Guido Ferrari te muestra cómo hace su arte a la intemperie

De paso por Roca, el joven artista angosturense trabajó sobre un paisaje de Paso Córdoba y nos contó sobre su técnica y de cómo es vivir del arte.

Redacción

Por Redacción

En el crudo invierno neoyorquino, Guido Ferrari era un extraño en el Central Park. Y no por ser uno entre miles ni por ser argentino en una ciudad de mil nacionalidades. Guido era un extraño allí porque estaba pintando mientras nevaba algo así como la tormenta del siglo, según se supo después.

En marzo pasado, Guido, nacido en Bariloche y criado en Villa la Angostura donde hoy vive, expuso seis obras suyas en la Jadite Galleries, de Manhattan. Y, como suele hacer en la cordillera neuquina, agarró sus cosas y salió a pintar. Entonces, como suele ocurrirle en la cordillera neuquina, la nieve lo sorprendió. O no tanto.

Noviembre le está cerrando la puerta a la primavera. Los primeros calores del verano pegan fuerte en Paso Córdoba. De espaldas al río Negro, Guido encuentra la postal buscada. La barda no tan lejana y un espejito de agua donde las carpas pelean por lo suyo a puro chapuzón. Lejos de la nieve propia y ajena, lo que lo sorprenderá esta vez será el viento. Vicisitudes del arte a la intemperie

Guido Ferrari (1994) está de paso por Roca. Fue parte, ayer sábado, del evento anual de Bodega Canale, que contó con más de veinte pinturas suya. Mientras que el domingo y lunes pasados esas obras fueron expuestas en el hall de ingreso del Casino del Río. Entre tanto, montó su pequeña combi japonesa en busca de un buen lugar donde pintar. Lo seguimos.

“Me gusta acá, che. Esos álamos…” Guido mira al sur, de espaldas al río, no muy lejos del puente que separa al valle de la meseta. “Vi unas diagonales súper interesantes y cómo rompe el cerro allá con los álamos verticales que tiran para arriba. Si no es muy achatado”, señala y explica. Abre su caballete de campaña, saca un estuche de colores increíbles, recorta un rectángulo de lienzo imprimado para óleo, lo abrocha a una madera, se mide con el sol y empieza a pintar.

“Al aire libre tenés que trabajar rápido porque te corre la luz. La luz te va cambiando el paisaje. Acá en el valle tenés un poco más de luz pero también más polvo en el ambiente, en la cordillera trabajo en lugares mucho más cerrados por la montaña y el bosque que ocultan más rápido la luz”, explica. “Por ejemplo, los últimos rayos, ese momento en que el paisaje se pone rojo, duran siete minutos”.

De a poco, el viento aparece. Y Guido tiene que darle pelea. “Al principio lo sufrí”, dice sobre la experiencia de pinta afuera. “Empecé trabajando en estudio hasta que un referente que tengo en el arte plástico me dijo que salir te cambiaba definitivamente. Y_era cierto. Ya casi no trabajo adentro”.

“Al principio lo sufrí”, reconoce. “Pero después aprendés a jugar con todo lo que te rodea: el viento, el agua, la nieve, la luz…” El viento le vuela la paleta un par de veces. Los óleos se pegotean con tierra. No importa. “Más de una vez, la obra queda intervenida por la naturaleza”, dice. “La lluvia y la nieve varias veces me agarraron pintando y algo de todo eso termina en el lienzo”.

Georg Miciu (1946), pintor trotamundos nacido en Austria, hoy radicado en San Martín de los Andes, fue uno de los mentores más influyentes en la pintura de Guido Ferrari, quien lo define como un colorista. “Tiene un ojo impresionante para interpretar los colores del ambiente. Él me marcó ciertas reglas en el trabajo de los colores, cómo trabajarlos en el lienzo. La luz hace que los verdes y los azules del paisaje son muy diferentes entre sí”.

La siesta de Paso Córdoba le da esos matices y Guido los resuelve en su paleta improvisada. “Me gusta mentir el paisaje que pinto, sino sería una foto”, afirma. Aunque se trate de algo que está allí, delante de sus ojos, de los nuestros y de cualquiera que mire lo que él está mirando, el cuadro será otra cosa. Porque no todo está allí. Entonces el pincel hace lo suyo. “Me gusta la marca del pincel”, asume. “Pero suelto, no como una cosa pensada”.

“Armo los colores de acuerdo a lo que me pide el paisaje. Acá tengo armar varios verdes y varios azules, pero medio mentirosos, a modo de composición, si no queda muy plano”.

Aunque llegó a pintar cuadros de 1,20×1,20 metros, el tamaño promedio de sus trabajos es de 80×60 centímetros. “Es una medida transportable”, aclara. Guido suele caminar horas por la montaña y los bosques de la Angostura y alrededores. Bordea lagos y se mete en arroyos helados hasta dar con la postal.

El de Guido Ferrari es impresionismo hasta ahí. ¿Impresionismo metafórico? Acaso contradictorio, pero no en su lienzo. “No cuento exactamente lo que veo. Lo deformo, agrego cosas que no entran en cuadro, juego con los colores. Propongo una narración antes que un paisaje”. Más metafórico y menos figurativo en todo caso.

Guido vive del arte, pero no es tan simple. A sus 23 años, tiene muy en claro que para lograrlo, se tiene que mover tanto como pintar. “Yo vendo lo que pinto, pero no trabajo por encargo. Uso mucho las redes sociales y mi página de internet, donde subo mis trabajos. Todos los días pinto, un cuadro cada día y medio. Pero para vivir de la pintura me tengo que mover. Busco eventos, concursos. Mando trabajos y algo así como un curriculum. A veces te aceptan y otras veces no. Los clientes aparecen de muchas maneras: por las redes, porque te vieron en una exhibición o por referencias”.

Trabajar al ritmo que lo hace Guido implica un gasto de 5000 pesos mensuales sólo en materiales. “Si no hago eventos, esto no funciona”, afirma. El epicentro de su trabajo es su galería estudio de Arrayanes 190, en el centro de Villa la Angostura. “No pinto ahí, lo uso de taller para terminar los cuadros que hago afuera”.

Vender para vivir: ¿cómo (con)viven el placer de la pintura y la presión de mercado? “Hay momentos en que, aunque te movés, no pasa nada. Al principio era complicado, pero aprendí a vivir con esos ciclos de mercado. Cuando eso pasa, salgo a pintar”.

En marzo del año que viene volverá a la Jadite Galleries de Nueva York, una experiencia que lo marcó como artista. “Aprendí sobre cómo se trabaja allá para poder vivir de mi trabajo. En cuanto a estilo, me bastante del dibujo a lo abstracto en el sentido que no reflejo exactamente lo que veo. Aprendí a trabajar el paisaje para poder contar algo, aprendí a incluir los sonidos y los olores del lugar done estoy pintando”.

Hace apenas un par de años que empezó a mostrar sus trabajos a través de internet y el mercado internacional de arte ya lo tiene en cuenta. En el pago chico, el viento sigue soplando.


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