Horizontes borrosos

Redacción

Por Redacción

Mientras que el intento de crear un “espacio” que se llamará Peronismo Federal por parte de los afiliados al PJ que son reacios a aceptar el liderazgo de Néstor Kirchner podría servir para simplificar un poco el sumamente confuso panorama político nacional, los radicales acaban de complicarlo nuevamente al dividirse entre los partidarios de Ricardo Alfonsín por un lado y los simpatizantes del vicepresidente Julio Cobos por el otro. Merced a los votos de aproximadamente 60.000 bonaerenses, el hijo de Raúl Alfonsín se vio convertido de la noche a la mañana en un presunto presidenciable más ya que, según sus admiradores, su perfil ideológico le permitiría encabezar una alianza progresista de la UCR con los socialistas de Hermes Binner, la gente de la Coalición Cívica de Elisa Carrió y otros de posturas afines. En cambio, de optar los radicales por encolumnarse detrás de Cobos, la UCR podría acercarse al Peronismo Federal: antes de celebrarse la interna bonaerense, quienes manejaban el aparato radical, los alfonsinistas –de Raúl, no de Ricardo–, Leopoldo Moreau y Federico Storani, un dúo que se había comprometido con Cobos, disfrutaban de una buena relación con el ex presidente interino Eduardo Duhalde. De todas formas, si bien parecería que los integrantes de nuestra clase política están reagrupándose de cara a las próximas elecciones presidenciales, las opciones frente a la ciudadanía siguen siendo muy difusas. Además de las distintas facciones conformadas por peronistas y radicales, más los socios en potencia de éstos, el PRO de Mauricio Macri aspira a ampliarse lo bastante como para desempeñar un papel electoral protagónico, pero se supone que para tener una posibilidad de hacerlo le sería forzoso dotarse de algunas “patas peronistas” vinculándose con disidentes de ideas y actitudes afines. El más beneficiado por la dispersión así supuesta es, cuándo no, el ex presidente Kirchner. Según nos informan quienes dicen saber lo que tiene en mente, el santacruceño espera que en vísperas de las próximas elecciones la oferta opositora sea tan variopinta que una proporción significante de los votantes decida que, dadas las circunstancias, le convendría apostar a la continuidad, lo que le permitiría cosechar el 40% de los sufragios y aventajar a su rival más cercano por más de 10 puntos. Puede que los cálculos en tal sentido sean poco realistas, pero es innegable que, gracias a la incapacidad aparente del arco opositor para superar sus muchas diferencias internas, Kirchner ha conseguido conservar buena parte del poder que construyó antes de que el conflicto con el campo lo privara del apoyo tanto de los sectores rurales como del grueso de la clase media urbana. En buena lógica, la Argentina debería ser un país de coaliciones políticas como Italia y Holanda, pero es tan fuerte la tradición presidencialista que un gobierno, como el kirchnerista, apoyado por una minoría reducida puede actuar como si lo respaldara una mayoría muy amplia, de ahí el “clima de crispación” que con cierta frecuencia se difunde por el territorio nacional. En la raíz de esta situación nada satisfactoria está la ausencia de partidos coherentes que sean equiparables con los de los principales países de Europa. Una consecuencia de la fragmentación resultante es que, en los meses previos a las elecciones presidenciales, los aspirantes serios a mudarse a la Casa Rosada se ven obligados a tratar de formar coaliciones “transversales” propias con dirigentes y operadores procedentes del PJ, la UCR y agrupaciones más pequeñas, empresa en que factores como las relaciones personales suelen pesar más que las eventuales coincidencias programáticas. Aunque dicha fase ya se ha iniciado con la interna radical bonaerense y la posibilidad de que el Peronismo Federal resulte ser algo más que un acuerdo pasajero – “una foto”, como dicen quienes lo están impulsando–, existe el riesgo de que al comenzar formalmente la próxima campaña electoral el oficialismo se encuentre frente a un enjambre de movimientos personales menores y de propuestas poco convincentes y que por lo tanto la ciudadanía se sienta constreñida a optar entre conformarse con “la gobernabilidad” y arriesgarse votando por una alternativa improvisada.


Mientras que el intento de crear un “espacio” que se llamará Peronismo Federal por parte de los afiliados al PJ que son reacios a aceptar el liderazgo de Néstor Kirchner podría servir para simplificar un poco el sumamente confuso panorama político nacional, los radicales acaban de complicarlo nuevamente al dividirse entre los partidarios de Ricardo Alfonsín por un lado y los simpatizantes del vicepresidente Julio Cobos por el otro. Merced a los votos de aproximadamente 60.000 bonaerenses, el hijo de Raúl Alfonsín se vio convertido de la noche a la mañana en un presunto presidenciable más ya que, según sus admiradores, su perfil ideológico le permitiría encabezar una alianza progresista de la UCR con los socialistas de Hermes Binner, la gente de la Coalición Cívica de Elisa Carrió y otros de posturas afines. En cambio, de optar los radicales por encolumnarse detrás de Cobos, la UCR podría acercarse al Peronismo Federal: antes de celebrarse la interna bonaerense, quienes manejaban el aparato radical, los alfonsinistas –de Raúl, no de Ricardo–, Leopoldo Moreau y Federico Storani, un dúo que se había comprometido con Cobos, disfrutaban de una buena relación con el ex presidente interino Eduardo Duhalde. De todas formas, si bien parecería que los integrantes de nuestra clase política están reagrupándose de cara a las próximas elecciones presidenciales, las opciones frente a la ciudadanía siguen siendo muy difusas. Además de las distintas facciones conformadas por peronistas y radicales, más los socios en potencia de éstos, el PRO de Mauricio Macri aspira a ampliarse lo bastante como para desempeñar un papel electoral protagónico, pero se supone que para tener una posibilidad de hacerlo le sería forzoso dotarse de algunas “patas peronistas” vinculándose con disidentes de ideas y actitudes afines. El más beneficiado por la dispersión así supuesta es, cuándo no, el ex presidente Kirchner. Según nos informan quienes dicen saber lo que tiene en mente, el santacruceño espera que en vísperas de las próximas elecciones la oferta opositora sea tan variopinta que una proporción significante de los votantes decida que, dadas las circunstancias, le convendría apostar a la continuidad, lo que le permitiría cosechar el 40% de los sufragios y aventajar a su rival más cercano por más de 10 puntos. Puede que los cálculos en tal sentido sean poco realistas, pero es innegable que, gracias a la incapacidad aparente del arco opositor para superar sus muchas diferencias internas, Kirchner ha conseguido conservar buena parte del poder que construyó antes de que el conflicto con el campo lo privara del apoyo tanto de los sectores rurales como del grueso de la clase media urbana. En buena lógica, la Argentina debería ser un país de coaliciones políticas como Italia y Holanda, pero es tan fuerte la tradición presidencialista que un gobierno, como el kirchnerista, apoyado por una minoría reducida puede actuar como si lo respaldara una mayoría muy amplia, de ahí el “clima de crispación” que con cierta frecuencia se difunde por el territorio nacional. En la raíz de esta situación nada satisfactoria está la ausencia de partidos coherentes que sean equiparables con los de los principales países de Europa. Una consecuencia de la fragmentación resultante es que, en los meses previos a las elecciones presidenciales, los aspirantes serios a mudarse a la Casa Rosada se ven obligados a tratar de formar coaliciones “transversales” propias con dirigentes y operadores procedentes del PJ, la UCR y agrupaciones más pequeñas, empresa en que factores como las relaciones personales suelen pesar más que las eventuales coincidencias programáticas. Aunque dicha fase ya se ha iniciado con la interna radical bonaerense y la posibilidad de que el Peronismo Federal resulte ser algo más que un acuerdo pasajero – “una foto”, como dicen quienes lo están impulsando–, existe el riesgo de que al comenzar formalmente la próxima campaña electoral el oficialismo se encuentre frente a un enjambre de movimientos personales menores y de propuestas poco convincentes y que por lo tanto la ciudadanía se sienta constreñida a optar entre conformarse con “la gobernabilidad” y arriesgarse votando por una alternativa improvisada.

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