El Bolsón: por qué es la capital del lúpulo y el corazón de la cerveza argentina
El lúpulo es más que un cultivo, un oficio. Exploramos el origen y el presente del polo lupulero en la Comarca Andina, donde el clima y la tradición familiar crean un ingrediente único buscado por todo el país.
En El Bolsón el lúpulo no llegó por azar. A fines de la década del ‘60 y comienzos de los ‘70, cuando la Comarca Andina empezaba a perfilarse como un territorio productivo alternativo, técnicos del INTA y productores pioneros detectaron que el valle reunía condiciones excepcionales para el cultivo. Estos eran: clima templado-frío, buena amplitud térmica, abundancia de agua de deshielo, suelos profundos y bien drenados, y una latitud que ofrece largas horas de luz durante el verano, clave para el desarrollo de la planta.
Lúpulo: El “oro verde” de la gastronomía
Ese conjunto de factores explica por qué el lúpulo se adapta tan bien a la zona. La planta necesita inviernos fríos —que le permiten un correcto reposo vegetativo— y veranos moderados, sin temperaturas extremas. En El Bolsón, además, la baja humedad relativa reduce la presión de enfermedades, una ventaja comparativa frente a otras regiones productoras del mundo.
Las primeras plantaciones comerciales se consolidaron en los años ‘70 y ‘80 y, con el tiempo, transformaron al valle en el principal polo lupulero de la Argentina. Hoy, más del 70 por ciento del lúpulo nacional se produce en la Comarca Andina, con El Bolsón como epicentro. Un dato que no solo dimensiona su peso productivo, sino también su impacto económico: empleo rural, servicios asociados, secaderos, logística y abastecimiento directo a cervecerías artesanales e industriales de todo el país.

Detrás de cada hectárea plantada hay una historia de ensayo y error, de alambres levantados a mano y de cosechas que se aprendieron mirando el cielo. Los pioneros del lúpulo en El Bolsón no solo introdujeron un cultivo: construyeron un oficio.
Con asesoramiento técnico intermitente y mucho conocimiento empírico, fueron adaptando calendarios, sistemas de secado y formas de comercialización en un territorio donde producir implicaba, y aún implica, resolver distancias, infraestructura y clima. Esa memoria productiva, transmitida de generación en generación, es parte del capital invisible que sostiene hoy al polo lupulero patagónico.
La variedad más cultivada históricamente es Cascade, adaptada de manera excepcional al terroir patagónico. Aromática, cítrica y versátil, se convirtió en la base de buena parte de la cerveza artesanal argentina. Junto a ella, se producen Nugget, de mayor amargor; Mapuche, una variedad desarrollada en el país; Victoria, Spalt y otras cepas que amplían el abanico sensorial y permiten diversificar la oferta.
“Cada variedad expresa algo del lugar”, explican los productores. El suelo, el agua y el manejo agronómico imprimen características propias al lúpulo de la zona, un valor cada vez más buscado por cerveceros que priorizan la identidad del ingrediente por sobre la estandarización. Pero el lúpulo no es solo una unidad productiva. Es símbolo. Está presente en fiestas populares, ferias, encuentros técnicos y en el relato turístico de la Comarca. También es eje de debates actuales: el uso responsable del agua, la protección del suelo y la necesidad de sostener modelos de producción a escala humana.
En los últimos años, nuevos emprendimientos apuestan por la agroecología, el agregado de valor en origen y la organización cooperativa como estrategia frente a los vaivenes económicos. Conviven productores históricos con jóvenes que eligen quedarse o volver, sosteniendo una actividad que combina conocimiento técnico, trabajo familiar y fuerte arraigo territorial.

El escenario actual combina oportunidades y tensiones. Crece la demanda de lúpulos con identidad, trazabilidad y manejo sustentable, al mismo tiempo que se profundizan los desafíos estructurales: costos en dólares, acceso a financiamiento, recambio generacional y presión sobre la tierra productiva en una región atravesada por el turismo y el mercado inmobiliario.
En esa encrucijada, el lúpulo vuelve a funcionar como termómetro del modelo de desarrollo local: producir más no siempre es crecer mejor. El desafío es sostener volumen sin perder escala humana, calidad sin resignar territorio y mercado sin diluir identidad. A más de cuatro décadas de las primeras plantaciones, el lúpulo sigue marcando el pulso de El Bolsón. Trepa por los alambres, pero también por la historia y la identidad de una comarca que encontró en este cultivo una forma concreta de producir, habitar y proyectar futuro sin resignar su esencia.
En El Bolsón el lúpulo no llegó por azar. A fines de la década del ‘60 y comienzos de los ‘70, cuando la Comarca Andina empezaba a perfilarse como un territorio productivo alternativo, técnicos del INTA y productores pioneros detectaron que el valle reunía condiciones excepcionales para el cultivo. Estos eran: clima templado-frío, buena amplitud térmica, abundancia de agua de deshielo, suelos profundos y bien drenados, y una latitud que ofrece largas horas de luz durante el verano, clave para el desarrollo de la planta.
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