Fabián Gianola sube 39 escalones en el Alto Valle
Se presentará mañana en Cipolletti y el sábado en Neuquén.
“El teatro tiene muchas realidades y una sola ficción”, cuenta el autor sobre lo que no se ve en el escenario.
Varias veces premiada, dirigida por Manuel González Gil, llega mañana, a las 22, al Centro Cultural de Cipolletti, y sábado a las 21, al Casino Magic, de Neuquén, “Los 39 escalones”, comedia policial escrita por John Buchan, que Patrick Barlow adaptó para teatro y Alfred Hitchcock llevó al cine en el 35. Fabián Gianola, Fabián Mazzei, Fabiana García Lago y Nicolás Scarpino despliegan su trama con humor protagonizando treinta y dos personajes. La historia gira en torno a un hombre de vida monótona hasta que conoce una mujer que dice ser espía y es asesinada cuando la lleva a su casa. Antes de que pueda darse cuenta, se encuentra perseguido por “Los 39 Escalones”, organización que no le perderá pisada en una cacería humana por todo un país. Días de preparar valijas para Fabián Gianola. Ideales para repasar la partida, el alejamiento familiar. “Se dan emociones, algunas encontradas. Por ejemplo, me encanta hacer gira… Más que por conocer porque he recorrido a fondo el país en más de treinta años de profesión, es bueno volver a lugares que ya visité, encontrarme con amigos, gente conocida, redescubrir paisajes, es una sensación muy linda, placentera. Y también por lo que representa a nivel profesional llegar a un público muy ávido de teatro, que está esperándonos y es sumamente cariñoso, respetuoso, saluda con una alegría poco común… Eso, por un lado. Después, alejarme de la familia, extrañar, dejar mi casa, mi cama, es una situación dura …”, le dice el actor a “Río Negro”. Actuar, en el medio “El teatro tiene muchas realidades y una sola ficción. La realidad, por lo menos en gira, y en Buenos Aires también, del trabajo, la venta de entradas, la taquilla, si hay un traje roto, un zapato que se despegó. Llegar a la sala cada noche con frío, enfermo, con una pelea familiar o un problema laboral o en la familia, lo que sea… Dejar todo al entrar, sentarme en el camarín y empezar a cambiarme. Esas cuestiones son varias realidades que maneja lo teatral, como salir tras la función y que esté diluviando, o que la lluvia corte la venta de último momento, o que tengo 38º de fiebre… Después tiene la fantasía, una ficción en el momento de pisar el escenario, donde dejo de ser yo, donde el personaje tiene un estado y el actor, otro. Y no se puede entrar con el ánimo de Fabián porque el personaje tiene el suyo y con éste tengo que entrar. Si estoy triste o cansado y el personaje está feliz o viceversa, hay allí un abandono y un encuentro con lo que el rol necesita. Esas cosas ya generan una irrealidad, en la que me siento o me apoyo para empezar a jugar. Bueno, así es este trabajo…” –Y en el juego está lo divertido. –Totalmente. Si hay algo que yo amo en esto, es justamente subirme al escenario, estar ahí. Disfruto cada momento cuando estoy sobre las tablas, soy feliz… Y agradezco a Dios todos los días, el haber hecho de mi vocación, mi profesión. De verdad gozo mucho y amo actuar. Soy una persona en lo laboral y a todo nivel, afortunadamente por ahora, feliz, contenta, por hacer lo que me gusta y tener la vida que tengo. Yo, de chiquito, decía que no iba a ser actor y a los diecisiete, le dije a mi padre (Beto, Norberto Isidro, 1922-1981, gran actor nacional) que quería estudiar teatro y me mandó con Alejandra Boero, muy sorprendido también. Para entonces yo había aprendido a hacer un borderau a los once, había sido acomodador a los quince, utilero y asistente de dirección a los dieciocho. De modo que cuando llegué al escenario había pasado por todos los lugares, los costados teatrales, para conocerlos bien, pero casi como un juego porque mi viejo hacía temporada y me ofrecía acomodar en Carlos Paz, por ejemplo. Una vez en gira, no tenía control de boletería y como sospechaba que le estaban robando, me compró un cuenta ganado y me puso a contar la gente. Ahí aprendí a hacer una liquidación, a los once años… Esas cosas se van sumando y llega un momento que se está casi preparado para eso. Termina siendo lo único que conocés bien, de adentro, desde chico.” Yo, a los cuatro, cinco años, acompañaba a mi viejo… Ese fue el primer proceso, el del enamoramiento sin darme cuenta. Después, la decisión fue algo así también, sin pensar, iba de suyo. Cuando empecé a estudiar teatro y me gustó cada vez más, de a poco hice mi propia carrera. Cuando comencé a trabajar, papá ya había fallecido… Así que nunca me vio en el escenario, nunca me consiguió ningún laburo, ni habló con nadie para que yo pudiera entrar en alguna tira o a un canal… Esa es la verdad! Y sí, igualmente, su apellido me abrió puertas. Cosa que puede ser un arma de doble filo porque esperaban de mí lo que ya conocían de papá, tenían una expectativa que a esa altura no podía cubrir, cuando recién comenzaba. Así que fue una carrera particular pero llena de felicidad, de logros, de momentos lindos, de crecimiento. Y perdurar es el gran secreto…
Eduardo Rouillet eduardorouillet@rionegro.com.ar