Guillermo Vadalá, un bajo de lujo en el Alto Valle

El reconocido músico se presentará los próximos 9 y 10 de este mes en Roca y Neuquén respectivamente. Interpretará los temas de “Bajo piel” y de “Alumbramiento”.

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Guillermo Vadalá, sin dudas uno de los más reconocidos bajistas nacionales, toca el viernes 9 de agosto a las 21:30 en el auditorio del primer piso de la Asociación Española de Roca, España 1365, y el 10 en la Escuela Superior de Música de Neuquén, a las 21, diagonal Alvear 50.

Acompañado por Tomás Stancatti en teclados y el baterista Guillermo Ochonga, interpretará obras de sus cedés, “Bajopiel” y “Alumbramiento”.

Ambos recitales los abrirá el roquense Gustavo Giannini en bajo, con su trabajo “Nunca confíes en un guitarrista”, acompañado por Diego de la Vega en percusión y batería.

Nacido en Buenos Aires el 13 de marzo del 68, a los nueve empezó a estudiar guitarra pero un día volviendo a su casa descubrió a su hermano con el instrumento que le cambiaría la vida. Profesionalmente, Guillermo comenzó a tocar bajo a los diecisiete, integrando la mítica banda Madre Atómica, junto a Juan Carlos “Mono” Fontana en teclados, el guitarrista Lito Epumer y “Jota” Morelli en batería, con quienes grabó “Madre Atómica”.

“Los socios de Madre Atómica me formatearon cuando tuve la gran dicha de entrar en ese cuarteto en el 85, y caer en manos de esos tipos. Fue un golpe de suerte y si bien ellos vieron en mí la frescura de un pibe que tocaba bien y tenía futuro, me hicieron un buen colchón para que, de ahí en más, el terreno de la música me quede mejor transitado. Fue un laburo armónico intenso y profundo que años más adelante, cuando empecé a tocar con Fito, hizo que escuchara sus canciones de aire y las sacara al toque. Fue un fogueo inicial que me afiló para luego poder encarar temas más de rock o pop, con resto. Páez venía de tener una banda de la época de “Ciudad de pobres corazones”, más popera y conservadora, con el bajo con púa que tocaba Fabián Llonch.”

“Me conoció cuando fui a audicionar y Fito –gran admirador de Pedro (Aznar), de Serú Girán y todo lo que hacía Charly (García)– encontró en mí un músico con la posibilidad técnica de volar, entre comillas, y se volvió loco. Ha llegado a tirarse de rodillas delante de mí, diciendo: ¡eso, eso, toca eso! Lo recuerdo ahora y me parece que lo soñé. Recuerdo cuando tocamos en Shams, en Federico Lacroze, y vino a vernos Aznar. Yo tocaba bajo fretless y veía la cabecita de Pedro entre el público. Imaginá los nervios que tenía… Tuve la fortuna de dar con tipos ávidos de tener el aporte de un bajo con sonido personal y con un despliegue que Fito, por ejemplo, me permitía. Se iluminó con esa performance que anteriormente no tenía. Le pegó fuerte todo eso.”

–Usaste una palabra, aporte, que los músicos procuran al buscar un nuevo miembro para su banda.

–Sí, para estar ahí se requiere haber hecho la previa que escasea hoy. No porque falten talentos, sino porque la industria genera una necesidad de tocar frente a multitudes y bla, bla… Eso, no siempre da sustancia musical. Cuando (Luis Alberto) Spinetta, supongo, ensayaba con Almendra no importaba tanto el afuera. El adentro era vital, aprender a tocar, a mover energías. Los pibes hoy salen anhelando una cuestión de convocatoria, llenar estadios y por ahí el éxito debería medirse, primero, sintiéndose cómodo al tocar. Estar formado quita el miedo… Y a veces falta. Yo tuve entre mis alumnos al bajista de Catupecu (Machu) Gabriel Ruiz Díaz, cuando aún no eran conocidos. Le di un par de clases, después la vida medio nos distanció pero quedó onda. Hace unos años, antes de que se accidentara, empezó a estudiar de nuevo… Ya era un pibe consagrado, exitoso. Y recuerdo que me dijo: siempre fui desestructurado, intuitivamente llegué hasta acá. Ahora quiero aprender estructura… Como diciendo, ahora que tengo unos mangos y está todo bien, quiero aprender música, el medio en el que me muevo. Hicimos un par de clases de armonía, yo justo estaba mudándome, y en ese ínterin se accidentó… Lamentablemente. Gabriel me enseñó que muy pocas veces un músico consagrado pega esa vuelta y se vuelca a estudiar porque la música se lo merece.

Vadalá recalca la importancia de formarse como músico: “El aprendizaje es eterno, infinito”, asegura.

Eduardo Rouillet


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