Insomnio

Redacción

Por Redacción

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MARíA EMILIA SALTO bebasalto@hotmail.com

Déjenme dormir, gritó susurrando, a alguien, a nadie. Por Dios, quiero dormir. Para entonces –tres y media de la madrugada– hacía mucho que estaban cumplidos todos los ritos que la medicina brinda, con tanta comprensiva complicidad: la pastilla tres horas antes del sueño –la del dolor y la otra–, la cena lo más liviana posible, un rato durante el día de ejercitación… y el rito final, leer un rato. Un rato que se hacía cada vez más largo. Cuando abrió los ojos, con absoluta lucidez, apenas una hora y media después de haber dormido (o creer haber dormido) se dio cuenta, una vez más, de que no valía la pena mirar la hora: faltaba mucho, mucho, para el amanecer. Prendió la radio, la que su hermana le había regalado y que muchas veces, si se olvidaba de dar vuelta, esos números rojos de la hora era en sí misma una señal de desvelo. La prendió y escuchó bajito, porque a veces resultaba que escuchando música se iba durmiendo. En algún momento, se iba durmiendo y efectivamente, se dormía. Sin embargo, las noches indicaban que escuchaba la música, los mensajes de oyentes, cientos de mensajes de gente despierta, ¡cuánta gente despierta de noche, Dios mío! Y muchos de esos mensajes decían “me acompañan cuando no puedo dormir”, e iba llegando la hora de las primeras noticias, entonces ni hablar de sueño, y el trinar chillón, y luego la luz primera. Y la exasperación, y el cansancio. Porque esa lucidez de una hora y media era absolutamente falsa; algo profundo en los minúsculos obreros celulares, esos reparadores del día, pedía dejame hacer lo mío, dormí. Se levantó. Orinó, se miró al espejo. Un rostro estragado, tenso, le devolvió su imagen; miró sus ojos desesperados desde su propia desesperación del otro lado. Prendió la tele. Vio sin ver una película, su espíritu absolutamente acorralado. Dejame dormir, empezó a rogar a algo, a alguien. Por Dios, Dios, dejame dormir. Entonces se acordó de la relajación yoga, la respiración profunda, los mensajes de paz. Casi automáticamente –como hacía todo en esta hora desolada– también recordó el CD de música suave, el que le regaló su sobrina médica (la doctorcita, como la llama, porque aunque es una respetabilísima profesional tiene un aire de alumna de primer año de universidad), ése que tiene el canto de las ballenas. Fue un préstamo-regalo silencioso casi, un gesto fenomenal: estaba hablando con su hermana comentándole del impacto que le causó en su viaje al sur ese canto, gemido, grito, que emiten estos seres mágicos del mar, y la doctorcita que andaba por ahí vino y le dio el CD “Tranquility” y le dijo tomá tía, aquí está el canto de las ballenas. Cuando las ballenas empezaron a sonar, también algo resonó en su alma, porque empezó a llorar con ellas. Lloró un llanto enorme como el mar, un llanto liberador y encadenado. Llévenme con ustedes, basta. Basta. Lloró por todo y por nada, porque las imágenes iban y venían caóticas, una crónica sin la menor sincronía. Y el ruego: quiero dormir, déjenme dormir, ustedes, quienes sean que invaden mi noche. Y con los ojos cerrados, conjuró, como dice la secuencia de meditación, una luz, una luz que te invade, que viene de arriba… y la vio en el agua, dentro del agua, porque esas lucecitas que iban y venían eran de un cielo que estaba cerca, cerca y arriba, y todo estaba ondeado y respiraba en el agua ( dos días antes, al salir de la pileta, le había dicho a su hermana por qué no tendremos branquias para quedar en el agua sin que te estallen los pulmones y su hermana le dijo si ya vinimos del agua, no podemos volver, y ella le respondió y por qué no evolucionaríamos de nuevo y tendremos los dos medios, y sí, después volar, también…). Fue un insomnio de altísimo precio, para vivir en el agua. Ya había plena luz y los primeros motores torturaban la calle.


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