Fernández Meijide: “Pensé en matar a Videla, Massera y Agosti”
Se define como “una muchacha de 84 años” de barrio. Protagonizó la etapa más dura por la defensa de los derechos humanos, luego de que secuestraran y asesinaran a su hijo Pablo, en la dictadura. Fue figura en la Conadep y también de la Alianza, esa promesa política que se derrumbó en el 2001. Sobre las lecciones que dejaron reflexiona la exsenadora.
Historia y política
Entrevista a Graciela Fernández Meijide, defensora de los derechos humanos.
La gata se acerca sigilosamente a la mesa. La trepa. La recorre. Olfatea las lentes de la Nikon del fotógrafo. Éste le sigue los movimientos. Tieso. Lívido. Se adivina lo que tiene entre labios… “¡Nena, nenita… No me rayes el equipo…”.
-¡Michi, otra vez en el medio! -dice la dueña de la gata y la felina cruza miradas con ella: Graciela Fernández Meijide. La gata se aleja sin premura.
-Chau, chau “Michi” -le dice el fotógrafo con una mano. Se distiende.
Graciela Fernández Meijide tiene su mirada detenida en el ventanal que da a Blanco Encalada. Pleno Belgrano. A metros de la intensa Libertador.
-Sí, por supuesto que odié… los odié, sí. Tengo toda una historia de días, de noches ganados por la idea de matar a Videla, a Massera… y a ese otro… ¿Cómo se llamaba?
-Agosti…
-¡Agosti!… Pensaba pegarles un tiro aquí… sin más… ¡Aquí! -confiesa Graciela Fernández Meijide y con el índice de la mano derecha se señala la frente.
-¿Se hubiese animado?
-Sí. No tengo que confesar que soy una mujer decidida. No saco chapa de coraje. Pero tengo una historia. Las madres no somos un instante, pañales, mamadera, mocos… Cuando de hijos sufriendo se trata, somos… somos…
-Quinto Regimiento, primera línea de fuego, aquel regimiento republicano de la España del ‘36…
-Sí, sí… primera línea…
Huelga toda presentación de Graciela Fernández Meijide. Dice bien Rogelio Alaniz en referencia a ella: “Los hombres jamás lograremos saber -en el sentido más apasionado de la palabra- lo que representa la muerte de un hijo a mano de esbirros y canallas. Graciela lo supo en carne propia”. Porque una noche del ‘76, una banda de esbirros y canallas que respondían a las órdenes del trío sangriento -Jorge Videla, Emilio Massera y Orlando Agosti- se llevó a Pablo Fernández Meijide. Recién salía de la adolescencia. Y de ahí en más, Graciela Fernández Meijide fue sinónimo de dignidad en la lucha por la verdad, la justicia y abrazó la política en términos de una eticidad ejemplificadora.
-Y Pablo tendría hoy 56 años…
-Era el segundo de los tres, la primera una mujer.
-¿Dónde cree que están sus restos?
-Lo asesinaron en Campo de Mayo, seguramente están en ese campo adyacente en que abrieron fosas para tirar los cuerpos… hoy hay viviendas.
-¿Le quedaron los rostros de los secuestradores?
-Sí. Y en democracia, en rueda de detenidos por violaciones a los derechos humanos, creí reconocer a uno… pero no pude certeramente decir que era.
-¿Cuándo percibió que Pablo no volvería?
-No pasó mucho tiempo.
-Camino complejo, ¿no?
-La verdad, en estado de crueldad.
-¿Ha pensado que es mejor que lo hayan asesinado rápidamente? Huelga aclarar lo que esto significa.
-Espero que haya sido así. Lo pensé siempre.
-Días que uno sabe que nunca nos dejarán, decía Primo Levi.
-He llorado muchísimo, muchísimo…
-¿Se secaron las lágrimas, son historia?
-Tienen otra experiencia… Tengo 84 años. Una muchacha de 84.
-¿Cómo vuelve todo aquel tiempo desde lo individual?
-Vuelve en términos de un valor: creo haber sido digna en la lucha por la vida, por la verdad. Ninguno de los que padecimos aquel horror estaba preparado para ese horror, esa perversidad. La desaparición es una perversidad extrema… uno busca vida pero acercándose al convencimiento de que recogerá muerte.
-Desde el interior de quienes buscaban la verdad, ¿había algún desafío que evitar?
-Desde lo personal, evité un proceso que llamo “rayador”: los rumores. Antes de Malvinas, cuando la tarea de los organismos de derechos humanos era firme pero cargada de presiones, de tanteos, surgían mucho rumores entre quienes buscábamos nuestros hijos… que “dicen que hay 3.000 en…”, “que estarían en…”. Yo sentí que si me dejaba llevar por ese lado, me estancaba en mi lucha.
El dolor y la lucha
-¿Así se acercó al convencimiento de que Pablo estaba muerto?
-Sí.
-¿La naturaleza de la dictadura no le dejaba ningún resquicio para pensar en otra alternativa?
-No. Eran asesinos. Y ese convencimiento resolvió mi definición de ellos: eran mis enemigos. Y yo quería matarlos, matarlos…
-¿Devolverles el dolor?
-Matarlos, matarlos… así, sin más. Sufrí tanto, sufrimos tanto tantos…
-¿Tuvo planes para matarlos?
-Sólo como tiros aquí (se señala en la frente)
-¿Por qué no lo intentó?
-Porque no soy una asesina. Ellos sí. Ésa es la diferencia con ellos. Tampoco ladrona de chicos. Ellos sí. Pero esa diferencia no evitó que los odiara…
-¿Con qué sustituyó el objetivo de matarlos, tan rentable para sus emociones, su dolor?
-Con hacerles todo el daño posible mediante la búsqueda de la verdad. La justicia. Una lucha en la que hice mi parte, ¿no?
-De toda esa lucha, ¿hay algo que le vuelve y vuelve?
-Fue todo tan intenso, tan desafiante si recordamos que se arrancó cuando aún los asesinos tenían mucho poder, que al menos para mí es un todo muy presente, como señalo en uno de mis libros…
-¿Tiene el mate bien ordenado en clave al recuerdo de toda esa lucha?
-¡Sí, sí! Son sólo 84 pirulos…
-Un almacén del horror, escribió Simone Weil en relación con su memoria de su paso por los campos de concentración nazis.
-Y, está todo, pero hay cosas que, dentro de todo ese desgarrante, que sumaban más desgarro.
-¿Qué, por caso?
-Un ejemplo. Cuando ya en democracia y en clave a la tarea de la Conadep se fue a buscar testimonios al interior, a zonas donde por infinidad de razones la desaparición de personas no estaba investigada, denunciada, etc., venían padres, familiares de esos desaparecidos, gente que recién se iba informando sobre lo que se estaba haciendo en materia de investigar lo sucedido y la primera reacción que tenían era: “Ah, entonces ahora mi hijo volverá a casa”. Gente sencilla, esperanzada en que se estaba ahí para traerles los hijos desaparecidos. Entre quienes recogían testimonios hubo gente que se descomponía, volvían al hotel en que se hospedaban, muy mal, descompuestos… Los padres esperaban a sus hijos. Pero no se les podía traer a los hijos… sólo buscar la verdad de lo que les había sucedido… ¡Era terrible!…
-Y un día fue la política… Y fue la política. Participé en la fundación de fuerzas emblemáticas en materia de ideas, paradigmas movilizadores, creamos poder, gané y perdí elecciones. Formé parte -ministra de la Alianza por el Frepaso-, esa inmensa ilusión que fue la Alianza…
Los miedos y el 2001
-¿Cómo manejó los miedos en aquellos años de barbarie?
-No me impidieron luchar por Pablo y todos los Pablos blancos de esa barbarie. Pero mire, mire, soy sincera: ¿sabe cuándo sentí miedo o algo parecido… incluso me agitó algo de fobia?
-No, no sé.
-¡En ese diciembre terrible del 2001!
-¿Miedo a que la gente reaccionara sobre usted por pertenecer a la Alianza?
-No, no. Además, yo había dejado el gobierno en marzo, cuando Domingo Cavallo ingresó al gabinete. Era mucho para mí, mis ideas…
-¿Entonces por dónde marchaban los miedos?
-Sentí temor a la desintegración del país, me agitaban pensamientos muy encontrados, incluso busqué que mi hijo, el más chico, arquitecto, se fuera del país con su familia.
-¿La gente la reconoce en la calle?
-Sí, claro. Soy una muchacha de barrio. Voy a la carnicería, a la verdulería. Tengo un reconocimiento generoso, una vida intelectual intensa: escribo, publico.
-Y la izquierda sigue enojada con usted. Por aquello de que los desaparecidos no son 30.000 sino menos, por…
-¡A mí la izquierda no me va a correr! Seguiré señalando, como lo digo en mi libro “Humanos, no héroes”, que -al igual que el kirchnerismo- lo que buscan es llevar a la juventud del presente -que como juventud tiene épicas, emociones fuertes, romanticismo, etc.- a 40 años atrás diciéndole que aquello fue glorioso… ¿En aquel pasado qué joven no hubiera querido ser el Che, cuántos chicos fueron a la guerrilla y no pudieron salir por la búsqueda de heroicidad? A la izquierda y asociados les disgusta que yo diga que de ese pasado no hay nada para rescatar ¡Nada!… ¡Es un pasado que nos costó mucho y todo muy terrible! Y todo ese proceso lo fogonea el kirchnerismo, que instrumenta ese pasado para hacer política…
-¿Y la gata Michi? -pregunta el fotógrafo…
-Ahí está, durmiendo, vaga -responde Graciela Fernández Meijide, una muchacha de 84 años…
Carlos Torrengo
carlostorrengo@hotmail.com
Carlos Torrengo