Hiroshima y Nagasaki, el debate sigue

por Joseph Coleman

Por Redacción

Minoru Hataguchi abre cuidadosamente una caja y extrae la hebilla herrumbrada de un cinturón, la misma que su padre usaba el día en que murió junto con decenas de miles de personas en Hiroshima.

Para Hataguchi, que todavía estaba en el vientre de su madre cuando Estados Unidos arrojó la bomba atómica el 6 de agosto de 1945, las circunstancias del hecho -el sorpresivo ataque japonés a Pearl Harbor, la reticencia estadounidense a invadir Japón por tierra-pasan a segundo plano ante el sufrimiento humano que causó. «Por supuesto Estados Unidos usó una gran cantidad de dinero para construir la bomba nuclear, de modo que pensó que debía usarla. Comprendo eso'', dijo Hataguchi, hoy director del Museo Conmemorativo de la Paz en Hiroshima. «Pero cuando veo las víctimas, en lo que respecta a la gente común, no era necesario lanzar la bomba''. Del otro lado del Océano Pacífico, James Rose de Dayton, en Ohio, tiene una opinión muy distinta. El ex paracaidista de 79 años dice que él habría participado en la invasión de Japón si las bombas no hubiesen obligado a Tokio a rendirse. Para él la devastación de Hiroshima y de Nagasaki tres días después significan vida y no muerte. «Creo que fue necesario usar la bomba; salvó muchas vidas», dijo el veterano Rose mientras visitaba el monumento de la Segunda Guerra Mundial en Washington DC. «Creo que cientos de miles de soldados estadounidenses más habrían muerto».

Hiroshima fue un momento decisivo y terrible en la historia. Cuando estalló el mortífero artefacto a menos de 100 metros de donde se alza hoy la oficina de Hataguchi, se desencadenó una fuerza inusitada que desde entonces ha amenazado la extinción de la humanidad. Ese día el pueblo de Hiroshima experimentó el apocalipsis: arrojada desde un avión B-29 con el nombre de Enola-Gay, la bomba estalló sobre la ciudad y luego la consumió con una potencia equivalente a 12.500 toneladas de TNT.

El centro de la explosión produjo temperaturas de casi 3.000 grados centígrados, el doble de lo necesario para fundir el hierro. La explosión arrasó el centro de la ciudad y desencadenó el infierno. Los sobrevivientes agonizaron con terribles quemaduras y radiación. Muchos de los que parecieron ilesos sucumbieron más adelante de cáncer y otras dolencias.

En Hiroshima murieron 140.000 personas; en Nagasaki, 80.000. Mientras las bombas se constituyeron en un símbolo de horror para el mundo, la experiencia ha sido aun más compleja para los ex beligerantes: Estados Unidos pasó a ser el único país que ha usado un arma atómica y Japón el único en haberla padecido. Como ejemplifican Minoru Hataguchi y James Rose, Japón y Estados Unidos están en ambos extremos del debate. Esas profundas divisiones subsisten hoy, cuando el mundo se aproxima al 60 aniversario del ataque. Para los estadounidenses, las bombas atómicas fueron un último recurso contra un enemigo dispuesto a luchar hasta la muerte pero que en cambio se rindió incondicionalmente el 15 de agosto de 1945, seis días después de la devastación de Nagasaki.

Los críticos -muchos japoneses y algunos estadounidenses- creen que el gobierno del presidente Harry Truman tuvo otros motivos: el deseo de probar un arma terrible, el deseo de derrotar a Japón antes de la llegada de los soviéticos, y la necesidad de afianzar la posición de Washington frente a Moscú en lo que sería más adelante la Guerra Fría.

Una encuesta reciente de The Associated Press y la agencia noticiosa Kyodo halló opiniones muy divergentes: el 68% de los estadounidenses, pero sólo el 20% de los japoneses encuestados consideraron que las armas nucleares fueron necesarias para poner fin a la guerra rápidamente. La encuesta conjunta, conducida por Ipsos en Estados Unidos y el Centro de Investigación de la Opinión Pública en Japón, consultó a 1.000 personas en Estados Unidos y a 1.045 en Japón y tuvo un margen de error del 3%. Pero en ambos bandos del Pacífico, los encuestados de mayor edad tendieron a opinar mayormente que la bomba era inevitable.

El debate histórico se ha centrado en varios interrogantes: ¿cuántos habrían muerto en una invasión estadounidense por tierra? ¿Se hubieran rendido los japoneses de haberles ofrecido mejores condiciones? ¿Tokio estaba ya demasiado exhausto como para pelear mucho más? ¿Debería haberse lanzado la bomba en un lugar inhabitado antes de arrojarla en una ciudad? Quienes justifican la decisión de lanzar las bombas tienden a creer en el cálculo de que la invasión a Japón hubiera causado medio millón de muertos estadounidenses, como también posiblemente millones de muertos japoneses. El secretario de guerra Henry Stimson escribió en 1946 que las bajas estadounidenses habrían superado el millón. Pero también hubo un cálculo del gobierno oficial en junio de 1945 de 43.500 muertes estadounidenses. El almirante William Leahy, alto asistente del comandante en jefe del ejército y la armada, se opuso a que se lanzaran las bombas y en sus memorias equiparó su uso al «nivel ético común a los bárbaros de la Edad Media».

En 1999, el historiador estadounidense Richard Frank publicó un argumento a favor de las bombas en «Perdición: el final del imperio japonés''. El libro de Frank llegó a la conclusión de que no había ninguna evidencia de que Japón estuviese dispuesto a aceptar nada cercano a una rendición incondicional, y que Tokio en cambio se estaba preparando para luchar a muerte. Aun sin las bombas ni una invasión estadounidense, Japón habría enfrentado una hambruna masiva provocada por un bloqueo, la perspectiva de un ataque masivo de las tropas soviéticas que se acercaban desde el nordeste y posiblemente una destrucción mucho mayor que lo que sobrellevaron Hiroshima y Nagasaki, sostuvo.

«Si los líderes estadounidenses en 1945 hubiesen tenido garantías de que Japón y Estados Unidos iban a transcurrir dos generaciones en tranquilidad, habrían supuesto que sus difíciles decisiones se hubieran justificado, y lo mismo debemos suponer nosotros'', concluyó. Pero el paso del tiempo tiene su peso. Después de Hiroshima, el mundo soportó 40 años de Guerra Fría bajo la amenaza nuclear, y luego el fantasma de un arma nuclear en manos de terroristas. En una era en la que atacar civiles se considera obra de terroristas, la aniquilación de una ciudad -junto con su población civil- para muchos es moralmente indefendible. Aunque Hiroshima suele representarse como un blanco puramente civil, tenía largos antecedentes de ciudad de concentración militar y albergaba a decenas de miles de soldados, como también los cuarteles de dos contingentes militares. Pero no tenía fábricas de municiones, y el hecho de que nunca había sido bombardeada con armas convencionales sugiere que no tenía un lugar prominente en la lista de blancos militares de los aliados.

Nagasaki, por su parte, sólo fue bombardeada después de que el avión atacante no bombardeó el blanco favorito, la ciudad de Kokura, porque estaba cubierta por un colchón de nubes. Para los japoneses, el sufrimiento humano es el legado principal, en vez de un debate más desapasionado acerca de si la bomba era necesaria. Es el pensamiento central de un movimiento pacifista e internacionalista según el cual Japón nunca debería volver a apelar a la guerra. Para muchos en Japón, todo intento de justificar la bomba atómica es cruel. «Podrían haberla lanzado en una isla o una base militar, no lo sé, pero escogieron una ciudad que estaba intacta'', dijo Hatacuchi. ¿Por qué? Es difícil decir que fue un experimento, pero no fue necesario''.


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