“¿Es posible implementar un sistema parlamentarista adaptado a nuestro Congreso?”
Antes de adentrarnos en la postura personal creemos necesario realizar una breve reseña al sistema presidencialista nacional, creado en la Constitución nacional de 1853/60. No sólo en Argentina, sino en modelos internacionales como los Estados Unidos, está agotado este modelo presidencialista. En tal sentido, observamos cómo en el último tiempo el presidente de unos de los países más ricos y desarrollados del planeta, Estados Unidos, no tiene libertad en la disponibilidad del presupuesto estatal porque el Congreso es el que tiene las facultades de otorgarle o no los beneficios que éste pida. Traducido en mayor o menor medida, la fuerte figura presidencial se acota por un parlamento que, en definitiva, maneja los hilos de la economía política del país del norte. Teniendo en cuenta nuestro contexto histórico y su propio devenir, se han marcado en el origen de nuestro sistema presidencialista ciertos elementos analíticos que se hacen menester señalar. A lo largo de más de un siglo de historia nos vimos alistados detrás de caudillos que, de manera carismática, han comandado los destinos no sólo políticos sino económicos y sociales del país. Remontándonos a los procesos de independencia en tierras del antiguo Virreinato del Río de la Plata, podemos destacar a caudillos de la revolución como Güemes y Artigas, entre otros. En las décadas posteriores a la gesta de mayo de 1810 podremos encontrar a líderes regionales de diversas provincias como Quiroga y Bustos, entre otros. Para llegar a los últimos que traspasaban los límites –establecidos de forma irregular– de las provincias en ese momento constituidas, en el período en el cual nuestro país estaba escindido en la unión de las provincias denominada Confederación Argentina y por otro lado, de la provincia de Buenos Aires, podemos mencionar por ejemplo a Mitre y a Urquiza. Asimismo, en el siglo XX, la historia argentina puso como protagonista a otro tipo de caudillos como Yrigoyen, Perón, Menem y Kirchner, ente otros, que marcaron características diferentes de las de los mencionados anteriores, pero que lograron en la conformación de las nuevas políticas nacionales e internacionales conseguir un lugar relevante dentro de un Estado partidista y de derecho. Sin embargo, la elección por parte del pueblo argentino de un líder de fuerte raigambre carismática, sin poner en tela de juicio sus capacidades políticas, nos ha demostrado que el planteo de las políticas nacionales comienza con el período electoral y la preeminencia de un líder. Más allá de la plataforma de los partidos o de las propuestas de los mismos, la población se guía por una persona. Por ello, en nuestro país podemos observar que no ha habido políticas económicas, sociales, educativas, entre otras, a largo plazo. En los últimos años nos ha tocado vivir momentos políticos en los cuales se ha depositado en un líder las funciones presidenciales y éste no ha logrado llevar a cabo las propuestas ni satisfacer las necesidades del pueblo. Salvando las distancias, podemos mencionar los sucesos del 2001, en donde la renuncia de un presidente, De la Rúa, derivó en una crisis institucional, política, económica y social. Asimismo, observamos en la actualidad los debates que se ponen en juego ante la enfermedad de un mandatario y las posibles consecuencias para nuestro país, si éste debe renunciar o alejarse del poder por causas físicas. Esta propuesta para ser llevada a cabo se encuentra con un obstáculo imperante que está basado en la idiosincrasia de un pueblo con una impronta histórica, que ha forjado las maneras de hacer política. Para ello, es necesaria una reforma a nivel constitucional e institucional en pos de un progreso político nacional que lleve políticas a largo plazo. Asimismo, se deberían revertir parámetros educativos para que la demagogia de algunos líderes no prevalezca sobre las investiduras de las instituciones. Daniel F. Mayor, DNI 31.359.411 Con la colaboración de la profesora y licenciada Paola Torri – Viedma
Daniel F. Mayor, DNI 31.359.411 Con la colaboración de la profesora y licenciada Paola Torri – Viedma
Antes de adentrarnos en la postura personal creemos necesario realizar una breve reseña al sistema presidencialista nacional, creado en la Constitución nacional de 1853/60. No sólo en Argentina, sino en modelos internacionales como los Estados Unidos, está agotado este modelo presidencialista. En tal sentido, observamos cómo en el último tiempo el presidente de unos de los países más ricos y desarrollados del planeta, Estados Unidos, no tiene libertad en la disponibilidad del presupuesto estatal porque el Congreso es el que tiene las facultades de otorgarle o no los beneficios que éste pida. Traducido en mayor o menor medida, la fuerte figura presidencial se acota por un parlamento que, en definitiva, maneja los hilos de la economía política del país del norte. Teniendo en cuenta nuestro contexto histórico y su propio devenir, se han marcado en el origen de nuestro sistema presidencialista ciertos elementos analíticos que se hacen menester señalar. A lo largo de más de un siglo de historia nos vimos alistados detrás de caudillos que, de manera carismática, han comandado los destinos no sólo políticos sino económicos y sociales del país. Remontándonos a los procesos de independencia en tierras del antiguo Virreinato del Río de la Plata, podemos destacar a caudillos de la revolución como Güemes y Artigas, entre otros. En las décadas posteriores a la gesta de mayo de 1810 podremos encontrar a líderes regionales de diversas provincias como Quiroga y Bustos, entre otros. Para llegar a los últimos que traspasaban los límites –establecidos de forma irregular– de las provincias en ese momento constituidas, en el período en el cual nuestro país estaba escindido en la unión de las provincias denominada Confederación Argentina y por otro lado, de la provincia de Buenos Aires, podemos mencionar por ejemplo a Mitre y a Urquiza. Asimismo, en el siglo XX, la historia argentina puso como protagonista a otro tipo de caudillos como Yrigoyen, Perón, Menem y Kirchner, ente otros, que marcaron características diferentes de las de los mencionados anteriores, pero que lograron en la conformación de las nuevas políticas nacionales e internacionales conseguir un lugar relevante dentro de un Estado partidista y de derecho. Sin embargo, la elección por parte del pueblo argentino de un líder de fuerte raigambre carismática, sin poner en tela de juicio sus capacidades políticas, nos ha demostrado que el planteo de las políticas nacionales comienza con el período electoral y la preeminencia de un líder. Más allá de la plataforma de los partidos o de las propuestas de los mismos, la población se guía por una persona. Por ello, en nuestro país podemos observar que no ha habido políticas económicas, sociales, educativas, entre otras, a largo plazo. En los últimos años nos ha tocado vivir momentos políticos en los cuales se ha depositado en un líder las funciones presidenciales y éste no ha logrado llevar a cabo las propuestas ni satisfacer las necesidades del pueblo. Salvando las distancias, podemos mencionar los sucesos del 2001, en donde la renuncia de un presidente, De la Rúa, derivó en una crisis institucional, política, económica y social. Asimismo, observamos en la actualidad los debates que se ponen en juego ante la enfermedad de un mandatario y las posibles consecuencias para nuestro país, si éste debe renunciar o alejarse del poder por causas físicas. Esta propuesta para ser llevada a cabo se encuentra con un obstáculo imperante que está basado en la idiosincrasia de un pueblo con una impronta histórica, que ha forjado las maneras de hacer política. Para ello, es necesaria una reforma a nivel constitucional e institucional en pos de un progreso político nacional que lleve políticas a largo plazo. Asimismo, se deberían revertir parámetros educativos para que la demagogia de algunos líderes no prevalezca sobre las investiduras de las instituciones. Daniel F. Mayor, DNI 31.359.411 Con la colaboración de la profesora y licenciada Paola Torri - Viedma
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