Para Luzmira del Carmen Rodríguez parir y trabajar son los verbos de su vida. Parir es cosas de mujeres valientes, aguerridas y trabajadoras. A los 14 años, en medio del campo, asistía a su madre para que nazcan sus hermanos. Al poco tiempo, su madre la ayudaba a ella. Luego lo hizo sola, las 22 veces que dio a luz. Hoy tiene 88 años, su veintena de hijos, 50 nietos, 57 bisnietos, 5 tataranietos y es feliz.

En el campo Quillen, del departamento de Aluminé en que nació Luzmira no había hospitales cerca y tampoco escuelas. Mientras su papá trabajaba en la Estancia de Lagos Mármol, ellos se criaban en la más completa inocencia. Según le había dicho su madre, a los hijos los traía un viejo que los metía por la ventana y ella pensaba en el momento que le trajera los propios.

A los 22 años comenzó la historia de su maternidad cuando conoció a Merardo Antonio Seguel. “Tuve un solo marido, pero es muerto. Nos conocimos en Quillén. Un día mi hermano lo invitó a mi casa. Y el amor corre. A mí me gustó y empezamos a conocernos”, dice.

Al poco tiempo, ella le advirtió al hombre que si quería casarse con ella tenía que hablar con sus padres. “Anda a pedirme”, recuerda que le dijo y Merardo lo hizo un 20 de enero. El padre le dio un año para que noviaran mientras juntaba plata para la boda, pero antes de la fiesta nació Mercedes, su primera hija.

Después de eso, Luzmira permaneció embarazada durante varios años. Cuando el hijo número 13 nació, decidieron ir a vivir más cerca de San Martín de los Andes, a una estancia que se llamaba Quechuquina, pero la vida cambio para mal.

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“Mi marido se puso malo conmigo, tomador. No se quedaba con los hijos, decía que ya no quería tantos. Me obligaba a que vea al médico para que no tenga más chicos. Pero yo no quería, me gustaban los hijos y le dije ‘no me voy a hacer nada’, voy a tener todos los que Dios quiera, como me dé hijos, me dará para criarlos”, dice con tristeza en la voz.

Luzmira recuerda de manera lúcida el primer parto, y el último, como si en el medio no hubiesen pasado tantos. Trae en sus palabras esa casa pequeña, llena de chicos. Ella cocina la cena con su panza gigante. Siente que el cansancio la derriba, pide disculpas y se va a acostar. Pero no es sueño, saca de una caja las toallas limpias y hace fuerza.

“Sentía que ya venía y me agaché al lado de la cama y ahí nació Carolina. La puse sobre el toallón en la punta de la cama y la limpié con aceite tibio. Le corté el cordón, le hice el nudo. Así hacía con todos y se criaron muy sanitos”, recuerda.

Cuando la más chica tenía tres años, el hombre la dejó con sus 22 hijos en una casa pequeña, sola, analfabeta y pobre. Y no tuvo más opción que romperse el lomo para mantenerlos. Los más grandes debieron trabajar y en familia salieron adelante.

Es una madre y una abuela cariñosa y les dio buena educación, jura. Su mayor orgullo es que hoy permanezcan unidos y cuenta emocionada la sorpresa que le dieron hace poco. La llevaron a una feria de lana, porque a ella le encanta tejer, pero cuando llegaron estaban todos para festejar su cumpleaños. Aunque le duelen los años y el trabajo en los huesos, está feliz por la familia que sola y con garra construyó.

Después que su marido la abandonó trabajaba de empleada de algunos médicos. Recibió ayuda de la Municipalidad, la escuela y los vecinos del pueblo.
Historias de madres y sacrificios: Luzmira, la jefa de una familia de 22 hijos
Difícil es juntar la familia completa pero ella confiesa que la acompañan siempre.
“Los crié y tuve suerte porque hoy tengo una familia muy grande. Nos juntamos a comer un asadito y ellos me cuidan mucho”.
Luzmira del Carmen Rodríguez vive en San Martín de los Andes.
San Martín de los Andes