Infancias en la línea de fuego: el futuro hipotecado

Más de 200 millones de niños viven en contexto de guerra, en países como Siria, Yemen, Sudán y Nigeria, pero también en conflictos internos como Colombia o Venezuela. Crecer en medio de la violencia cotidiana tiene consecuencias devastadoras.





Juliana Camacho*/Fernando Orduz**


Hace ya 39 años desde que la Asamblea Nacional de las Naciones Unidas designó el Día Internacional de los Niños Víctimas Inocentes de Agresión con el objetivo de resguardar a todos los menores en contextos de guerra y conflictos.

Dicha fecha fue impulsada a partir de todos los niños damnificados por agresiones físicas y psicológicas en el conflicto entre Palestina e Israel. Pese a todos los esfuerzos de distintas organizaciones y entidades por velar sus derechos, las noticias evidencian que no solo persiste el conflicto sino que los niños siguen siendo una de sus principales víctimas.

En países como Siria, Yemen, Nigeria, Sudán del sur y la República Centroafricana, se albergan el mayor número de víctimas infantiles.

De acuerdo con la ONU puede rondar los 1000 millones, en tanto UNICEF estima que son 230 millones.

En efecto, esta última entidad estima que de cada 10 niños, 1 ha sido víctima de algún tipo de violencia bien sea homicidio, ataque sexual, secuestro, reclutamiento forzoso, abandono, etc.

En nuestra región podríamos agregar otros tantos ejemplos entre ellos quisiéramos mencionar el caso de Colombia, país golpeado por un conflicto armado de varias décadas y que de manera reciente viene atravesando turbulentas manifestaciones sociales masivas y estallidos de violencia.

De acuerdo con cifras de la Coalición contra la vinculación de niños, niñas y jóvenes al conflicto armado en Colombia (Coalico) 12481 niños fueron víctimas de la violencia armada en el año 2020, 222 habrían sido reclutados por grupos al margen de la ley y 5742 víctimas de desplazamientos forzados por la violencia. Adicionalmente, de acuerdo con Medicina Legal, se reportaron 1579 desaparecidos en este mismo año.

Crecer en medio de la guerra implica portar como cicatrices las marcas tempranas de la exposición a experiencias dolorosas, crueles y violentas que se imponen, atropellando y arrebatando el incipiente e inocente recorrido en el camino de la vida. Situación que se amplifica cuando existen fallas en el sostén familiar y la protección del estado, derivando en el debilitamiento progresivo del lazo social y en la sensación de desamparo individual.

Un niño que crece en medio de estas condiciones juega con soltura y es impactado o “golpeado” simultáneamente por el ritmo melodioso de un timbal y la descarga de una metralleta, el son de un tambor y el estruendo de una bomba, el abrazo efusivo de una mascota y el manotazo que embiste desde una moto, el vuelo ondeante de una cometa/barrilete de colores y el sobrevuelo rasante de un avión de guerra.

Sonidos e imágenes que quedarán sueltos como fragmentos inconexos, que bailan desacopladamente en nuestra mente y aparecen fugazmente cuando algo de lo que vivimos los evoca, sin posibilidad de ser comprendidos o tramitados hasta que algo permita que se enlacen dentro de alguna trama donde puedan resignificarse y elaborarse, como es propio en toda experiencia traumática.

Ese funcionamiento recibe el nombre de escisión en la teoría psicoanalítica. Dividimos nuestra percepción de la realidad, empezamos a ver el entorno como germen del mal, aprendemos a odiar lo que no es el yo, lo que no es familiar.

Cualquier otro que llega a nuestros ámbitos cercanos se reconoce o valora como un posible agresor, cualquier otro que se aproxima a nosotros en la calle es posible que lo haga motivado por una intención de daño o de perpetrar alguna maldad, brotando así sentires de odio y temor.

Dice Francoise Dolto, psicoanalista francesa, que cuando se antepone el miedo al amor, los niños aprenden a defenderse, el mundo y quienes lo habitan se vuelven peligrosos y amenazantes más que motores de ilusión y agentes de vínculos seguros, que emergen de la confianza y el cuidado amoroso.

El miedo es el sentir que adviene, impregna y comanda el devenir de la infancia de millones de niños en el mundo que nacen y crecen en medio de líneas de fuego, de las cuales dolorosamente no son solo testigos sino destinatarios.

Como consecuencia de esta violencia social se privilegian entonces ciertas sensaciones o emociones que van en contravía de lo público como un espacio de encuentro, favoreciendo la desconfianza y el resquemor. En estos contextos los infantes crecen destejiendo el lazo social, no hay un amor filial hacia ese otro que habita y comparte los mismos territorios. La violencia en la polis denuncia una enfermedad del lazo social, como plantea el analista uruguayo Marcelo Viñar.

En situaciones sociales conflictivas o bélicas, la historia individual y colectiva se unen, sus traumas parecieran heredarse en una especie de traspaso intergeneracional. Traumas que se viven con vergüenza, que buscan ser negados, silenciados, por aflicción o por temor.

Dolores que se heredan de padres a hijos, sin palabras, sin poderlos narrar, y que desde el psicoanálisis podríamos denominarlos agujeros representacionales. Agujeros porque portan vacíos de vida, situaciones a las que no se puede dotar de significados, sobre los que no se puede reflexionar por la intensidad emocional dolorosa que ello implica. En contextos de violencia se transmite a los hijos la pérdida de sentido de vida, una sensación de horror sin nombre, una tendencia al aislamiento y al silencio solitario, un vacío existencial.

Un niño sirio juega en un campo de desplazados in Bar Elias, Bekaa Valley, en el Líbano (AP Photo/Hussein Malla)

Desde el psicoanálisis se tiende a favorecer la reparación de quienes han sido dañados, pretendiendo suturar con el mayor el cuidado sus heridas y agujeros, tejiendo y bordando como artesanos costuras entre las marcas de la memoria que permitan reconectarse con sus sentimientos, trenzando fábulas sobre lo vivido y relatos fantasiosos cuyos protagonistas sean sus genuinos deseos y sueños.

Proceso reparador que en ocasiones necesita de varias generaciones para inscribirse en el sujeto y la cultura.

En los campos de Colombia, literalmente los niños juegan rayuela saltando entre las minas quiebras patas. Dos niños en Venezuela confundieron un globo negro con pepas con una bola de fútbol y a la primera patada sus sueños fueron cercenados. Las espadas de plástico han desaparecido en muchas regiones para ser sustituidas por armas de fuego reales.

La fantasía y el juego tan ligados a la infancia han sido pervertidos con un exceso de realidad que nos violenta al punto que esa palabra, la violencia, ha pasado de ser un calificativo de dichas acciones para convertirse en un sustantivo que marca (por no repetir que sustenta) el curso de nuestras vidas.

La esperanza radicaría en soñar una época en que nuestros niños en vez de esquivar balas el único proyectil al que accedan sean las piedritas para lanzar en la calle mientras juegan rayuela, y que los estruendos de guerra sean reemplazados por sus risotadas de alegría mientras el aire y el sol los acaricia al andar en su bicicleta.

Cultivar la semilla de la justicia social permitiría un futuro donde se haga contrapeso a su revictimización (aún en contextos hostiles) y así matizar su mundo, con pinceladas de color, como cuando nos sentimos resguardados al ser abrazados por una figura de amor o protectora, pues como dice el poeta Hölderlin: “Allí donde crece el peligro, crece también lo que salva”.

* Analista en Formación. APdeBA (Asociación Psicoanalítica de Buenos Aires)

** Psicoanalista. SOCOLPSI (Sociedad Colombiana de Psicoanálisis)


Niños-soldados matando a otros niños, la cruda realidad en Burkina Faso.

Niños adoctrinados por yihadistas cometieron una masacre

La mayoría de los yihadistas que perpetraron una masacre en Burkina Faso a principios de este mes eran niños, declaró el lunes la embajadora de Estados Unidos ante Naciones Unidas, pidiendo que se actúe contra el uso de niños en la guerra.

“Los niños les contarán historias que ningún niño debería poder relatar”, dijo la embajadora de Estados Unidos ante la ONU, Linda Thomas-Greenfield, en una videoconferencia de jefes de Estado sobre niños y conflictos.

“De ser reclutados a punta de pistola. De ser violados. De ser obligados a asesinar a sus propios hermanos, a sus propios padres”, dijo.

“Estos niños a menudo no son más altos que las armas que llevan. Se les enseña a cometer crímenes de guerra incluso antes de que sepan contar”.

El 5 de junio, un grupo armado mató al menos a 132 personas en ataques nocturnos en Solhan, un pueblo de la empobrecida región del Sahel, cerca de la frontera con Malí y Níger, el ataque más mortífero desde que la violencia islamista llegó al país de África Occidental en 2015.

Fuentes locales elevan la cifra a 160 muertos, entre ellos 20 niños.

“¿Ese grupo armado? En su mayoría niños de 12 a 14 años”, dijo Thomas-Greenfield en la conferencia. “Niños matando niños”, añadió.

El portavoz del gobierno de Burkina Faso, Ousseni Tamboura, había dicho la semana pasada que había niños involucrados en el ataque, pero no dijo que constituyeran la mayoría del grupo.

Dijo que su información se basaba en datos de los sospechosos detenidos antes de la masacre.

Thomas-Greenfield dijo que la revelación era sólo un ejemplo horripilante del uso de niños soldados en los conflictos.

La presidenta de Estonia, Kersti Kaljulaid, que es la actual presidenta del Consejo de Seguridad e inició la sesión del lunes, también condenó el uso de niños en la guerra.

En 2020, “la situación de los niños en los conflictos armados estuvo marcada por un número elevado y sostenido de violaciones graves”, dijo.

“Los niños son un objetivo más fácil, por ejemplo, para ser reclutados por los grupos armados, o para ser casados, secuestrados o violados”, agregó.


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