Falencias, bodas y un loco a los tiros

Por Francisco N. Juárez

Para esta semana de 1940 el futuro de Bariloche se puso neblinoso a partir de las dudas que sus propias fuerzas vivas percibieron a través de las primeras carencias turísticas. Para entonces, hace 62 años, el titular de La Voz Andina (LVA) del 3 de febrero encabezó un editorial de tapa que fustigaba «La decadencia del turismo». Ya hacía un año que la Modesta Victoria navegaba inmaculada por el lago y acababa de inaugurarse un vuelo semanal que partía de Palomar hacia varias escalas y seguía a Esquel. Desde sus ventanillas se obtuvieron buenas fotos aéreas del raleado casco urbano barilochense. Una de ellas atrapó a dos viejos hoteles, el galpón parroquial, la capilla y el todavía flamante hospital (se inauguró el 19 de diciembre de 1938).

El editorial despotricaba por «los pésimos servicios ferroviarios» que desviaban a los turistas hacia otros atractivos geográficos. Para colmo no estaba el Llao-Llao –todavía reconstruyéndose del incendio- y se agregaba la carencia «de propaganda adecuada». Como si liderara una convocatoria salvadora, el semanario insinuaba a las fuerzas vivas y a la población en general, se involucrara en firmes propuestas. El llamado sonaba como anacrónico por estar impreso junto a la noticia de haberse constituido -cinco días antes en una reunión en el cine Central- la Asociación de Fomento del Turismo a Nahuel Huapi, que, precisamente, significaba una reacción a las falencias. La presidió el intendente Víctor Gonella acompañado de ilustres lugareños como Andrés Festa y Héctor Pozzi, entre otros. En esos días José Biancucci lograba que el cocinero de su luciente y pétreo hotel Roma posara para una publicidad, a la vez que el recién inaugurado hotel Ruca Malén ofrecía sus excursiones en lancha y de a caballo. Eran días en que la librería de Arturo Hechenleitner ofertaba caretas, cotillón, papel picado y serpentinas El Loro. Es que se venía el carnaval con su cúmulo de picardías y preparativos. El peluquero Pendón, por ejemplo, miraba con nostalgia su disfraz de gitana: volvería a disfrazarse.

Pero ya no existía el primitivo Bariloche desparramado, casi rural y apenas habitado por los disímiles pioneros de frontera. Para esa época –y en esta misma semana pero de 1904- los lugareños, en cambio, parecían decididos a normalizar sus posesiones y amoríos; ser más formales. Por lo menos uno de los alemanes Boock –Cristián-, en simultánea con el suizo Felix Goye, decidió casarse el domingo 7 de febrero, algo que demuestra que el juez Eduardo Beovide habilitaba los feriados para semejantes decisiones.

Bodas en la Península

Boock, de 33 años, había nacido en Rendsbrug, provincia de Holstentein, Schlenig, hijo de Eugenio Boock –que murió en 1898 en Estados Unidos- y de María Engelbradt, alemana que fue enterrada en Roca (1897). Legalizó su unión con la joven chilena Adela Leonor Barrientos, de 24 años, nacida en San Pablo, Llanquihue. Otto Goedecke, alemán de 41 años, y Alberto Parsons Horne, de 23, «oriental» (¿nacido en Uruguay?), fueron testigos de la boda y del reconocimiento de varios hijos de Cristian. Adela María nació en Fofo-Cahuel, Chubut (14/7/1894), Claudina Cristina en Nahuel Huapí (3/8/1899) y Eugenio Teodoro en Nahuel Huapí (20/11/1901).

Boock, de recién casado pasó acto seguido a ser testigo, junto con el mueblero Oscar Bernardo Felix Runge, de 41 años, del casamiento de Felix Goye con Emilia Potthoff, hija de los germanos Gaspar Potthof y Guillermina Kuschel que habían sentado reales en la Península San Pedro tras haber emigrado primero a Chile. La novia, de 18 años, que vivía hasta ese día con sus padres, debió mudarse a la colonia helvética cercana al cerro López (nació en Río Bueno, Valdivia, Chile). El agricultor Felix Goye, en cambio, era viudo y entraba en el segundo matrimonio. Llegó al mundo 37 años antes en Saxon Jalais, Suiza, hijo de Francisco Goye y de María Enriqueta Borges. Los Goye-Borges habían emigrado a Chile –cerca de la estación ferroviaria de Victoria- donde aún sobrevivían y en donde Felix perdió el celibato a manos de la infortunada Carolina Esther Mermoud, quien falleció poco después. La memoria oral dice que los cuatros desposados el 7 de febrero de 1904 junto al lago, tuvieron una fiesta común frente al brazo Campanario y fueron todo lo felices que pueden serlo los rudos personajes de frontera. Es que Bariloche y su zona de influencia solía registrar episodios delictivos y no pocos conflictos vecinales.

Locos a los tiros

En diciembre de 1909 una reyerta a balazos entre el maestro Parsons y los hermanos Hanneck llevó a un intrincado conflicto, sirvió para poner de relieve la desidia del comisario Marty y ventiló un largo juicio. Fueron los años de los apresamientos masivos consumados por la Policía Fronteriza, que, como se esperaba, era la lógica secuela a las andanzas de bandoleros. Pero en la noche del viernes 5 de febrero de 1915, el tiroteo que despertó a los pobladores del todavía primitivo San Carlos, fue algo inesperado. El cobrador de pastoreos fiscales del Ministerio de Agricultura Enrique Alzaga, desde la puerta de la oficina que en pleno centro estaba a 50 metros de la comisaría, armado de una carabina y un revólver descargó no menos de 30 tiros en el término de 15 minutos –según las crónicas- y luego, carabina en mano, recorrió las calles del pueblo sembrando el pánico «porque las casas son de madera y se corría peligro hasta en el interior de las mismas». Era la hora de la cena, pero todavía reinaba la penumbra crepuscular del verano. Los pocos negocios abiertos cerraron apresuradamente como pudieron, pero Alzaga rompió los cristales del bar Cosmopolita donde los encerrados parroquianos se atrincheraron. La policía todavía no había reaccionado, por lo que la batahola en el bar duró hasta que los parroquianos lograron reducir a Alzaga, desarmarlo, y finalmente entregarlo a la policía, que llegó al paso. Lo llevaron detenido a su domicilio con mantenimiento de vigilancia.

El suceso mereció un titular interior de La Prensa (página 9) del sábado 6 de febrero. Rezaba: «Río Negro – Disparos de armas por un insano – Pánico en la población» y precedía a un resumen del episodio que terminó con la clausura de la oficina de pastoreo. En realidad Alzaga había discutido desde tres días antes con varios pobladores, denotaba una gran excitación nerviosa y había amenazado a varios vecinos. Esos conflictos merecieron que se lo revisara por el único médico (el belga José Vereertbrughen) quien determinó que padecía delirio persecutorio, por lo que ordenó se lo mantuviera vigilado. La misión de custodia la cumplió el guardabosques Cobos, por lo menos hasta que el vigilado estalló en un ataque furioso. El guardabosque se asustó y huyó con la intención de avisar a la policía. Fue entonces cuando Alzaga empezó a los tiros. Quedó herido en un brazo con los cristales del bar Cosmopolita. Había cobrado mucho dinero y todos temían por la suerte que correrían esos fondos cuando, en el automóvil de la gobernación de Neuquén, el «cobrador de impuestos a los pastajes fiscales atacado de demencia» partió acompañado por un guardabosque y un cabo de policía. El pueblo quedó en calma. Por un tiempo.

Sociales de esta semana

• El 6 de febrero de 1872 nació en la colonia suiza de Baradero, provincia de Buenos Aires, Emilio Enrique Frey, primogénito de su homónimo padre y de la nativa (le corría buen torrente aborigen) Bernabela Borda, casados el 10 de mayo de 1870. Frey estaba destinado a ser un prohombre del Nahuel Huapí.

• El 6 de febrero de 1901 nació Luis, hijo del homónimo y fallecido de Luis Mermoud (y de María Candias). Lo denunció 21 días después el tío José Mermoud, suizo de 22 años, soltero, hijo de Erasmo Mermoud y Josefina Michelot, domiciliado en el lago Nahuel Huapí.

• En la misma semana de 1901 llegaron a Nahuel Huapi desde Leleque 10 carros mandados por Francisco Preston de la Cía. Inglesa para que Luis Horne los hiciera cargar con las «varillas» que le encargó por carta del 12 de enero.

• En La Nación del 6 de febrero de 1904 Aníbal Latino suscribió una nota de queja por ausencia en el país de un club andino (se adelantaba un cuarto de siglo a su aparición en Bariloche). Pretendía que fuera similar al Club Alpino Italiano para que fomentara y difundiera las saludables actividades en la cordillera. Sólo insinuó que se «espera que sean los extranjeros los que vengan a escalar las montañas más altas». (También fue una premonición)

• El 5 de febrero de 1905 Félix Mermoud de 19 años y domiciliado en la Península, denunció que el día anterior a las 9, falleció su hijo Dionisio de anemia (edad: un mes).

• El 5 de febrero de 1916 en viaje de estudio salieron de Bariloche hacia Chile, el gerente Albert del Banco Alemán, y los señores Treiger y Stahringer, gerentes de la compañía alemana de electricidad que operaba en Buenos Aires.

El tour de germanos se completaba con los asesores Petersen, Junk y Gorrisen, que habían recorrido la región y compilaban datos sobre su riqueza.

• La Voz Andina del 3 de febrero de 1940 celebró el viaje inaugural del 31 de enero desde Buenos Aires a Esquel con escala en Bariloche –entre otras- cumplido con servicio de aviones militares. Llegaba los miércoles a las 15 y seguía a Esquel. Los jueves pasaba a las 8 de la mañana de regreso a Palomar.


Para esta semana de 1940 el futuro de Bariloche se puso neblinoso a partir de las dudas que sus propias fuerzas vivas percibieron a través de las primeras carencias turísticas. Para entonces, hace 62 años, el titular de La Voz Andina (LVA) del 3 de febrero encabezó un editorial de tapa que fustigaba "La decadencia del turismo". Ya hacía un año que la Modesta Victoria navegaba inmaculada por el lago y acababa de inaugurarse un vuelo semanal que partía de Palomar hacia varias escalas y seguía a Esquel. Desde sus ventanillas se obtuvieron buenas fotos aéreas del raleado casco urbano barilochense. Una de ellas atrapó a dos viejos hoteles, el galpón parroquial, la capilla y el todavía flamante hospital (se inauguró el 19 de diciembre de 1938).

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