Historias de quiénes y de cómo viven en «las tomas» de tierras

En ellas se mezclan los más necesitados con los punteros.

La sospecha en los mismos de siempre

ROCA (AR).- Un pasaje al país de los argentinos desahuciados. De eso parecen tratarse las “tomas”. Del doloroso presente de cientos de familias a las que el viento en contra no deja de soplarles en la cara y ponerles la vida cuesta abajo. De eso se habla en esos metros que resumen, como pocos, cómo fue que el sueño argentino terminó convirtiéndose en pesadilla para miles. Allí se amontonan las familias que hace no mucho exhibían orgullosas su estatus “clasemediero” y que hoy no encuentran explicaciones al rechazo que su condición de “nuevos pobres” genera en sus antiguos vecinos y amigos. Muchos de ellos inmovilizados por el miedo que provoca la sola idea de sufrir una caída parecida.

Una llamativa organización

Para decirlo en pocas palabras, una “toma” es desamparo y exclusión por tiempo completo. Los que allí viven buscan el baño en la casa de sus familiares cada vez que lo necesitan y ya no se aguantan, piden agua potable a los vecinos varias veces por día, comen al aire libre en una perpetua olla popular, acomodan de nuevo todos los días las cantoneras y el plástico con los que construyeron las casillas y a los que el viento no deja en paz, protegen a los más chicos del frío, la lluvia y la humedad que se cuelan por los huesos y provocan constantes gripes y resfríos. Pero también es una llamativa organización desde el primer momento e ilegalidad por varios años.

Como hongos

Sólo en Roca hay cerca de 300 familias viviendo en estas condiciones, y el número debe multiplicarse varias veces si lo que se quiere es tener una idea aproximada de lo que pasa en la región. Un rápido recorrido por los últimos meses ayuda a demostrar lo vertiginosa que fue la forma en que se multiplicaron las tomas en la región. Sólo en los últimos 90 días fueron más de una docena las usurpaciones que cambiaron el paisaje de Roca, Regina, Cipolletti, Viedma, El Bolsón, El Chañar y Cutral Co. En tanto, en Neuquén la historia ya es conocida. En febrero de este año la subsecretaría de Gestión Urbana del municipio reconoció que había más de 30 asentamientos ilegales y unas 2456 familias viviendo en tomas. Total: más de 10 mil personas viviendo en tierras sin regularizar. En algunas de ellas ya se vivieron episodios que orillan lo patético. Hace unas semanas, cerca de 50 familias usurparon en Cutral Co un plan de viviendas que estaba a punto de ser entregado a familias que tiempo antes ya habían ocupado terrenos a pocos metros. La pobreza de los argentinos reciclada una y otra vez.

Los que se aprovechan

Pero, como siempre ocurre, el peor mal no sólo es la pobreza, sino los buitres que de ella se alimentan. Es que muchas de esas ocupaciones no pueden sacarse de encima el lastre de estar condicionadas políticamente y manejadas por punteros que responden a sus propios intereses. Y mucho menos, pueden desprenderse de las sospechas que las muestran como otra variante de la viveza criolla que-esta vez-estimula la fantasía de tener terrenos sin tener que pagar por ellos. Todo junto. Todo revuelto. El otro cambalache que avergüenza a la Argentina.

Juntos y revueltos

Elsa de Quintremán comparte su casa en barrio Brentana con cinco de sus diez hijos, sus parejas y sus propios hijos. Por la noche deben acomodarse en forma tal de asegurarle una cama a las 30 personas que allí duermen. En las paredes de la casa, hay un poster de antaño de algún Boca campeón y abundan las fotos: una de Elsa y su familia en medio de una celebración. Otra de uno de sus hijos festejando con una copa en alto. Al lado, la imagen de parte de la familia. Otros Tiempos. Mejores. Por estos días, defiende sin concesiones la decisión de tres de sus hijos y una de sus nietas de ocupar terrenos a dos cuadras de su casa, en la “Toma Brentana”.

Restos de la clase media

La suya es la historia de casi todo el barrio y parece ser una perfecta síntesis de lo que le ocurrió al país en estos últimos años. “Pregunten casa por casa, en todas están viviendo los padres con sus hijos, con las parejas de sus hijos y con sus nietos. Es terrible lo que nos pasa, y todos los días nos preguntamos cómo en el país nuestro terminó pasando esto. Yo viví bien siempre, trabajando mucho mi marido y yo en la casa. Esto es una verguenza para todos los que son responsables de esto”, dice parada en la vereda de una casa que aún no se desprende de los artefactos de ese consumo que obsesionó a la clase media durante los últimos años: tele, equipo de audio, video… “La sensación es que no va a cambiar nada en los años que vengan, le pasó a nuestros hijos y le va a pasar a todas las generaciones que vengan detrás. Los usurpadores de esas tierras son nuestros hijos, los hijos de las familias del barrio”, completa. Sus hijos y su nieta son parte de las 102 familias que usurparon los terrenos de un propietario privado y que por estos días reclaman que el municipio les entregue la titularidad de esos lotes en los que la luz, el agua y el gas están cruzando la esquina, en la casa de sus padres, en lo de sus vecinos. Pero no en la toma. “Me preocupa que mis hijos tengan que vivir así, pero confío que Dios les va a dar fuerzas para pasar los días, las noches, el frío, las heladas, el viento”, cuenta Elsa. María Rosa también ocupa tierras en Brentana. Antes de ello, abrió las puertas de las oficinas del IPPV y a los pocos segundos se les cerraron en la cara luego de comprobar que, sin un recibo de sueldo superior a los 700 pesos, no podría nunca acceder a una vivienda. “También visité terrenos de privados para comprar, pero te piden 300 pesos más otros 140 por mes, algo imposible para nosotros. Lo que pasa es que si estás alquilando no te alcanza para construir”, dice.

“De acá no nos vamos”

“Mis hijos van a seguir yendo al colegio tal como lo vienen haciendo ahora. Para bañarlos calentaremos agua en un fuentón y para que coman haremos fuego en la calle. Así vamos a seguir. Tampoco antes vivíamos con tantas comodidades. De acá no nos vamos”, asegura con con una firmeza en la voz que comparte con el resto de sus vecinos. Con Hernán, que apenas pudo levantar parte de la casilla en la que vivirá con sus hijos, su mujer y su prolongado desempleo. Con Lidia, que aguanta estar separada de una hija que ahora quedó al cuidado de su madre y que convive con su pareja de media jornada (está preso y libre a la vez con el sistema extramuros). Y con Blanca, que en sus ojos esconde una dramática historia de alcohol y golpes a los que la sometió su ex marido y aún se resiste a volver a su Chile natal. En el medio, y sólo en esa toma, hay unos 300 chicos. Historias de la argentina derrotada.

Adrián Arden adrianarden@yahoo.com.ar

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