Industriales ante un desafío muy difícil

Por Redacción

Fiel a su costumbre de restar importancia a asuntos que en otros países merecerían meses de debates acalorados, investigaciones y estudios académicos detallados, el gobierno kirchnerista mandó a Diputados los acuerdos con China para que los legisladores los ratificaran en el acto. Tanto apuro molestó sobremanera a los empresarios de la Unión Industrial Argentina que creen que los convenios firmados por la presidenta Cristina Fernández de Kirchner con nuestro nuevo “socio estratégico” les serán perjudiciales. También brindó a los dirigentes opositores una oportunidad para acusar a los kirchneristas de traicionar sus propios principios entregando el país a una nueva potencia imperial. Desde el punto de vista de los contrarios a los acuerdos, en adelante la relación con China se asemejará a la del país con el Reino Unido en el siglo XIX y la primera parte del XX. Temen que los chinos, como los británicos en su momento, se encarguen de las finanzas y de la fabricación de bienes sofisticados, mientras que la Argentina se limita a suministrarles materias primas y productos agrícolas, lo que a su juicio sería un desastre. La convicción de que el atraso económico del país se debe a la voluntad ajena de mantenerlo como una reserva de recursos naturales es común a casi todos los movimientos políticos e intelectuales desde hace tanto tiempo que forma parte de la cultura nacional pero es, a lo sumo, una verdad a medias. La incapacidad para crear un sector industrial competitivo en condiciones de prosperar en un mundo cada vez más globalizado no es consecuencia de la maldad de europeos, norteamericanos y japoneses supuestamente interesados en sabotear los esfuerzos de nuestros empresarios, sino del hecho de que, merced a la abundancia de recursos naturales, los encargados de manejar la economía nacional siempre han contado con alternativas que les han parecido menos arduas que las disponibles en otros países. Ha calado muy hondo la noción nada arbitraria de que una “buena cosecha” debería ser suficiente para solucionar virtualmente todos los problemas. También ha incidido en la actitud de la mayoría de los gobiernos y del grueso del empresariado la idea de que es necesario proteger a los fabricantes locales contra la competencia, siempre desleal, de rivales extranjeros, permitiéndoles descansar sobre el colchón suministrado por los ingresos del campo hasta que, por fin, se hayan preparado para iniciar la conquista de mercados en el exterior. Desarrollar un sector industrial competitivo requiere del esfuerzo conjunto de muchísimas personas que entiendan que, a menos que logren ser más eficientes que las demás, la empresa por la que trabajan e incluso el sector del que es parte correrán el riesgo de caer en bancarrota. No extraña, pues, que los habituados a vivir de subsidios, como los proporcionados directa o indirectamente por el campo, y verse protegidos por barreras comerciales más altas que las levantadas en otras partes del mundo no hayan conseguido emular a sus equivalentes de países como Corea del Sur y, últimamente, China, que a pesar de la presunta hostilidad de quienes se industrializaron antes y por lo tanto hubieran querido perpetuar un statu quo que los favorecía han logrado liberarse de la dependencia de recursos primarios o de sectores rudimentarios para erigirse en potencias económicas. Aunque no se dan razones para suponer que los empresarios y trabajadores argentinos están menos dotados que sus homólogos asiáticos, a través de los años la sensación difundida de que, puesto que el país posee tantos recursos naturales envidiables, los desafíos que enfrentan son menores, ha contribuido mucho a desalentarlos. De resultar tan lucrativos como muchos previeron antes del desplome del precio del crudo los enormes yacimientos de petróleo y gas de Vaca Muerta, la propensión generalizada a subestimar la importancia de la industria se vería reforzada una vez más, pero parecería que, siempre y cuando los mercados internacionales no nos privilegien nuevamente en los próximos años, una eventual salida de la crisis en la que nos hemos internado dependerá de los industriales del sector privado que, lo mismo que sus homólogos del mundo desarrollado, tendrán que desempeñar un papel protagónico, lo que, desde luego, no les será nada fácil.


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