Facilismo electoralista

Redacción

Por Redacción

En una ocasión, el entonces presidente interino Eduardo Duhalde nos advirtió que “no hay nada más mentiroso que un político en campaña”. Aludía así a la propensión de los candidatos a minimizar las dificultades que enfrentarían si resultaran elegidos y a exagerar su propia capacidad para superarlas, como acaba de hacer Mauricio Macri al comprometerse a eliminar el cepo cambiario el 11 de diciembre “si soy presidente”. Como debió haber previsto, sus adversarios aprovecharon la oportunidad que les brindó para acusarlo de querer sembrar el caos haciendo, en palabras de un partidario de Sergio Massa, un “ajuste sangriento”, mientras que otros dicen creer que una consecuencia inmediata sería la virtual desaparición de las reservas del Banco Central. Se trata de opiniones interesadas, claro está, pero distan de ser insensatas. De todos modos, aunque los asesores de Macri han procurado limitar el daño, señalando que sería factible eliminar de golpe las restricciones cambiarias existentes con tal que en los meses previos a la asunción de un nuevo gobierno los inversores recuperaran confianza en el futuro de la economía nacional, hubieran preferido una promesa más realista, ya que entienden muy bien que salir del esquema improvisado por el gobierno kirchnerista no será tan sencillo como cree el jefe del gobierno porteño. Macri no es el único presidenciable que parece estar convencido de que un triunfo electoral sería suficiente como para cambiar drásticamente el escenario. El peronista disidente Massa jura estar resuelto a eliminar el impuesto a las Ganancias, pero es reacio a decirnos cómo recaudaría el dinero necesario para que el Estado siguiera funcionando. Con todo, por ser Macri el líder del partido supuestamente menos populista del país, entregarse al facilismo electoralista lo perjudicará más que a sus rivales. Lo que la ciudadanía quiere del Pro y sus aliados no son soluciones mágicas sino una dosis fuerte de realismo, ya que se ha difundido la conciencia de que “el modelo” de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner se basa en nada más firme que el voluntarismo irresponsable de quienes subordinan absolutamente todo a sus propios intereses, tanto personales como políticos. ¿Serán capaces los aspirantes serios a suceder a Cristina de decirnos la verdad acerca de sus planes económicos? Es poco probable. Por razones comprensibles, hasta nuevo aviso el gobernador bonaerense Daniel Scioli se sentirá obligado a fingir creer que, en el caso de ganar, heredaría un “modelo” que a lo sumo requeriría algunos cambios menores que no incomodarían a nadie, mientras que, por tener el ojo puesto en los votos peronistas, Massa no querrá arriesgarse hablando de ajustes dolorosos por venir. En cuanto a Macri, parecería que también ha optado por hablar como si diera por descontado que el presidente próximo contaría con el apoyo entusiasta de la comunidad financiera internacional que celebraría el fin del ciclo kirchnerista colmándolo de dinero. Por desgracia, no hay demasiados motivos para suponer que el cambio del clima de negocios previsto se haga sentir enseguida. Aun cuando un gobierno menos fantasioso que el actual se viera beneficiado por la impresión de que, una vez desactivadas las bombas de tiempo dejadas por el kirchnerismo, la Argentina podría disfrutar de una etapa prolongada de crecimiento sostenible, tendrían que transcurrir varios meses, tal vez años, antes de que la confianza se recuperara por completo. Mientras tanto, el gobierno que, es de suponer, será centrista, ya que tienen mucho en común los tres candidatos presidenciales mejor ubicados, no tendrá más alternativa que la de tratar de combatir la inflación, lo que nunca es fácil, reducir el atraso cambiario que está provocando estragos en las economías regionales, afrontar los problemas políticos, sociales y jurídicos planteados por un superávit de empleados públicos, defender las reservas que todavía queden y así, largamente, por el estilo. En algunos países, un candidato presidencial podría arriesgarse diciendo la verdad, por desagradable que fuera, pero sucede que una sociedad anímicamente preparada para hacer frente al gran desafío socioeconómico que nos aguarda no se hubiera permitido perder el rumbo hasta encontrarse atrapada en un callejón sin que se vislumbre ninguna salida que sea políticamente aceptable.

Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.196.592 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Vicedirector: Aleardo F. Laría Rajneri Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Lunes 23 de marzo de 2015


En una ocasión, el entonces presidente interino Eduardo Duhalde nos advirtió que “no hay nada más mentiroso que un político en campaña”. Aludía así a la propensión de los candidatos a minimizar las dificultades que enfrentarían si resultaran elegidos y a exagerar su propia capacidad para superarlas, como acaba de hacer Mauricio Macri al comprometerse a eliminar el cepo cambiario el 11 de diciembre “si soy presidente”. Como debió haber previsto, sus adversarios aprovecharon la oportunidad que les brindó para acusarlo de querer sembrar el caos haciendo, en palabras de un partidario de Sergio Massa, un “ajuste sangriento”, mientras que otros dicen creer que una consecuencia inmediata sería la virtual desaparición de las reservas del Banco Central. Se trata de opiniones interesadas, claro está, pero distan de ser insensatas. De todos modos, aunque los asesores de Macri han procurado limitar el daño, señalando que sería factible eliminar de golpe las restricciones cambiarias existentes con tal que en los meses previos a la asunción de un nuevo gobierno los inversores recuperaran confianza en el futuro de la economía nacional, hubieran preferido una promesa más realista, ya que entienden muy bien que salir del esquema improvisado por el gobierno kirchnerista no será tan sencillo como cree el jefe del gobierno porteño. Macri no es el único presidenciable que parece estar convencido de que un triunfo electoral sería suficiente como para cambiar drásticamente el escenario. El peronista disidente Massa jura estar resuelto a eliminar el impuesto a las Ganancias, pero es reacio a decirnos cómo recaudaría el dinero necesario para que el Estado siguiera funcionando. Con todo, por ser Macri el líder del partido supuestamente menos populista del país, entregarse al facilismo electoralista lo perjudicará más que a sus rivales. Lo que la ciudadanía quiere del Pro y sus aliados no son soluciones mágicas sino una dosis fuerte de realismo, ya que se ha difundido la conciencia de que “el modelo” de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner se basa en nada más firme que el voluntarismo irresponsable de quienes subordinan absolutamente todo a sus propios intereses, tanto personales como políticos. ¿Serán capaces los aspirantes serios a suceder a Cristina de decirnos la verdad acerca de sus planes económicos? Es poco probable. Por razones comprensibles, hasta nuevo aviso el gobernador bonaerense Daniel Scioli se sentirá obligado a fingir creer que, en el caso de ganar, heredaría un “modelo” que a lo sumo requeriría algunos cambios menores que no incomodarían a nadie, mientras que, por tener el ojo puesto en los votos peronistas, Massa no querrá arriesgarse hablando de ajustes dolorosos por venir. En cuanto a Macri, parecería que también ha optado por hablar como si diera por descontado que el presidente próximo contaría con el apoyo entusiasta de la comunidad financiera internacional que celebraría el fin del ciclo kirchnerista colmándolo de dinero. Por desgracia, no hay demasiados motivos para suponer que el cambio del clima de negocios previsto se haga sentir enseguida. Aun cuando un gobierno menos fantasioso que el actual se viera beneficiado por la impresión de que, una vez desactivadas las bombas de tiempo dejadas por el kirchnerismo, la Argentina podría disfrutar de una etapa prolongada de crecimiento sostenible, tendrían que transcurrir varios meses, tal vez años, antes de que la confianza se recuperara por completo. Mientras tanto, el gobierno que, es de suponer, será centrista, ya que tienen mucho en común los tres candidatos presidenciales mejor ubicados, no tendrá más alternativa que la de tratar de combatir la inflación, lo que nunca es fácil, reducir el atraso cambiario que está provocando estragos en las economías regionales, afrontar los problemas políticos, sociales y jurídicos planteados por un superávit de empleados públicos, defender las reservas que todavía queden y así, largamente, por el estilo. En algunos países, un candidato presidencial podría arriesgarse diciendo la verdad, por desagradable que fuera, pero sucede que una sociedad anímicamente preparada para hacer frente al gran desafío socioeconómico que nos aguarda no se hubiera permitido perder el rumbo hasta encontrarse atrapada en un callejón sin que se vislumbre ninguna salida que sea políticamente aceptable.

Registrate gratis

Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento

Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora