Grandes hitos en la historia de los Oscar

Luz, cámara, ¡acción! El mayor espectáculo de la moda y el cine, la entrega de los premios Oscar, está por celebrar otra edición. Y tal como viene sucediendo desde hace décadas, la platea femenina estará pendiente de los nuevos diseños que luzcan las actrices famosas. Ya sea por amistad, cábala o preferencia estética, algunas artistas fueron sumamente leales a un solo diseñador para estas grandes galas, como Audrey Hepburn y su amigo y modisto Hubert de Givenchy. Renée Zellweger se ha enfundado muy a menudo con el clasicismo de la venezolana Carolina Herrera y Catherine Deneuve hizo lo propio con el francés Yves Saint Laurent. Nunca trascendió por qué Ingrid Bergman repitió atuendo en dos ceremonias sucesivas. Se trató de un discretísimo vestido negro de cuello cerrado y mangas largas ceñidas, cuyo único adorno eran unas pequeñas estrellas brillantes bordadas en la pechera. Lo eligió en 1944, cuando contra las expectativas generalizadas no fue premiada por “Casablanca”. Tal vez por cábala o por el racionamiento de la guerra, volvió a ponérselo en 1945, y entonces sí fue premiada como mejor actriz por “Luz de gas”. Un color que garantiza el pleno de atención sobre la emblemática alfombra roja es el colorado. Por eso es fundamental que esté bien confeccionado, que el diseño sea original y que la actriz que lo porte tenga una cierta valentía, porque indudablemente dará que hablar. En casi todas las ceremonias de los Oscar hubo al menos un vestido rojo inolvidable, como el de Elizabeth Taylor en 1976. La prenda de Halston que exhibía generosamente el escote de la memorable actriz y fluía con drapeados hasta el suelo fue tan impactante que instauró la denominación “Rojo Elizabeth Taylor”. Sin embargo, no todas las artistas que brillaron en los Oscar se rindieron ante el vestido. Algunas transgresoras de este emblema femenino se apropiaron del smoking masculino, como Diana Ross en 1975, con uno plateado de Bob Mackie, sobre camisa y chaleco. Más sexy fue la versión de Dolce & Gabbana que eligió Angelina Jolie en el 2001: de blanco reluciente, no había prenda que mediara entre la chaqueta y su piel. Por lo general las actrices que concurren durante varios años a los Oscar van experimentando con diversas estéticas y obtienen resultados variados. Provocan aplausos por su buen gusto –como Uma Thurman en 1995 con un vestido lavanda recto de Prada– y tiempo después generan muecas de desaprobación, como la misma Thurman en la entrega de 1999, con top y falda plateados de Chanel que le confirieron la imagen de una heroína galáctica. Los modistos saborean las mieles de la victoria cuando las actrices a las que vistieron ganan una estatuilla. Es un impacto estético fenomenal en términos de la espectacularización de la moda. Esta fórmula sublime se desplegó con estrellas como Julia Roberts en el 2001, al recibir con un diseño vintage de Valentino el Oscar a la mejor actriz por “Erin Brockovich”, o Hilary Swank con la misma distinción por “Los muchachos no lloran” en el 2000, con un strapless de falda monárquica de Randolph Duke. Pero las que poderosamente triunfaron en el glamour fueron Audrey Hepburn y Grace Kelly, en sus respectivas premiaciones a mejor actriz por “La princesa que quería vivir” y “The Country Girl”. En 1954, Hepburn repitió un vestido que usó en aquella cinta. En 1955, Kelly lució delicada y refinada en un vestido de seda color hielo diseñado por la vestuarista hollywoodense Edith Head. (DPA)


Luz, cámara, ¡acción! El mayor espectáculo de la moda y el cine, la entrega de los premios Oscar, está por celebrar otra edición. Y tal como viene sucediendo desde hace décadas, la platea femenina estará pendiente de los nuevos diseños que luzcan las actrices famosas. Ya sea por amistad, cábala o preferencia estética, algunas artistas fueron sumamente leales a un solo diseñador para estas grandes galas, como Audrey Hepburn y su amigo y modisto Hubert de Givenchy. Renée Zellweger se ha enfundado muy a menudo con el clasicismo de la venezolana Carolina Herrera y Catherine Deneuve hizo lo propio con el francés Yves Saint Laurent. Nunca trascendió por qué Ingrid Bergman repitió atuendo en dos ceremonias sucesivas. Se trató de un discretísimo vestido negro de cuello cerrado y mangas largas ceñidas, cuyo único adorno eran unas pequeñas estrellas brillantes bordadas en la pechera. Lo eligió en 1944, cuando contra las expectativas generalizadas no fue premiada por “Casablanca”. Tal vez por cábala o por el racionamiento de la guerra, volvió a ponérselo en 1945, y entonces sí fue premiada como mejor actriz por “Luz de gas”. Un color que garantiza el pleno de atención sobre la emblemática alfombra roja es el colorado. Por eso es fundamental que esté bien confeccionado, que el diseño sea original y que la actriz que lo porte tenga una cierta valentía, porque indudablemente dará que hablar. En casi todas las ceremonias de los Oscar hubo al menos un vestido rojo inolvidable, como el de Elizabeth Taylor en 1976. La prenda de Halston que exhibía generosamente el escote de la memorable actriz y fluía con drapeados hasta el suelo fue tan impactante que instauró la denominación “Rojo Elizabeth Taylor”. Sin embargo, no todas las artistas que brillaron en los Oscar se rindieron ante el vestido. Algunas transgresoras de este emblema femenino se apropiaron del smoking masculino, como Diana Ross en 1975, con uno plateado de Bob Mackie, sobre camisa y chaleco. Más sexy fue la versión de Dolce & Gabbana que eligió Angelina Jolie en el 2001: de blanco reluciente, no había prenda que mediara entre la chaqueta y su piel. Por lo general las actrices que concurren durante varios años a los Oscar van experimentando con diversas estéticas y obtienen resultados variados. Provocan aplausos por su buen gusto –como Uma Thurman en 1995 con un vestido lavanda recto de Prada– y tiempo después generan muecas de desaprobación, como la misma Thurman en la entrega de 1999, con top y falda plateados de Chanel que le confirieron la imagen de una heroína galáctica. Los modistos saborean las mieles de la victoria cuando las actrices a las que vistieron ganan una estatuilla. Es un impacto estético fenomenal en términos de la espectacularización de la moda. Esta fórmula sublime se desplegó con estrellas como Julia Roberts en el 2001, al recibir con un diseño vintage de Valentino el Oscar a la mejor actriz por “Erin Brockovich”, o Hilary Swank con la misma distinción por “Los muchachos no lloran” en el 2000, con un strapless de falda monárquica de Randolph Duke. Pero las que poderosamente triunfaron en el glamour fueron Audrey Hepburn y Grace Kelly, en sus respectivas premiaciones a mejor actriz por “La princesa que quería vivir” y “The Country Girl”. En 1954, Hepburn repitió un vestido que usó en aquella cinta. En 1955, Kelly lució delicada y refinada en un vestido de seda color hielo diseñado por la vestuarista hollywoodense Edith Head. (DPA)

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