Estado Islámico, persecución y martirio

COLUMNISTAS

El Estado Islámico (EI), célula terrorista de una de las variantes del islam radical, causa temor en Medio Oriente.

El EI continúa con la toma de ciudades, así como persigue y obliga a refugiarse y apostatar de su fe a los cristianos de la región que no desean convertirse.

Mientras, sorprende la crueldad con que decapita a periodistas y ciudadanos de Estados Unidos y Europa.

La historia nos cuenta que ya en el año 64, con la persecución de Nerón, aproximadamente 249 y hasta el año 313, momento en que el emperador Constantino les concedió la libertad, unos fueron salpicados con la sangre de su fe y otros sufrieron los más variados tormentos, pero no perdieron la vida en ellos. Se calcula que alrededor de unos 100.000 cristianos murieron mártires, sin contar persecuciones y confiscaciones.

Nerón provocó un incendio para echar la culpa sobre los cristianos. Una cantidad fue, aun siendo inocente, condenada a sufrir: unos envueltos en pieles de fieras salvajes fueron echados a los perros que los destrozaban; otros, embadurnados por un pez, sirvieron de antorchas vivientes en los jardines y circo de Nerón. Además de una multitud ingente, sufrieron el martirio san Pedro y san Pablo.

Durante esos años cada cristiano podía ser denunciado como tal, y en menos de 24 horas ser llevado ante los tribunales y verse obligado a apostatar de su fe o ser condenado, unas veces a muerte, otras veces a tortura, al destierro, a trabajos forzados o a la confiscación de sus bienes; sin embargo, los cristianos gozaron de algunos momentos de paz, aunque en algunas regiones hubo algunos mártires.

Sobresalen las persecuciones de Domiciano (81-96), Nerva (96-97), Trajano (97-117), Adriano (117-138); el emperador Antonino Pío (138-161) protegió a los cristianos mediante edictos, pero no impidió que algunos cristianos dieran su vida por la fe. La prohibición de los cultos públicos en tiempos de Marco Aurelio (161-180) originó una violenta persecución contra ellos.

A fines del siglo II las autoridades imperiales se percataron de que el cristianismo no eran individuos sino una organización supranacional; durante Septimio Severo (192-211) los cristianos gozaron de paz, pero no dejó de correr sangre cristiana, como en África.

Los sucesores inmediatos de Severo se mostraron benéficos con los cristianos en general. Máximo Tracio (235-238) promulgó un edicto dirigido contra la jerarquía eclesiástica, condenando a muerte a los obispos, y murieron el papa Ponciano y el antipapa Hipólito en trabajos forzados.

Particularmente duras fueron, en el período 249-311, las de Decio (249-251), quien publicó un edicto muy sutil por el que se obligaba a todos los ciudadanos a ofrecer un sacrificio propiciatorio a los dioses oficiales del imperio, pero el edicto iba contra los cristianos porque era el único grupo que habitualmente rechazaba el culto oficial.

El emperador Valeriano (253-260) fue el artífice de una de las persecuciones más violentas, con los celebres 153 mártires de Utica (África), que fueron arrojados a un pozo de cal viva, de ahí su nombre de Masa Cándida. La última más feroz y conocida fue la de Diocleciano (275-305).

Se calmó la situación con el edicto de Tolerancia (311), dictado por Galerio. Bajo el pontificado de Milcíades (311-314) se produjo la victoria de Constantino sobre Majencio en la batalla de puente Milvio. El imperio romano se autodestruyó cuando dejó de tener una religión oficial; el edicto de Milán (313) confirió la libertad religiosa y restableció la restitución de los lugares de culto. Comenzó un período de bonanza para los cristianos.

Las actas de los mártires narraban los últimos acontecimientos de éstos, desde el momento de la acusación hasta el martirio; su finalidad era perpetuar su memoria y servir de edificación para las comunidades cristianas. Poco después se expandió el culto de los mártires.

El mártir practicaba del modo más perfecto posible la verdadera imitación de Cristo, la cual exige profesar en grado heroico las tres virtudes teologales: la fe en Cristo sin la más mínima duda, la esperanza en sus promesas, el amor perfecto hasta dar la vida por aquel a quien se ama y la unión mística más plena con Cristo.

Ante la angustiosa situación en Medio Oriente, el papa argentino se apresta a viajar a Turquía, enclave geopolítico vital de la zona. Entretanto acaba de salir el libro negro de la persecución a los cristianos en el mundo: revela que son de 150 a 200 millones que van de “Irak a Arabia Saudita, Nigeria a Sudán, Corea del Sur a China” y está redactado por Mgr Di Falco (francés), Timothy Radcliffe (inglés), antiguo superior de los dominicos, y el italiano Andrea Riccardi.

SEBASTIÁN MARÍA STEVERLYNCK

Abogado

SEBASTIÁN MARÍA STEVERLYNCK


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