Humor Casero sólo para mil en Neuquén

"Sólo para entendidos", un show para llorar de risa en el que la garra pudo más que el sonido.

«Es como estar en un salón del siglo XV». Se las tomó de inmediato con el alicaído y tildado en el tiempo club Pacífico de Neuquén. Alfredo Casero tenía razón. El espacio guarda recuerdo de bailongos de barrios. Se conserva como en freezer: viejo, largo, sin acústica, pero pródigo. Todavía sirve (Pacífico: ¡¡no te mueras nunca!!).

A Alfredo Casero en su presentación del domingo le pasó de todo. Chirridos de micrófonos, falta de retorno, un sonido atravesado y de mal talante. Carácter de los mil demonios (el sonido, no el Gordo). Pero el hombre no se amilanó. Creó un show dentro del show. Con una velocidad que solamente un artista de ese porte, talentoso y apuntalado por recursos en todos los frentes, fue capaz de sortear en casi dos horas de obstáculos.

Después, tal vez cuando terminó, habrá pateado una silla para hacer catarsis. Lo más seguro, que se haya ido a dormir feliz (lo dijo, estaba felicísimo con la gente).

Fue exigido por las circunstancias a salir todo el tiempo del libreto. Improvisar. Le encanta, es una de sus artimañas predilectas. Pero una cosa es improvisar y otra constantemente «sacar las papas del fuego».

Enchufar cables, cambiar micrófonos, rearmar la estructura técnica como en un ensayo a solas, y encima ser creativo, chispeante, hacer reír, inventar, sin que un sólo gesto denotara que estaba al borde de un colapso.

Improvisar no es ser improvisado. Alfredo es un perfeccionista del trabajo, un laburante a prueba de perdigonazos. Un tipo maleable hasta lo indecible, con un manejo del espacio escénico, de su cuerpo, de la gente, de los músicos (Juan Blas Caballero y Gonzalo Magallanes, cuerdas y Nicolás Ponce Molina, dirección, tecladista: excelente), con una libertad, con tanta «yeca» y tanto circuito subterráneo («Soy un under» se jactó), que se las sabe todas. Pero esto no lo hace comulgar con el «más vale maña que fuerza».

Tiene maña pero mucho más la camiseta traspirada de estudiar: buen actor, fantástico humorista, digno músico, maleable cantante. Un loco de la guerra que encanta y hace explotar carcajadas como granadas de mano. Además es único, después del Gordo rompieron el molde, como pasó con Tato Bores, Fidel Pintos, Pepe Biondi o Pepitito Marrone Cheeee!!!.

Que nadie se enoje con la comparación, cada uno con su personalidad, a su manera, en su tiempo y con sus recursos.

El Gordo es inteligentísimo, una saeta, plástico, pocas veces tira una mala palabra, se hace entender por los entendidos y por los analfabetos.

En Pacífico estaban casi todos (repleto). Los de su partido (como denomina a los «caseristas de la primera hora», que lo seguían «de memoria» como su sombra), también los rastas asahumeriados; los copia-fiel del jamaiquino típico sentados al lado del «tordo» saco sport y corbata; una bandada extraordinaria de flacas/os de última generación, frescos y siempre lindos como son ellas/os a esa edad en que el mundo está para llevárselo por delante; un abigarrado muestrario de la mediana edad y de la siguiente. Indiscriminadamente prodigó sketch, tangos, boleros, ironías.

Dirigió un coro de mil espectadores. Armó otro con 20 varones alabando al eterno Vaporeso invento casero. Uno más con 10 pibas que subieron al escenario. Todos sueltos de canto. Una delicia. Un espectáculo inolvidable. Una incoherencia: para llorar… Para llorar todo el tiempo, de risa.

Beatriz Sciutto


"Es como estar en un salón del siglo XV". Se las tomó de inmediato con el alicaído y tildado en el tiempo club Pacífico de Neuquén. Alfredo Casero tenía razón. El espacio guarda recuerdo de bailongos de barrios. Se conserva como en freezer: viejo, largo, sin acústica, pero pródigo. Todavía sirve (Pacífico: ¡¡no te mueras nunca!!).

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