Idolatrías de la vida cotidiana

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Las culturas de todos los tiempos han creado sus propias religiones. Quizás este hecho no sea suficiente para concluir que Dios existe, pero sí, al menos, indica que hay una especie de instinto de Dios, de deseo espiritual o religioso muy fuerte en el hombre. Algo que también se observa en la actual ola de espiritualidad laica influida por tradiciones orientales como el budismo. El primer mandamiento, que dice “amarás a Dios por sobre todas las cosas”, en el fondo indica que ese deseo, esa pasión tan intensa, debe ser dirigida sólo a Dios. En algunas religiones, como en el islam, ni siquiera se representa a la divinidad para no limitarla por una imagen, idea o concepto y evitar así el riesgo de la idolatría. Para las religiones, todo lo que usurpe ese espacio sagrado se convertirá en un ídolo, porque sólo alguien invisible y misterioso pude ocupar ese lugar tan privilegiado. En los momentos y lugares en los que Dios ha sido desplazado, algo ha venido a ocupar ese lugar. El deseo trascendente se ha tenido que dirigir a un sustituto. Este fenómeno aparece ejemplificado en el Antiguo Testamento en el relato de la supuesta deslealtad del pueblo de Israel hacia el Dios verdadero. Los israelitas se dedicaban a adorar a otros dioses y a construir ídolos, lo que –según la Biblia– enfadaba a Dios. El relato de ese período bíblico se asemeja a una historia de amor, con infidelidades incluidas. Más tarde, en el Nuevo Testamento el concepto de idolatría se extiende a todo lo que ocupa el lugar privilegiado y sagrado de Dios. Puede ser el dinero, el trabajo, el sexo… pero también una persona, un líder político o religioso. La historia registra muchos casos de sucedáneos dirigidos a colmar el deseo espiritual como, por ejemplo, cuando en la Revolución Francesa, tras la destitución oficial de Dios, la diosa razón ocupó su lugar. En el nazismo y en el comunismo los líderes de masas ocuparon el lugar del mesías y el partido, el de la nueva iglesia. De igual manera las visitas al cuerpo momificado de Lenin recuerdan la adoración de las reliquias incorruptas de los santos. El fenómeno de idolatrar al líder ha sido y es frecuente en el populismo latinoamericano. Cuando Chávez, presidente de Venezuela, pide a toda la nación que rece por él, algo anormal pasa, puesto que aparece ocupando un lugar demasiado importante para un ser de carne y hueso. Hay muchas personas que sufren y que tienen cáncer pero parece que sólo él es insustituible y que sin él la patria caería en la zozobra. Además, proyecta una idea llamativa de Dios, como si fuera también un político, pendiente de los sondeos de opinión a la hora de decidir si prolonga o no la vida de un ser humano. En Argentina llama la atención oír a la presidenta Cristina Fernández de Kirchner hablar de “Él” cuando se refiere a su esposo muerto o ver cómo promociona, como si se tratase de la réplica de un angelito, un muñequito con alitas llamado “Néstor” en una popular feria de artesanías. La idolatría a una persona puede llevar también a actitudes compulsivas, como por ejemplo bautizar todas las calles y plazas de un país con un mismo nombre. En lo deportivo hay también algún ejemplo de suplantación de la identidad divina. Así Maradona, con ironía, atribuyó a “la mano de Dios” un gol y muchos quedaron casi convencidos de que decía la verdad. En el narcisismo, el individuo ocupa de manera simbólica el lugar divino, la persona cree que todo gira alrededor suyo y se vuelve egocéntrica. Es lo que revela aquella enigmática frase de Cristina –inquietante para algunos, risueña para otros–: “Sólo hay que tenerle temor a Dios... y en todo caso a mí, un poquito”. (*) Sociólogo. Máster en Periodismo

BRUNO LARÍA (*)


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