Guerra incivil

Aun cuando la dirigencia estuviera en lo cierto, denunciar un problema no equivale a intentar solucionarlo.

Redacción

Por Redacción

Poco antes de verse convertido en presidente de la República, Eduardo Duhalde nos advirtió que el país se deslizaba hacia una «guerra civil». Según el ex presidente provisional Ramón Puerta, a menos que el gobierno de Duhalde logre hallar una solución a la crisis económica y social, «no veo otra salida que no sea una guerra civil». Aunque estamos acostumbrados a que los gobernantes de turno aseveren que la opción frente al país consiste en «nosotros o el caos», el que los dirigentes peronistas más eminentes se hayan puesto a pensar en términos de una «guerra civil» refleja una incapacidad sorprendente para entender que el desbarajuste no es consecuencia de la presencia de agrupaciones firmemente comprometidas con proyectos mutuamente incompatibles, sino a la ausencia completa de proyectos claros de cualquier clase. Incluso podría decirse que el panorama no sería tan confuso si hubiera motivos para suponer que el país estaba en vísperas de una guerra civil: por lo menos nos diría que los dirigentes, si bien divididos, sabían con seguridad lo que nos convendría hacer.

Para que estallara una «guerra civil» tendrían que existir dos o más grandes bloques con aspiraciones explícitas. Este no es el caso. Es concebible que duhaldistas e izquierdistas reanuden los enfrentamientos salvajes, de apariencia medieval, que protagonizaron en las calles de la Capital Federal al iniciarse la gestión de Duhalde, pero sería poco probable que muchos optaran por respaldar a uno de los bandos. Asimismo, aunque el avance de los bonaerenses irritara a los dirigentes del interior, nadie imagina que pudiera dar pie a una confrontación armada. Tampoco tendría sentido suponer que el planteo de Duhalde, según el cual la «patria financiera» se ve en conflicto con el «polo productivo», desembocara en una guerra. En cuanto a los ataques esporádicos que emprenden ciudadanos airados contra integrantes de la «clase política», sería absurdo tomarlos por amagos bélicos.

¿Por qué, pues, hablan Duhalde, Puerta y otros del riesgo de una «guerra civil»? Acaso porque les parece menos alarmante por ser más sencillo que el peligro auténtico de que el país se hunda en la anarquía, catástrofe que sólo podría atribuirse a la inoperancia de los dirigentes políticos que, a pesar de todo lo ocurrido en los años últimos, siguen resistiéndose a entender que en última instancia son los responsables del destino del país. Con escasas excepciones, han resultado ser expertos consumados en el arte de achacar a otros, trátese del jefe de Estado, el ministro de Economía, los «neoliberales» o, últimamente, los banqueros españoles, por el deterioro constante de la calidad de vida de millones de personas, pero aun cuando estuvieran en lo cierto denunciar un problema o endosarlo a alguna mano negra no equivale a intentar solucionarlo. Al fin y al cabo, la miseria extrema, la depauperación de franjas cada vez más anchas de la clase media y un largo etcétera no son fenómenos nuevos, pero si bien muchos dirigentes políticos los han «denunciado» con elocuencia, no han procurado atenuarlos organizando redes de seguridad similares a las establecidas en Europa después de la Guerra Mundial. De la misma manera, han tratado el déficit fiscal creciente y la expansión alocada de las deudas provinciales como si fueran asuntos meramente ideológicos, lo cual, conforme a su modo de pensar, les permitiría seguir pasándolos por alto sin preocuparse por el hecho evidente de que tarde o temprano se les agotaría el dinero.

La propensión de tantos dirigentes a reemplazar los problemas reales por otros ficticios sigue incidiendo en el discurso político, de ahí las referencias a la supuesta amenaza de una «guerra civil», o sea, a un desastre que sería fácilmente comprensible en lugar de aquel que efectivamente se ha producido. Lo mismo que las alusiones al «modelo» y a la presunta imposibilidad de tomar ciertas medidas que podrían caer mal en Wall Street, sirven para desviar la atención de la necesidad urgente de aprender a administrar la realidad, es decir, de cumplir lo que debería ser la función básica de todo dirigente político de verdad, pero que aquí siempre ha sido subordinada a la búsqueda de ventajas personales y partidarias tras una cortina de humo de retórica supuestamente inspiradora.


Poco antes de verse convertido en presidente de la República, Eduardo Duhalde nos advirtió que el país se deslizaba hacia una "guerra civil". Según el ex presidente provisional Ramón Puerta, a menos que el gobierno de Duhalde logre hallar una solución a la crisis económica y social, "no veo otra salida que no sea una guerra civil". Aunque estamos acostumbrados a que los gobernantes de turno aseveren que la opción frente al país consiste en "nosotros o el caos", el que los dirigentes peronistas más eminentes se hayan puesto a pensar en términos de una "guerra civil" refleja una incapacidad sorprendente para entender que el desbarajuste no es consecuencia de la presencia de agrupaciones firmemente comprometidas con proyectos mutuamente incompatibles, sino a la ausencia completa de proyectos claros de cualquier clase. Incluso podría decirse que el panorama no sería tan confuso si hubiera motivos para suponer que el país estaba en vísperas de una guerra civil: por lo menos nos diría que los dirigentes, si bien divididos, sabían con seguridad lo que nos convendría hacer.

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