Espías militantes
Además de una economía rota, con las arcas vacías, una tasa de inflación entre las más altas del planeta y las dificultades causadas por el aislamiento financiero, el gobierno próximo heredará un Estado colonizado en parte por kirchneristas de La Cámpora y otras agrupaciones afines. Los militantes ya se han atrincherado en la Cancillería, donde se esfuerzan por adoctrinar a los diplomáticos de carrera que aún permanecen en las bondades del relato nacional y popular, y en zonas de la Justicia en que, dijo el recién fallecido exfiscal Julio Strassera, el gobierno está reclutando “alcahuetes” con la esperanza de que lo defiendan cuando les toque a sus miembros desfilar por Tribunales. Todavía más preocupante, si cabe, es el intento de los kirchneristas de aprovechar los meses finales de la gestión de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner para hacer de la Agencia Federal de Inteligencia (AFI, ex-SI, ex-SIDE) otro reducto de militantes del “proyecto” improvisado por el matrimonio santacruceño y quienes se han aglutinado en torno suyo. Sonó la alarma hace algunos días el matutino porteño “La Nación” al informar que, para reemplazar a los espías desacreditados vinculados con Jaime Stiuso, convertido últimamente en archienemigo de la causa kirchnerista, el gobierno se ha puesto a incorporar a la Agencia que está construyendo a centenares de activistas de La Cámpora, el Movimiento Evita y otras organizaciones parecidas. Según los partidarios de la politización indisimulada de los servicios de inteligencia, se trata de un programa, como el que intentó poner en marcha para desguazar el “partido judicial”, que los “democratizará”. O sea, nada de elitismo anticuado, de insistir en que los futuros espías posean pergaminos académicos, dominen varios idiomas extranjeros o, cuando menos, entiendan lo que está pasando en el resto del mundo, además de no comulgar con ideologías extremistas. Parecería que en opinión de los responsables de reformar los servicios, tales requisitos burgueses valen mucho menos que una buena trayectoria como piquetero o militante barrial. A su juicio, sería poco democrático privilegiar a quienes han tenido oportunidades para formarse en universidades auténticas, tanto aquí o en el exterior, en desmedro de las víctimas de un orden injusto que les ha impedido emularlos. De todos modos, según los periodistas de “La Nación”, los elegidos tendrán que completar un curso “intensivo”, de veinte días, lo que, se supone, los preparará para emprender las tareas nada sencillas que les aguardarán. Puesto que no hay motivos para prever que el gobierno próximo sea tan kirchnerista como el actual, quienes lo encabecen se verán ante un problema mayúsculo. So pretexto de exigir a los aprendices de espías un nivel educativo un tanto menos humilde que el habitual entre los militantes de La Cámpora y el Movimiento Evita, podrían depurar las filas de los servicios reformados de algunos integrantes incorporados por razones que podrían calificarse de sociales, pero aun así quedarían los que cuenten con credenciales adecuadas. A menos que el gobierno que surja del proceso electoral opte por llevar a cabo una purga netamente política, lo que de por sí sería negativo, podrían resignarse a la presencia permanente de individuos de ideas escasamente democráticas, limitándose a suplementarlos con otros, es decir agregando una nueva “capa geológica” a las ya existentes, con el propósito de asegurar un grado suficiente de pluralismo. Por motivos que deberían ser evidentes, lo último que necesitan los servicios de espionaje es un superávit de militantes políticos. Aunque todos los agentes, lo mismo que los fiscales, jueces, jefes policiales y otros, tendrán sus propias preferencias ideológicas, al país le convendría que no fueran tan vehementes que incidieran en su conducta. Puede que, andando el tiempo, muchos fanáticos jóvenes que militan en organizaciones que apoyan a Cristina se transformen en moderados, pero no sería algo que suceda de la noche a la mañana, de suerte que, siempre y cuando no se las arreglen para echar a los militantes kirchneristas de los lugares que ocupen, los gobiernos próximos tendrían que procurar convivir con centenares de “infiltrados” más interesados en ocasionarles dolores de cabeza que en ayudarlos.
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