Hacia un mundo nuevo



James Neilson

Aún nos cuesta entender la magnitud de lo que está ocurriendo. Es como si estuviéramos atrapados en una película de ciencia ficción en la que nada es lo mismo de lo que era días antes y la gente, asustada, se siente acechada por una miríada de enemigos microscópicos terriblemente astutos que están resueltos a sembrar la muerte por todos lados. Pero por mucho que nos fastidie lo que estamos viendo no podemos salir del cine.


Casi todos los países, incluyendo, desde luego, a la Argentina, están sufriendo daños económicos de proporciones históricas, lo que no podrá sino tener repercusiones sumamente dolorosas para un sinnúmero de personas, no solo en regiones en que muchos millones se habían habituado tanto a un grado de prosperidad sin precedentes que lo toman por un derecho irrenunciable sino también en sociedades en que, conforme a las pautas de los países ricos, la mayoría era indigente.


Esta pandemia es distinta de las anteriores no porque sea más mortífera, sino porque casi todos los gobiernos del planeta optaron por frenar actividades económicas a su entender “no esenciales” para que los servicios médicos locales se prepararan para tratar a la multitud de víctimas que previeron. En algunos países parecen haberlo logrado, pero en otros, entre ellos Estados Unidos y por desgracia la Argentina, se teme que al llegar “el pico” los que se han improvisado se vean desbordados.


El consenso actual es que mientras no haya una vacuna segura tendremos que acostumbrarnos al “distanciamiento social” a pesar de los costos enormes que supondrá para una gama amplia de industrias, comenzando con las de los hoteles, restaurantes, bares y teatros, que de un modo u otro dependen de los contactos personales. Pero, si bien lo que está sucediendo en el frente científico parece promisorio, no hay garantía alguna de que se produzca pronto una vacuna que sea capaz de eliminar los riesgos planteados por el virus.


Sin una vacuna o –como sucedió con el sida– sin una panoplia de tratamientos farmacéuticos que sirvan para que la covid-19 sea menos mortal no habrá más alternativa que la de resignarnos a convivir con el coronavirus como hacemos con tantos otros microorganismos malignos, de los cuales algunos son decididamente peores.


Puede que tal eventualidad no sea tan mala como muchos creen. Si tienen razón aquellos epidemiólogos italianos que notaron que en el sur de su país la tasa de mortandad era inferior a la del norte, las nuevas cepas del coronavirus son menos letales que las primeras que salieron de China, lo que tendría cierta lógica darwiniana; los que matan rápido a los contagiados propenden a desaparecer por falta de víctimas fáciles, mientras que los más benignos tienen más posibilidades de sobrevivir.


Hay señales de que en Europa está funcionando la supuestamente desacreditada idea de “la inmunidad del rebaño”, según la cual si hay suficientes infectados asintomáticos que han adquirido los anticuerpos precisos para resistirse a los ataques del virus ellos formarán una especie de muralla defensiva que proteja a los vulnerables. Es factible que en algunos lugares se haya acercado a la densidad necesaria. En opinión de muchos epidemiólogos respetados, en el mundo podría haber hasta diez veces más infectados que los más de diez millones oficialmente registrados, lo que, de confirmarse, sería una muy buena noticia porque significaría que la tasa de mortandad dista de ser tan alarmante como muchos creían.


Mal que les pese a los optimistas congénitos, la incertidumbre generalizada no suele tener consecuencias positivas.



De todas maneras, en todos lados está haciéndose más fuerte la oposición a los encierros estrictos no solo porque los costos económicos de tales medidas ya han sido siderales, sino también porque a la mayoría no le gusta para nada verse forzada a permanecer confinada en su vivienda. No sorprende, pues, que en Europa, Estados Unidos y Australia, además del AMBA argentino, hayan proliferado rebeliones protagonizadas por quienes se niegan a acatar los ucases que les prohíben reunirse en parques, playas o las casas de vecinos.


Nadie sabe muy bien cómo será el pedazo de mundo que cada uno ocupe cuando haya terminado la fase inicial de una pandemia que amenaza con perpetuarse, aunque es de prever que sea mucho más pobre y, con toda probabilidad, llamativamente más conflictivo de lo que era antes. Mal que les pese a los optimistas congénitos, la incertidumbre generalizada no suele tener consecuencias positivas. Los tiempos en que parece que todo está por rehacerse y muchos se sientan abandonados a una suerte nada grata por un mundo que se les ha vuelto ajeno, son propicios para los predicadores de soluciones contundentes, sean éstas derechistas, izquierdistas o, en el caso de los populistas, difíciles de ubicar en el mapa ideológico.


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