Escuela para ver y oir con el corazón
La especial 19 cumplió 17 años con ansias de un futuro mejor. Concurren 88 alumnos, que tienen problemas visuales o auditivos.
La escuela especial fue creada el 4 de setiembre de 1985, con la finalidad de atender a niños sordos e hipoacúsicos. En 1992 se incorporó el grupo de alumnos ciegos y disminuidos visuales, pasando a ser la escuela para disminuidos sensoriales. En 1995 se creo el grupo de estímulo temprano para niños menores a los tres años, con alto riesgo bacteriológico y/o ambiental.
Su directora, María Inés Ardaist, explicó que actualmente concurren 88 chicos, desde el jardín de infantes hasta quinto año. El 80 % del alumnado tiene problemas auditivos y el 20 % problemas en la vista. No obstante, destacó que el 60 % de los jóvenes están integrados a las escuelas comunes, donde cursan sus estudios.
La escuela funciona en doble turno, desde las 8 a las 17. En total trabajan allí cerca de 30 profesores, todos titulados para la especialidad, los cuales se reparten los diferentes turnos. En especial destacó los talleres para la orientación manual y la lengua oral, que permiten a los niños mejorar sus falencias.
La escuela funciona en un antiguo residencial, alquilado por la provincia, y pese a no tener un patio para actividades recreativas cuenta con un comedor, que es sostenido por los programas alimentarios del Concejo de Educación, al que asisten alrededor de 40 jóvenes y niños por día.
Iris Guerra, secretaria de la escuela y maestra de sordos explicó que cuentan con una asociación de padres que ayuda a organizar actividades y reunir fondos para los útiles y materiales del colegio.
«Todo es difícil. Necesitamos cartulinas, papel para escribir, pilas y moldes para los audífonos y también nos vendría muy bien un cargador para las pilas» y máquinas braile, ya que sólo disponen de dos aparatos.
«El Negro» Asenjo, un instructor solidario
Roberto Asenjo es un reconocido vecino de esta ciudad y con sus vitales 78 años es uno de los veteranos instructores de esquí del cerro Catedral. Días atrás, en un gesto que lo caracteriza, impulsó una colecta entre los instructores de esquí con el objetivo de ayudar a una de las escuelas del alto de la ciudad.
De esta manera Asenjo junto a otros profesionales nucleados en la Asociación Argentina de Instructores de Esquí reunieron mil pesos que fueron destinados a los niños más necesitados.
«Elegimos la escuela Inayén («todos unidos», en mapuche) ubicada en el barrio 34 Hectáreas, uno de los más carenciados de la ciudad», explicó Asenjo. La donación consistió en azúcar, arroz, leche larga vida, cacao y otros insumos no perecederos que fueron destinados al comedor de la escuela. Los propios profesionales de la nieve compraron los productos y los llevaron al colegio.
Asenjo trabaja en el cerro Catedral hace cincuenta años y sostuvo que la temporada fue buena pero que se notó la falta de presupuesto en la mayoría de los visitantes argentinos. Asenjo trabaja mayoritariamente como instructor de esquí independiente y se lo suele escuchar haciendo muy bien el «jodell», el típico saludo del Tirol (Austria).
Abogó por una mejor distribución de la riqueza, para lo que «hay que hacer, más que hablar y prometer».
Llevarse lo que es de todos
El respeto por lo que es de todos parece no importarle a nadie. Días pasados, en pleno Centro Cívico, un grupito de chicas menores de 14 años no dudó en «llevarse» las lamparitas que los empleados municipales dispusieron para adornar las ventanas de los edificios públicos que rodean la plaza Expedicionarios al Desierto. Allí, a la vista de todos, las pequeñas se llevaron algunas tiras de lamparitas, con el convencimiento de que «robar está bien, total lo hacen todos».
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