Gerardo Scherlis: “La partidización del Estado es muy grave”

En un breve y sólido ensayo, el profesor de Teoría del Estado sostiene que de hecho y vía la gravitación electoral del peronismo, el aparato de Estado emerge como una expresión sin más de ese partido.

Por Redacción

OPINIÓN | ENTREVISTA

-¿Cabe inferir de su investigación que los partidos políticos sólo tienen futuro si manejan el Estado? -No, no… lo que yo sostengo es que el sistema de partidos ha devenido en que parecen tener posibilidades de seguir como tales aquellos partidos que al ganar elecciones manejar el poder ya sea en el rango municipal, provincial o el Estado nacional; de hecho, se convierten en gestores de servicios para el gobierno. -En consecuencia, ¿el que no gana pierde futuro? -No, no es tan así. Mi investigación apunta a alentar, como otros trabajos también en la misma dirección, reformas en el sistema político… concretamente, en el sistema de partidos, destinadas a lograr un funcionamiento más democrático de éstos. No pueden seguir siendo un sistema de gestionar servicio público para el gobierno al cual pertenecen. Esto sucede hoy. La legitimidad de los partidos de cara a la sociedad está medida, ponderada, por el imaginario social, por su capacidad para gestionar servicios, para servir, en esa dirección, a éste o aquel sector. En realidad, esto es posible porque los partidos han perdido o no quieren ejercer roles superiores, no ser simplemente apéndices del gobierno al que pertenecen en función del manejo del Estado. -¿Qué hacer, entonces? -Lo que le dije: una reforma que garantice, que condicione y ponga límites a la partidización del Estado; es decir, que el partido no haga del aparato de Estado una propiedad, el Estado es de todos, no de un gobierno ni de un partido. Un partido maneja el Estado. Creo que las reformas, sin establecer ningún orden de prioridades, pasan, por ejemplo, por tornar cada vez más rigurosos los organismos de control. También hay que trabajar en dirección a profesionalizar singularmente la función pública. Necesitamos burocracias eficientes, forjadas en la experiencia y en la meritocracia del saber. Hay que trabajar en la mejora de lo que definen los presupuestos públicos. Éstas son sólo algunas de las propuestas que uno puede hacer destinadas a condicionar la partidización del Estado. -Usted señala en su ensayo algo que podría identificarse seguramente como dañoso para el sistema político: el hecho de que el peronismo parece haber ganado imagen de eficiencia en el manejo del aparato de Estado o ejercicio del poder (ver recuadro). ¿Esta interpretación implica hablar de un hecho excluyente, terminado: el peronismo manda y mandará? -No, no, de ninguna manera. Es cierto que hay un partido de poder, percibido por la opinión pública, que es el peronismo. Pero esto no es terminante. Sucede incluso que el mismo peronismo tiene baches en su eficiencia. Hay, sí, “una cancha inclinada” hacia el peronismo en términos electorales porque maneja mucho del aparato estatal a nivel municipal, provincial… El peronismo tiene mucha flexibilidad, en cualquiera de sus variantes, para adaptarse a las contingencias. También es cierto -como lo digo en el trabajo- que es una identidad política muy extendida a lo largo y ancho del país. Y, como señalo en el trabajo, a pesar de eso los rangos o niveles de instalación en el conjunto de la sociedad están lejos de explicar el comportamiento, en algunos casos fabulosos para mí, electoral en los últimos 20 años. -¿Qué me quiere decir? -Lo que digo es que el nivel de identificación y papel electoral pueden marchar encontrados hacia distintos puntos. Esto nos lleva a una pregunta: el porqué de la “peronización electoral”. -¿Entonces cuál es el porqué? -El porqué se debe a que el peronismo, tanto a escala nacional como en espacios territoriales incluso muy reducidos, ha logrado tejer una maraña de redes destinadas a hacer de su gestión como partido una mediación, un acercamiento a las decisiones del Estado que maneja como gobierno. Es una maquinaria inmensa; el Estado confundido con el partido de gobierno a través de captar conductas, domesticarlas… cooptación alimentada por el empleo público, el manejo de los favores que da estar en el Estado, los favores particularizados o no y todo aquello que deriva de tener a disposición los recursos financieros del Estado. Todo este andamiaje disimula incluso las ineficiencias que tienen muchos de los peronismos gobernantes en el país. Pero el peronismo, para un imaginario amplio, “hace y hace”. Ése es su capital político. En mi investigación hablo de Ernesto Calvo y su excelente trabajo “El peronismo y la sucesión permanente: mismos votos, distintas elites”. Él ahí habla de que ese capital se funda en tres dimensiones o, si se quiere, en tres posibilidades: una, ser percibido como la realidad que implica capacidad de gobierno por -diríamos dos- tener acceso a los recursos y tres, mediante todo ese cúmulo de poder estar en condiciones de plasmar redes, entramados políticos, intereses, de los cuales beneficiarse. Es todo un mundo en movimiento donde se forjan muchas dependencias que reproducen poder y más poder, un ejercicio de poder, de presencia de poder y, en consecuencia, de decisión que determina que sea racional estar ahí, es decir, sumarse si se quiere lograr algo o si se quiere ser alguien en política. Por supuesto, doy por sobreentendido que este tipo de funcionamiento del peronismo, en sí mismo un sistema político en el imaginario de muchos, tiene en tanto partidización del Estado un alto costo. Es la aplicación de una cultura facciosa de los recursos públicos… el aparato de Estado como coto de caza. -No es menos cierto que el peronismo, perseguido en un tiempo que no es bíblico, estigmatizado incluso desde lo racial, derrotado aquí y allá en términos de tiempos, ¿siempre está? -Bueno, nació y sembró. Y, es cierto: en la adversidad reprodujo poder. Siempre, y hoy incluso aunque haya varios peronismos, tiene práctica, entrenamiento, para asumirse desde historias o momentos que le son adversos. Yo hablo de “problemas preexistentes” que lo ayudaron a construir poder. Y ejercerlo manejando el Estado. Pero a cuenta de crecientes problemas para el funcionamiento del sistema democrático, la gravitación de las instituciones, etcétera. -Y así es esta historia… -Al menos en un hoy que viene de lejos. > Horfandad y después… • “Hacia el 2003 Juan Carlos Torre se refería a los votantes no peronistas como quienes habían quedado ‘huérfanos de la política de partidos’, pero ya para la década del 2010 parece claro, tal como lo señala Marcos Novaro, que no se trata solamente de que una mitad del electorado haya perdido un referente partidario efectivo, sino que los electores refractarios a votar por un candidato peronista constituyen una categoría cada vez menos significativa en el marco del sistema político argentino”. • “Una interpretación habitual a partir de estos datos refiere al profundo arraigo social del peronismo. La existencia de una base electoral tan extensa y persistente ha llevado a asumir que el peronismo constituye una arraigada identidad política y que allí residiría la base de su ventaja por sobre cualquiera de sus competidores. Si el pueblo argentino ‘es’ mayoritariamente peronista, no cabe sino esperar que los peronistas sean los ganadores de las contiendas electorales”. • “Pero si los resultados electorales apuntan en ese sentido, otros datos relevantes abonan una interpretación diferente. Según la consultora Ipsos, el número total de simpatizantes partidarios pasó en la Argentina del 47% en 1984 al 15% en el 2010, mientras que Barómetro de las Américas registró para el 2010 que sólo un 19,5% manifestaba tener ‘alguna simpatía’ por un partido político. Y, aunque una mayoría amplia de ese grupo indicaba su simpatía con el PJ -sigla histórica del peronismo- o con el Frente para la Victoria, la facción peronista gobernante, esas simpatías sumadas apenas alcanzan al 9,5% de los argentinos”. (Tramo de la investigación “Problemas del sistema partidario argentino: de la estatización a la peronización”, de Gerardo Scherlis, incluido en “Desafíos para el fortalecimiento democrático en Argentina”. También forman parte de esta investigación trabajos de, entre otros, Gerardo Gervasoni, de la Universidad Torcuato Di Tella, y de los periodistas Néstor Sclauzero y Aleardo Laría. Cabe señalar que Gerardo Scherlis es investigador del Conicet, profesor adjunto regular de Teoría del Estado en la Facultad de Derecho de la UBA, abogado y doctor en Ciencias Políticas por la Universidad de Leiden, Holanda)

Carlos Torrengo | carlostorrengo@hotmail.com