Europa se devora a sí misma

Por Redacción

SEGÚN LO VEO

Desde la atroz guerra de independencia que, hace ya casi dos siglos, puso fin a medio milenio del extraordinariamente brutal dominio turco, los griegos saben que sin la ayuda de las potencias europeas su propio futuro sería azaroso. No siempre habían pensado así. Antes de la caída de Constantinopla, en 1453, los latinos o “francos” estaban en su lista de enemigos mortales, mientras que la ocupación alemana durante la Segunda Guerra Mundial les enseñó que otros europeos podían ser tan crueles como cualquier horda de bárbaros. Con todo, recuerdos de lo que llaman la “turcocracia” y de la catástrofe que les supuso el intento largamente premeditado de aprovechar el colapso del Imperio Otomano para apoderarse de tierras ancestralmente helénicas en Anatolia siguen pesando mucho en la imaginación colectiva de los griegos.

No se trata de un detalle menor. Es por tal motivo que, a pesar de los costos tremendos que han tenido que soportar muchos griegos para que su país permanezca en la Eurozona, la mayoría sigue aferrándose a la moneda común por miedo a verse expulsada de la Unión Europea. En principio, dejar de usar el euro sería humillante para muchos griegos, pero no debería suponer una ruptura política. Al fin y al cabo, el Reino Unido, Dinamarca y Suecia siguen usando sus divisas tradicionales y muchos están convencidos de que a Grecia le convendría resucitar el dracma, pero los partidarios más dogmáticos del proyecto europeo han hecho del euro el símbolo máximo de la unidad continental, un tótem ante el cual todos tienen que postrarse. No les parece irracional que el destino de centenares de millones de personas dependa del resultado de un experimento económico voluntarista casi tan fantasioso como el ensayado, con consecuencias desastrosas, por los comunistas soviéticos.

En 1896, el entonces candidato demócrata a la presidencia de Estados Unidos William Jennings Bryan pronunció un discurso apasionado que no ha sido olvidado en el que se preguntaba si “se puede crucificar a la humanidad en la cruz de oro”, o sea, sacrificarla en aras del monetarismo rígido que, andando el tiempo, combatiría John Maynard Keynes, un economista un tanto más persuasivo que el más célebre de los populistas norteamericanos. No es que Keynes creyera que poner a trabajar a la maquinita sería suficiente para solucionar todos los problemas, sino que sabía muy bien que era insensato privilegiar un solo factor por encima de todos los demás.

Desgraciadamente para los griegos, sus socios de la Eurozona, liderados por los alemanes, discrepan con Keynes y con los dirigentes norteamericanos y británicos que reaccionaron frente a la crisis financiera del 2008 devaluando subrepticiamente sus respectivas monedas. Y, lo que es peor aún, están tan obsesionados por el futuro inmediato del euro que se resisten a entender que hay mucho más en juego. Parecería no importarles que, si en los próximos días abandonaran a su suerte a Grecia, negándose a permitir que salga indemne de la Eurozona, dejarían una gran herida en el flanco oriental de la UE que colinda con Turquía, un país que está haciéndose cada vez más islamista. Asimismo, mostrarían al mundo que en Europa todo ha de subordinarse a los intereses financieros inmediatos de sus miembros más poderosos.

En Bruselas muchos temen que resignarse a que los griegos “reestructuren” las insostenibles deudas acumuladas por una serie de gobiernos irresponsables y corruptos significaría la muerte de la moneda común, puesto que a su juicio otros países en apuros, como Italia, España, Portugal y eventualmente Francia, no tardarían en pedir concesiones parecidas. Es probable que estén en lo cierto, pero sucede que hacer del euro el eje del proyecto europeo siempre fue una pésima idea. Lejos de impulsar la esperada convergencia de las diversas economías para que todas terminaran asemejándose a la alemana, el euro sólo ha servido para hacer más evidentes diferencias que tienen raíces culturales profundas.

La situación sería distinta si existieran motivos para suponer que, debidamente disciplinados por los alemanes y otros de mentalidad parecida, los países más débiles se harían más “competitivos” antes de que los estragos sociales causados por una recesión ya prolongada y la sensación de impotencia que se ha generado los hayan privado de los recursos humanos que necesitarían para prosperar, pero por desgracia no hay ninguno.

De todos modos, para consolidarse, la Unión Europea tendría que significar mucho más que una cantidad ya enorme de reglas comerciales, financieras y legales que obligan a los países miembros a modificar drásticamente sus prácticas tradicionales. En los años que siguieron a la Segunda Guerra Mundial, los europeístas insistían en que, a menos que los países del Viejo Continente se confederaran, pronto estallarían más conflictos internos como aquellos que lo habían transformado en un matadero. También influía la amenaza planteada por el expansionista comunismo soviético pero, por ser tan fuerte el PC en Francia e Italia, los fundadores preferían concentrarse en el hipotético riesgo de un resurgimiento nazi o fascista.

Sus sucesores se acostumbrarían tanto a hablar como si la única alternativa a la Unión Europea y, según muchos, al euro fuera una reedición del pasado reciente que pasarían por alto los cambios que se daban en el resto del mundo, como el renacer vigoroso de China y la agonía convulsiva y terriblemente sanguinaria de tantos países musulmanes que sencillamente no están en condiciones de adaptarse a las exigencias de un mundo más globalizado.

Los argumentos más poderosos a favor de la unidad europea son geopolíticos y culturales. A comienzos del siglo pasado, Europa en su conjunto dominaba el planeta entero; en la actualidad, es apenas una espectadora cuya importancia relativa se reduce año tras año. De combinar sus fuerzas, los treinta países -o más, ya que en buena lógica debería incluir no sólo a Ucrania sino también a Rusia, Georgia y otros hacia el este- serían capaces de defender lo suyo en un mundo en el que tal vez no les sea dado continuar confiando en el escudo protector estadounidense. En cambio, si los miembros en la actualidad más fuertes de la UE siguen subordinando todo a sus propios intereses, castigando a los débiles por su ineptitud económica con la esperanza de que aprendan de sus desgracias a comportarse mejor, el proyecto europeo se desintegrará, lo que entrañaría el peligro de que algunos integrantes estratégicamente ubicados, en especial Grecia, terminen como “Estados fallidos”, lo que sería calamitoso para todos.

JAMES NEILSON

JAMES NEILSON