¿Iniciativa genuina?

Para que la Argentina cuente con redes asistenciales eficaces es esencial que sean totalmente apolíticas.

Redacción

Por Redacción

En buena lógica, la puesta en marcha el miércoles pasado por el presidente Eduardo Duhalde de un programa nacional de «inclusión social» destinado a asegurar a toda familia argentina un ingreso mínimo de 150 pesos mensuales debería haber monopolizado la atención pública durante días, cuando no semanas, porque, como es notorio, hasta ahora la Argentina está habituada a prescindir de esquemas de este tipo que en los países más avanzados son considerados fundamentales. Si bien el monto señalado es modesto, puede significar la diferencia entre la miseria más cruel y un nivel de subsistencia sin duda bajo pero que por lo menos será tolerable. Además, pese a ser él mismo un exponente célebre del clientelismo y un peronista de actitudes decididamente personalistas, Duhalde hizo hincapié en la importancia de impedir que los planes caigan en manos de los individuos que están acostumbrados a sacarles una tajada.

Sin embargo, el interés ocasionado por los anuncios ha resultado ser llamativamente escaso, tal vez porque a juicio de la mayoría sería ridículo suponer que una iniciativa que en teoría podría incidir profundamente en el futuro del país fuera más trascendental que asuntos tan dramáticos como la detención de Domingo Cavallo o la posibilidad de que para algunos el corralito bancario se vea abierto a inicios del año que viene. El que el lanzamiento de un programa social que acaso sea rudimentario pero que en el contexto argentino parece ambicioso haya sido recibido con tanta indiferencia nos dice mucho sobre la forma nacional de afrontar «la cuestión social»: mientras que desde hace más de un siglo la brecha entre la minoría rica y los demás ha sido tema de una multitud de discursos apasionados y «denuncias» vehementes, pocos se han preocupado por intentar atenuarla con medidas concretas so pretexto de que era necesario construir un «modelo de país» radicalmente nuevo.

Otro motivo de la escasa repercusión de los anuncios presidenciales ha sido el escepticismo. Por razones nada arbitrarias, muchos sencillamente no creen que la administración pública existente o los «consejos consultivos» municipales planteados por Duhalde serán capaces de manejar un programa social nacional con el mínimo de eficacia. Mientras no hay confianza en la «clase política», muchos continuarán dando por descontado que el dinero invertido -se habla de 1.300 millones de pesos- no tardará en ser apropiado por los punteros partidarios, piqueteros ya vinculados con el poder, militantes políticos y otros «sinvergüenzas que se aprovechan de los más humildes para su propio beneficio», para citar al presidente cuando insistía en que en esta oportunidad por lo menos «no queremos gestores ni intermediarios».

Es de esperar que sea así. Para que la Argentina cuente con redes asistenciales tan eficaces como las existentes en otras partes es esencial que sean totalmente apolíticas, que no quede duda alguna de que los fondos proceden de los contribuyentes en su conjunto, no del bolsillo de alguno que otro caudillo, de su esposa, o de un movimiento determinado. Este principio, que ha sido regularmente denostado por «socialdemócrata» por los defensores de las costumbres locales, siempre ha sido resistido por quienes viven de la política que han preferido que los «regalos» repartidos entre los pobres lleven la firma de un dirigente, como ocurrió hace poco con aquellas zapatillas firmadas por el entonces gobernador Carlos Ruckauf que se distribuyeron entre los bonaerenses. Puesto que esta modalidad, que en los años cuarenta fue ejercitada de manera impúdica por el movimiento actualmente gobernante, sirvió para comprar tantas «lealtades» que hasta hoy el PJ sigue dependiendo del capital político así acumulado, no es sorprendente que pocos hayan querido reconocer sus deficiencias, pero las secuelas para el país de la ayuda social politizada difícilmente pudieron haber sido más nefastas. Si el programa de «inclusión social» iniciado por Duhalde significa una ruptura genuina con las prácticas intrínsecamente corruptas del pasado, además de haber hecho un aporte de gran valor a la «modernización» del país, habrá mostrado que a veces las crisis pueden impulsar cambios positivos que de otra manera nunca se producirían.


En buena lógica, la puesta en marcha el miércoles pasado por el presidente Eduardo Duhalde de un programa nacional de "inclusión social" destinado a asegurar a toda familia argentina un ingreso mínimo de 150 pesos mensuales debería haber monopolizado la atención pública durante días, cuando no semanas, porque, como es notorio, hasta ahora la Argentina está habituada a prescindir de esquemas de este tipo que en los países más avanzados son considerados fundamentales. Si bien el monto señalado es modesto, puede significar la diferencia entre la miseria más cruel y un nivel de subsistencia sin duda bajo pero que por lo menos será tolerable. Además, pese a ser él mismo un exponente célebre del clientelismo y un peronista de actitudes decididamente personalistas, Duhalde hizo hincapié en la importancia de impedir que los planes caigan en manos de los individuos que están acostumbrados a sacarles una tajada.

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