Fanatismo asesino

Redacción

Por Redacción





Desde que una turba enfurecida de afganos atacó la oficina de la ONU en la ciudad norteña de Mazar-i-Sharif matando a siete extranjeros, entre ellos cuatro nepalíes, el presidente norteamericano Barack Obama, su homólogo de Afganistán, Hamid Karzai, y muchos otros hablan como si creyeran que el principal responsable del estallido de violencia fue Terry Jones, el pastor de una pequeña iglesia evangélica en Florida que había quemado un Corán. Según Obama, el reverendo fue culpable de un acto de “extrema intolerancia y fanatismo”, mientras que Karzai lo calificó de “un crimen contra una religión”. Parecería que a juicio de ambos lo hecho por Jones fue moralmente equiparable con el salvajismo de quienes asesinaron a los integrantes del equipo de la ONU que se habían dedicado a prestar ayuda humanitaria a la población local, pero si bien Karzai y muchos otros dirigentes musulmanes quieren que todos los países occidentales aprueben leyes destinadas a prohibir cualquier “agravio” al islam, la posibilidad de que lo hagan es tan escasa como lo es que las autoridades de Afganistán, Arabia Saudita, Irán, Pakistán y el resto del mundo musulmán manifiesten el mismo respeto por los símbolos del cristianismo, el judaísmo, el budismo y otros credos. De todos modos, aun cuando Estados Unidos y la Unión Europea se dejaran intimidar por las amenazas de los fanatizados y cedieran ante las presiones islámicas, la rendición así supuesta no sería suficiente para aplacar a los exaltados. Por vigorosos que resultaran ser los eventuales censores occidentales, no les sería dado impedir que en algún lugar un personaje ignoto filmara la quema de un Corán para entonces difundir su “crimen contra la religión” por internet, como en efecto sucedió con la pequeña ceremonia apadrinada por el pastor de una congregación minúscula en Gainesville, Florida, puesto que en esta ocasión los medios de prensa significantes de Estados Unidos no mostraron mucho interés en sus actividades. Huelga decir que la conciencia de que los gobiernos de los países más poderosos, además del papa Benedicto XVI y otros líderes religiosos, se sienten sumamente perturbados por los esporádicos estallidos de ira musulmana constituye un incentivo para los predicadores del odio que tanto abundan en la parte del mundo que ellos dominan. Es fácil ensañarse con Jones acusándolo de ser en última instancia el responsable de la muerte en disturbios de por lo menos una veintena de personas, pero por desgracia el problema no consiste en que haya un puñado de norteamericanos que no vacilan en hacer gala del desprecio que sienten por un culto que les es extraño sino en que en el “gran Oriente Medio” tales individuos se cuentan por decenas de millones. Puede que la frustración incontrolable que a veces se apodera de ellos tenga más que ver con la ignorancia, la falta de oportunidades económicas, la humillación de saberse atrasados y la xenofobia virulenta característica de las sociedades en que se formaron que con la fe religiosa propiamente dicha, pero esto sólo quiere decir que apaciguarlos será mucho más difícil de lo que nos gustaría suponer. Asimismo, el rencor furioso contra Occidente que sienten tantos afganos plantea un desafío acaso insuperable a Estados Unidos y sus aliados de la OTAN que, además de luchar contra los extremistas, están procurando impulsar el desarrollo económico y social con la esperanza de transformar un país aún feudal en una democracia auténtica. Como no pudo ser de otra manera, son cada vez más los norteamericanos que están convencidos de que es una pérdida de tiempo, de dinero y de vidas humanas valiosas seguir tratando de ayudar a aquellos afganos que dicen compartir sus objetivos. Episodios como éste, en que una horda de fanáticos asesinó a empleados de la ONU a quienes nadie en su sano juicio podría considerar representativos de “los cruzados y sionistas” occidentales denunciados por los clérigos musulmanes, hacen más probable que los norteamericanos y europeos decidan que dadas las circunstancias la opción menos mala consistiría en abandonar a los afganos a su suerte, limitándose a tomar medidas militares puntuales para impedir que agrupaciones yihadistas como Al Qaeda usen nuevamente su territorio para preparar ataques contra blancos en otras partes del planeta.


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