Grietas europeas

Por Redacción

Según el primer ministro francés Manuel Valls, “Si Europa no es capaz de proteger sus propias fronteras externas, es la propia idea de Europa la que será cuestionada”. Según los defensores de la política de puertas abiertas impulsada el año pasado por la canciller alemana Angela Merkel, si Europa se niega a acoger a todos los refugiados provenientes del Oriente Medio y el norte de África, traicionará sus propios valores y por lo tanto “el proyecto europeo” dejaría de tener sentido. Por un lado, pues, están los realistas como Valls y el presidente húngaro Viktor Orbán, que señalan que no está la Unión Europea en condiciones de asimilar a muchos millones de personas de cultura radicalmente distinta de la suya y que, en muchos casos, están resueltos a aferrarse a costumbres que son incompatibles con las europeas, y por el otro se encuentran los idealistas que quieren seguir subordinando absolutamente todo a los principios que reivindican sin preocuparse por las consecuencias concretas. Puesto que estos dominan muchos gobiernos, la burocracia bruselense y los medios de difusión más influyentes, mientras que aquellos, los que se sienten perjudicados por la inmigración masiva e indiscriminada que a pesar del crudo invierno europeo sigue en marcha, conforman una mayoría que propende a crecer, no extraña que el pesimismo se haya apoderado del Viejo Continente. Los líderes mayormente progresistas temen que la ciudadanía rasa termine encolumnándose detrás de movimientos políticos habitualmente calificados de “ultraderechistas” o “racistas”, entre ellos el Frente Nacional francés, la Alternativa para Alemania, los Demócratas de Suecia y el Partido por la Libertad neerlandés, que se oponen no sólo a la inmigración musulmana sino también, con matices, a la Unión Europea en su forma actual. Los problemas que hoy en día amenazan al proyecto europeo tienen su raíz en la voluntad de los comprometidos con la idea de que no sería difícil amalgamar una treintena de pueblos diferentes para crear un Estado unitario que sería una superpotencia. Los medios elegidos para alcanzar dicho objetivo no han funcionado como previeron. Lejos de ayudar a superar las diferencias existentes entre las diversas economías de Europa, la moneda común, el euro, las ha agravado. Los intentos de los alemanes y sus aliados de obligar a los griegos, italianos, españoles y portugueses a reestructurar sus economías respectivas para que se asemejaran más a las más prósperas y más productivas del noroeste del continente han causado un sinfín de estragos sociales irremediables. Aunque últimamente la crisis del euro se ha visto eclipsada por la de la inmigración descontrolada, podría reaparecer en cualquier momento. De estar en lo cierto quienes están mirando con inquietud lo que está sucediendo en el sistema bancario italiano, está a punto de estallar una bomba financiera, ya que las deudas incobrables del sector suman aproximadamente 360.000 millones de euros. Por lo demás, en Francia, España y Grecia los esfuerzos desesperados de los gobiernos por convivir con Alemania se ven resistidos por electorados que tienden a preferir opciones tan poco promisorias como la brindada por los indignados del partido Podemos español. Asimismo, al multiplicar las reglas, algunas extraordinariamente detalladas, que todos los países de la Unión Europea tendrían que respetar, los llamados eurócratas de Bruselas lograron brindar la impresión de querer usurpar el lugar de los gobiernos y parlamentos nacionales. Como es natural, los contrarios al proyecto europeo han sabido aprovechar el “déficit democrático” resultante al pedir a sus compatriotas oponerse a funcionarios cosmopolitas decididos a pisotear las tradiciones locales. También motivan resistencia las presiones de Merkel para que los demás países acojan decenas de miles de refugiados musulmanes; aunque los gobiernos de países como Polonia y Hungría no deberían preocuparse porque con escasas excepciones los asiáticos y africanos quieren afincarse sólo en Alemania o Suecia, por entender que la vida les sería más fácil en aquellos países que en otros, la conducta de la máxima responsable de la situación caótica que se ha producido está contribuyendo a ampliar las grietas que, a juicio de los escépticos, ponen en peligro la supervivencia de la Unión Europea.


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