su imaginación. Mientras tanto, Selena Durán, una trabajadora social, y Frank, un exitoso abogado, luchan por reunir a la niña con su madre.


El horror, el desarraigo y la violencia, los conocía de primera mano por el trabajo de la fundación que lleva su nombre allí en la frontera. Tal vez por eso no fue difícil verle la cara humana al problema. Allende está convencida de que a través de Anita y su historia, es posible conocer mejor esa realidad. “Lo que el arte hace es ponerle cara a esos números abstractos que leemos en las noticias. Si me dicen que hay miles de niños en esa situación no es lo mismo que leer la historia de Anita. Así tiene cara”.


Cada año, a esta altura, Isabel Allende tiene un nuevo libro del que hablar. La historias, asegura ella, dan vuelta en la cabeza «como una sopa», y necesita escribirlas. Por eso, tiene rutinas que respeta a rajatabla, como los dos meses que acaba de tomarse para promocionar este libro. Sabe que dar entrevistas y hablar del libro, aquí y allá, la distraen de lo que es su verdadera vocación: sentarse a escribir. “Ahora hago cosas como salir a caminar todos los días, porque sé que tengo que cuidar mi cuerpo para después aguantar horas de horas frente a la computadora mientras escribo o en la mesa en la que leo las investigaciones para el libro. Y después, como tengo nuevo marido, trato de terminar medianamente temprano para irme un rato con él. Tengo que cuidar la relación”, se ríe esta mujer de ideas contundentes y pícaras siempre.
Es contundente cuando habla del feminismo y de los logros que han tenido las mujeres a los largo de las décadas. Es contundente cuando se queja de la política norteamericana y la prohibición, por ejemplo, del aborto. Se muestra dura contra la política dispuesta por Trump contra los inmigrantes. Es más pícara, en cambio, cuando habla de l proceso de la escritura: “es como hacer el amor. A mi me importa más todo el proceso que el final”.


Allende habla sentada en un escritorio. Atrás hay una foto de su madre y de su hermano ( “mi hermano del alma, el que me lee primero y me ayuda a la investigación”). También hay una foto de Paula, su hija, que murió. “O sea que escribo rodeada de mis fantasmas”, dice, sin sumar dramatismo a la frase.
A la hora justa, empieza a despedirse no sin antes decir que No, que no hablará de la nueva que está escribiendo. Que eso sí que es una superstición, pero que no la traiciona. “Si lo cuento, tengo miedo que se diluya”, dice ella que seguramente volverá a estar el año próximo, hablando de una nueva novela. Isabel es un motor que no para.


La cultura d ela cancelación


Allende se refirió al fenómeno de la cancelación y la censura de libros en Estados Unidos y consideró que «el arte procura mantener vivo el arte de la libertad». A Isabel Allende no le gusta ser consejera ni predicadora con la literatura pero tampoco se permite desentenderse de los temas que le duelen o le irritan.

El patriarcado, su mayor contrincante. Pero también el avance de la ultra derecha, el fascismo o la amenaza de la libertad de expresión, algo que vinculó con la ola de censuras de libros infantiles, fruto de una ley que les permite a madres y padres intervenir en el catálogo de lectura al que acceden sus hijos en las bibliotecas de algunos estados del país. «Al ir censurando los libros, vamos censurando también la realidad, la historia de un país. Eso me parece gravísimo».

«Ahora, que se censure ‘La casa de los espíritus’ me parece estupendo, porque gracias a eso tantos muchachos quieren leerlo», señaló.

Sobre la relación entre autor y obra y el dilema del siglo, Allende recordó que «Pablo Neruda confiesa en sus memorias que violó a una mujer. Los movimientos feministas han denunciado esto con mucha razón pero no pueden eliminar la obra del poeta. Si acaso su vida no fuera perfecta ¿habría que eliminar su obra? Volveríamos a la edad de piedra. Wagner era un tipo espantoso ¿vamos a eliminar lo que compuso?», cuestionó.


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