Guerra desigual

En la batalla por granjearse la simpatía ajena, los palestinos parecen llevar las de ganar.

Redacción

Por Redacción

Si la guerra que acaba de declarar el premier israelí Ariel Sharon contra sus enemigos palestinos fuera «convencional», terminaría muy pronto por contar Israel con el poderío necesario para aplastar tanto al régimen de Yasser Arafat como a cualquier país árabe que se sintiera tentado a intervenir. Sin embargo, como Sharon entiende muy bien, no es convencional en absoluto. Mientras que Israel se ve constreñido a respetar reglas propias de un mundo occidental en el que los sentimientos pacifistas dominan, los palestinos operan conforme a normas radicalmente distintas. Según éstas, civiles -mujeres, niños u hombres adultos, les da lo mismo- son blancos «legítimos» y continúan matándolos o mutilándolos sin remordimiento alguno. De adoptar Israel los mismos criterios, la carnicería de civiles palestinos sería con toda seguridad lo bastante atroz como para poner fin a la rebelión, pero no puede hacerlo porque se niega a convertirse en un país mediooriental más. Por supuesto que la actitud occidental no refleja ningún respeto por los pueblos árabes: antes bien, se basa en la proposición racista de que corresponde juzgar a los israelíes de acuerdo con pautas civilizadas más severas que sus enemigos nunca estarían en condiciones de comprender.

En la batalla por granjearse la simpatía ajena, los palestinos parecen llevar las de ganar. Las matanzas de víctimas elegidas al azar que perpetran en hoteles y restaurantes son atribuidas a su debilidad, no a la brutalidad de sus líderes. Cuando asesinan a supuestos colaboradores, nadie protesta contra la barbarie. Los presuntos pacifistas occidentales se abrazan con Arafat, pero parecería que no se les ha ocurrido intentar disuadirlo de alentar a jóvenes munidos de explosivos a hacerse estallar en lugares públicos israelíes: a su juicio, tanto éstos como los civiles masacrados son víctimas de la política de Sharon. Huelga decir que en el caso de que Israel adoptara tácticas similares, el griterío de repudio sería ensordecedor. Para sectores importantes de la «opinión internacional», en este conflicto los únicos responsables de matar son los israelíes.

Otra diferencia fundamental tiene que ver con los objetivos a largo plazo. Exageradas o no las pretensiones territoriales de algunos israelíes, virtualmente todos están dispuestos a convivir con los palestinos. No piensan en eliminarlos. En cambio, entre los palestinos mismos y en los países islámicos abundan aquellos que no se sentirán satisfechos mientras Israel no haya sido barrido de la faz de la Tierra. Por lo tanto, negociar un tratado de paz árabe-israelí es de por sí difícil y, en vista de la inestabilidad crónica de los países árabes, ninguno de los cuales posee instituciones muy firmes, a lo sumo serviría para posibilitar una pausa de duración incierta. En cuanto al «plan de paz» planteado por la dictadura familiar saudita, el que significara el ingreso no sólo de los exiliados palestinos auténticos sino también el de sus descendientes, lo cual haría de los judíos una minoría muy vulnerable en el nuevo Estado resultante, ha brindado a los israelíes motivos más que suficientes como para rechazarlo.

Los gobernantes israelíes tienen razón cuando dicen que está en juego la supervivencia de su país, pero acaso su enemigo más peligroso no sea Arafat o lo que representa, sino la incomprensión de las potencias occidentales que, olvidando su propia historia reciente, son reacias a solidarizarse con quienes están luchando por su vida. Conscientes de que al Occidente no le gusta para nada la guerra a menos que sea relativamente «quirúrgica» sin «daños colaterales» de la clase que suelen aprovechar las empresas televisivas, Arafat y sus aliados, además de los jefes de facciones terroristas rivales, están en vías de lograr convencer a buena parte de la «opinión pública» europea y sectores influyentes de la norteamericana de que el único obstáculo en el camino de la paz es el gobierno israelí. De consolidarse la actitud así supuesta, la violencia se intensificará mucho más, porque los líderes de la maraña de grupos palestinos e «islámicos» que están resueltos a continuar la «jihad» antiisraelí sentirán que en última instancia el Occidente preferiría abandonar a Israel a su suerte, a correr los riesgos supuestos por una intervención en gran escala.


Si la guerra que acaba de declarar el premier israelí Ariel Sharon contra sus enemigos palestinos fuera "convencional", terminaría muy pronto por contar Israel con el poderío necesario para aplastar tanto al régimen de Yasser Arafat como a cualquier país árabe que se sintiera tentado a intervenir. Sin embargo, como Sharon entiende muy bien, no es convencional en absoluto. Mientras que Israel se ve constreñido a respetar reglas propias de un mundo occidental en el que los sentimientos pacifistas dominan, los palestinos operan conforme a normas radicalmente distintas. Según éstas, civiles -mujeres, niños u hombres adultos, les da lo mismo- son blancos "legítimos" y continúan matándolos o mutilándolos sin remordimiento alguno. De adoptar Israel los mismos criterios, la carnicería de civiles palestinos sería con toda seguridad lo bastante atroz como para poner fin a la rebelión, pero no puede hacerlo porque se niega a convertirse en un país mediooriental más. Por supuesto que la actitud occidental no refleja ningún respeto por los pueblos árabes: antes bien, se basa en la proposición racista de que corresponde juzgar a los israelíes de acuerdo con pautas civilizadas más severas que sus enemigos nunca estarían en condiciones de comprender.

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