Heidi y la Bonaerense
Lo mismo que Alejandro Armendáriz, Antonio Cafiero, Eduardo Duhalde, Carlos Ruckauf, Felipe Solá y Daniel Scioli, para nombrar sólo a quienes ocuparon el cargo después de la restauración de la democracia en diciembre de 1983, la actual gobernadora bonaerense María Eugenia Vidal quiere reformar la Policía provincial, pero sabe que tiene que hacerlo sin provocar una rebelión que aprovecharían los delincuentes que pululan en la jurisdicción más poblada y más problemática del país. Casi todos los gobernadores, luego de afirmarse dispuestos a llevar a cabo una depuración implacable, llegaron a la conclusión de que sería mejor dejar las cosas como estaban, resignándose a convivir con la corrupción por temor a lo que sucedería si trataran de privar a los jefes policiales de sus “cajas”. Aunque Vidal parece resuelta a ser más dura que sus antecesores y, además de pasar a retiro a 25 comisarios, ya ha entregado a la Legislatura bonaerense un proyecto de ley para que los que quedan se vean obligados a presentar una declaración jurada de bienes, lo que es su forma de decirles que sabe muy bien que algunos se han enriquecido de manera difícilmente explicable, el programa de reformas que tiene en mente apenas se ha puesto en marcha. Como ha ocurrido tantas veces en el pasado, los reacios a permitirle al gobierno interferir en sus negocios han comenzado a enviarle mensajes. El primero fue a través de la fuga cinematográfica de tres delincuentes condenados por su parte en el triple crimen de General Rodríguez, una aventura que hubiera sido imposible sin la colaboración de algunos guardiacárceles y efectivos policiales. Lo han seguido muchos otros: secuestros virtuales, rumores de distinto tipo, amenazas de bombas que motivaron la evacuación de edificios oficiales. Según se informa, por su propia seguridad, la gobernadora se mudará a la base militar de Morón, separándose de su marido, por entender que no le convendría permanecer en el barrio de Castelar. Por motivos de imagen y, es de suponer, por convicción, a Vidal le gustaría continuar brindando la impresión de considerarse una vecina más, pero son tantas sus responsabilidades que no puede darse el lujo de correr riesgos innecesarios. Vidal, como los políticos peronistas y radicales que le antecedieron como gobernadores de la provincia de Buenos Aires, espera que sólo una minoría reducida de los efectivos policiales de su jurisdicción sea irremediablemente corrupta y que resulte posible separarla del resto. ¿Es así? A juzgar por lo que ha sucedido a partir de 1983, para eliminar la corrupción en las filas de la Bonaerense le sería necesario cambiar la cultura institucional de la fuerza. Para lograrlo, tendrá que hacer lo mismo que otros gobernadores que, para que resultaran más aceptables las purgas, rindieron homenaje a los uniformados que todos los días ponen su vida en peligro para proteger a los ciudadanos honestos, aunque es poco probable que vaya tan lejos en tal sentido como Duhalde, el que en una ocasión calificó a la Bonaerense de “la mejor policía del mundo”, una afirmación que, huelga decirlo, no lo ayudó. Sea como fuere, el dilema que enfrenta la gobernadora que, dicho sea de paso, mantiene un nivel altísimo de aprobación, no es del todo sencillo. Tiene que luchar contra la corrupción, ya que de otro modo tanto su propio gobierno como el nacional no podrán combatir el narcotráfico y otras modalidades delictivas con eficacia, pero necesita contar con la ayuda de muchos efectivos que podrían verse acusados de complicidad con los corruptos, aunque sólo fuera por omisión. Por lo demás, le es imperativo subrayar su propia autoridad, puesto que no la beneficia la noción de que sea una especie de “Heidi”, una joven candorosa que, como afirmaban sus rivales en el transcurso de la campaña electoral, no estará en condiciones de manejar a una fuerza como la Bonaerense que es notoria por su resistencia a someterse a los funcionarios políticos de turno. A pesar del drama protagonizado por los condenados por el triple crimen, hasta ahora le ha ido bastante bien, pero sólo ha sido cuestión de las escaramuzas iniciales de una batalla muy larga, una que nunca terminará por completo, en que las eventuales victorias serán a lo sumo parciales porque hasta en las mejores policía del mundo siempre habrá quienes encuentran irresistible la tentación planteada por la proximidad de delincuentes dispuestos a permitirles apropiarse de una parte del botín.
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