Hipócrita pero válido
Cualquier intento de reconstruir el país casi cerrado de otras épocas sólo serviría para profundizar una crisis que ya es traumática.
Para muchos, el que el jefe formal de la Unión Europea, el italiano Romano Prodi, haya advertido al gobierno argentino contra lo trágico que sería volver al proteccionismo puede considerarse una burla de pésimo gusto por proceder del vocero de una entidad que por su política agrícola proteccionista ha contribuido enormemente a nuestros problemas, pero este inconveniente no obstante no cabe duda de que tiene razón. Mientras que el mercado europeo es tan grande y tan próspero que sus integrantes pueden darse el lujo de complacer a los combativos granjeros franceses y otros subsidiando sus actividades antieconómicas, justificando dicha violación de sus propios principios con alusiones a pretextos sociales e incluso estéticos, el nuestro es demasiado pequeño y pobre como para permitirnos emularlos, motivo por el que cualquier intento de reconstruir el país casi cerrado de otras épocas sólo serviría para profundizar una crisis que ya es traumática. La verdad es que cuanto mayor sea una zona económica, más posibilidades tendrá para mofarse con impunidad de las «leyes del mercado», de ahí el contraste notorio entre la prédica en contra del proteccionismo de los norteamericanos y europeos y lo que efectivamente hacen cuando están en juego los intereses de grupos influyentes que están en condiciones de chantajear a los políticos.
El colapso de la convertibilidad, sistema que a pesar de sus características heterodoxas, para no decir únicas, ha sido caricaturizado localmente como un ejemplo de liberalismo dogmático, ha obligado al nuevo gobierno a tomar lo que asegura son medidas de emergencia. Lo mismo que en épocas de guerra, éstas son necesariamente dirigistas y, para sorpresa de pocos, se parecen mucho a las habituales antes del colapso del «modelo» anterior al instaurado hace once años. Pero si bien cuentan con el apoyo entusiasta del lobby bonaerense y de muchos políticos peronistas, radicales y frepasistas, no conforman una estrategia encaminada no sólo a salvar el país de la ruina, sino también a permitirle ocupar un lugar digno en el mundo del siglo XXI. Existe, pues, el riesgo de que si el gobierno consigue estabilizar la economía y los índices sociales más importantes comienzan a mejorar, lo que era un programa acaso apropiado para «la guerra» sea mantenido después en tiempos de paz, repitiendo de este modo el mismo error que han cometido tantos otros gobiernos que se resistieron a evolucionar, aferrándose a políticas que resultaron relativamente exitosas en una etapa determinada, pero que después se volvieron contraproducentes.
Los males del proteccionismo eran bien conocidos en el pasado -el atraso ya crónico de la Argentina era uno de los síntomas-, pero la «apertura» que se concretó en el transcurso de la primera gestión de Carlos Menem, que fue seguida por el desplome de una cantidad muy grande de empresas nacionales nada competitivas, ha supuesto que por ahora cuando menos preocupan mucho más los costos de integrarse a la economía mundial. Sin embargo, ocurre que si el gobierno intenta atenuar las dificultades gravísimas de las pymes manteniendo a raya los productos del resto del mundo, incluyendo a muchos -como los vinculados con la informática- que no se fabrican aquí, no podrá sino ampliar todavía más la brecha ya muy ancha que nos separa de los países más avanzados. Aunque en el corto plazo los beneficios de una política de tal tipo podrían parecer mayores que las desventajas, supondría la pérdida de toda esperanza de que la Argentina logre superar el subdesarrollo. La meta, pues, debería consistir en encontrar el punto de equilibrio entre las necesidades inmediatas del empresariado nacional, del cual dependen los empleos de muchos millones de personas, y el interés a largo plazo del país porque aun cuando un deterioro gradual y en cierto modo controlado resultara ser más tolerable de lo que sería una serie de colapsos convulsivos, el destino final, una Argentina irremediablemente tercermundista, desangrada por la emigración del grueso de la clase media, habitada por una minoría de ricos rodeada por una multitud enorme de pobres resignados a su condición, sería el mismo.
Para muchos, el que el jefe formal de la Unión Europea, el italiano Romano Prodi, haya advertido al gobierno argentino contra lo trágico que sería volver al proteccionismo puede considerarse una burla de pésimo gusto por proceder del vocero de una entidad que por su política agrícola proteccionista ha contribuido enormemente a nuestros problemas, pero este inconveniente no obstante no cabe duda de que tiene razón. Mientras que el mercado europeo es tan grande y tan próspero que sus integrantes pueden darse el lujo de complacer a los combativos granjeros franceses y otros subsidiando sus actividades antieconómicas, justificando dicha violación de sus propios principios con alusiones a pretextos sociales e incluso estéticos, el nuestro es demasiado pequeño y pobre como para permitirnos emularlos, motivo por el que cualquier intento de reconstruir el país casi cerrado de otras épocas sólo serviría para profundizar una crisis que ya es traumática. La verdad es que cuanto mayor sea una zona económica, más posibilidades tendrá para mofarse con impunidad de las "leyes del mercado", de ahí el contraste notorio entre la prédica en contra del proteccionismo de los norteamericanos y europeos y lo que efectivamente hacen cuando están en juego los intereses de grupos influyentes que están en condiciones de chantajear a los políticos.
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