Europa en la cuerda floja

Por Redacción

Nunca hubo la menor duda de que tendría consecuencias desastrosas la decisión de la canciller alemana Angela Merkel de invitar a los habitantes de países violentos o paupérrimos a trasladarse a Europa. Aunque muchos aplaudieron lo que tomaron por un gesto admirable, la pronta llegada de más de un millón de personas procedentes del Oriente Medio, Afganistán, Pakistán, Bangladesh, Birmania y distintos países africanos no tardó en enseñarles que los resultados concretos de tanta generosidad no serían los esperados por los optimistas. Además de los problemas graves provocados por los inmigrantes mismos, los gobiernos europeos se ven frente a los ocasionados por sus propios ciudadanos que, en su mayoría, se sienten amenazados por quienes no comparten sus costumbres y valores sino que, en muchos casos, los desprecian, razón por la que están disfrutando de un boom de movimientos políticos calificados de “derechistas” e incluso “neonazis” por los defensores de la iniciativa de Merkel. Alarmados por lo que está sucediendo, los demás gobiernos europeos han erigido barreras para frenar la multitud que quiere ingresar. Ya se ha cerrado la “ruta de los Balcanes” por la que desfilaban centenares de miles, lo que ha dejado a Grecia a cargo de un problema humanitario de dimensiones crecientes. En un intento de mitigarlo, la Unión Europea está negociando con Turquía cuyo gobierno islamista, con cinismo indisimulado, pide cada vez más dinero y una serie de concesiones diplomáticas. Aunque la mayoría abrumadora de los europeos –más del 90%, según las encuestas– es contraria a la eventual incorporación de Turquía a la UE, voceros del gobierno de Recep Tayyip Erdogan, que acaba de apoderarse de modo violento del principal diario opositor, insisten en que serviría para poner fin a la crisis de los refugiados. Tal y como están las cosas, será difícil que sobreviva por mucho tiempo más el “proyecto europeo”, que, antes de optar Merkel por impulsar la inmigración, ya corría peligro debido a la voluntad alemana de obligar a los países del sur del continente a aplicar políticas de austeridad severísimas. Los países excomunistas, aleccionados por la experiencia en la materia de Francia, Suecia, Bélgica y el Reino Unido, se resisten a permitir la formación en su territorio de grandes comunidades musulmanas, razón por la que se niegan a abrir las puertas a lo que según Berlín sería una “proporción justa” de refugiados. Puede que los dirigentes de Polonia, Hungría, la República Checa, Bulgaria y los estados bálticos no tengan motivos para preocuparse, ya que virtualmente todos los inmigrantes quieren ir a países ricos como Alemania, Suecia o el Reino Unido, pero al discriminar entre ellos según criterios religiosos han enojado mucho a quienes quisieran convencerse de que hacerlo es incompatible con los valores europeos. Para los emotivamente comprometidos con el “proyecto europeo”, todos los países miembros deberían atenerse a las mismas reglas en nombre de “la cohesión” pero, claro está, muchos son reacios a abandonar sus propias modalidades. Por lo tanto, gracias al euro primero y, últimamente, la llegada masiva de inmigrantes de cultura distinta, se ha ampliado la brecha que separa a las elites gobernantes de los demás europeos. Se trata de una versión del mismo fenómeno que se dio aquí luego del colapso de la convertibilidad y que, debido al surgimiento del populista Donald Trump, está motivando angustia en Estados Unidos, pero por lo mucho que está en juego el impacto podría ser aún mayor. De votar los británicos en el referéndum del 23 de junio por abandonar la UE, lo que podrían hacer si la crisis de los refugiados se agrava mucho más o se producen más atentados islamistas como los del año pasado en París, se pondría en marcha un proceso de desintegración de desenlace imprevisible, ya que en Francia y muchos otros países miembros están difundiéndose sentimientos nacionalistas similares. Con todo, aunque se ha consolidado el consenso de que la UE necesita reformarse para que sea más democrática, pluralista y flexible, ya que es poco realista minimizar las diferencias entre los países que la conforman, muchos líderes actuales temen que ralentizar el proceso de integración aseguraría el fracaso de la obra que están procurando construir, de ahí su resistencia a admitir cambios.


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