Israel en la mira

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Como nos recordó anteayer el ministro de Defensa de Israel Ehud Barak, “el Medio Oriente es un lugar donde no hay compasión con los débiles”: sabe que es merced a la eficacia contundente de sus fuerzas armadas que los judíos aún no han compartido el destino atroz de las víctimas de las campañas de limpieza étnica y religiosa que están asolando la región. Pero desgraciadamente para Israel, el Occidente es un lugar donde no hay mucha compasión con los presuntamente fuertes. Aunque los resueltos a borrar a “la entidad sionista” de la faz de la Tierra se cuentan por centenares de millones, a partir de la Guerra de los Seis Días de 1967 se instaló en Occidente la idea de que Israel es una auténtica superpotencia que, por motivos viles, se ensaña periódicamente con palestinos indefensos. Lo que a ojos de los demás había sido un conflicto entre judíos y árabes, con los primeros en el papel de David frente a un Goliat que no ocultó su voluntad de masacrar de la manera más cruel a quienes lo desafiaban, para muchos se transformó en algo radicalmente distinto en que los judíos eran los agresores. Si sólo fuera cuestión de una disputa territorial, alcanzar un acuerdo mutuamente aceptable, uno que diera a los árabes palestinos un Estado viable mientras que se garantizara la seguridad de los israelíes, no sería demasiado difícil, pero sucede que hay mucho más en juego. Detrás de los palestinos está todo el mundo musulmán. ¿Es que los malayos, paquistaníes, iraníes, sauditas, jordanos, etcétera, sienten compasión auténtica por sus correligionarios? Desde luego que no, ya que a través de los años los regímenes de los países vecinos no han vacilado en expulsar, encarcelar o matarlos cuando a su juicio comenzaron a causar problemas. ¿Por qué, pues, les molesta tanto la existencia de Israel? Porque no están dispuestos a permitir que un pueblo no musulmán ocupe un pedazo de tierra que antes formó parte de los dominios del islam. Y como si la presencia de un “intruso” ya no fuera más que suficiente, les resulta intolerable el éxito insolente de los judíos, miembros de una minoría tradicionalmente despreciada, sobre todo en el terreno militar. Al emprender viaje aquella “flotilla humanitaria” que los israelíes lograron frenar antes de que llegara a Gaza, los yihadistas turcos que la habían organizado y que se habían proclamado resueltos a ser “mártires” corearon: “Khaibar, Khaibar, ¡judíos! ¡Volverá el ejército de Mahoma!”, una canción de guerra que, además de conmemorar una de las primeras matanzas perpetradas por su profeta, expresa su voluntad de reeditarla cuanto antes. Huelga decir que la manifestación nada pacifista así supuesta no impresionó del todo ni a los “activistas” europeos que servían de escudos humanos ni a los gobiernos o los medios occidentales. La llamada “comunidad internacional” insiste en que los israelíes respeten reglas apropiadas para quienes viven en una de las partes más tranquilas de Europa. Los israelíes quisieran complacerla, pero no le es dado olvidar que viven en una región en que la crueldad extrema es rutinaria. Pues bien, parecería que no sólo en Europa sino también en los Estados Unidos de Barack Obama está formándose el consenso de que la única solución definitiva –la final, por decirlo así– para el dilema que se ha planteado consistiría en el desmantelamiento de Israel para que el mundo no tenga que soportar más el espectáculo de gente de cultura mayormente occidental luchando para sobrevivir contra quienes todavía no han aprendido que la violencia no sirve para nada. ¿Ayudaría la eventual eliminación de Israel a traer armonía y fraternidad al mundo? Nadie puede creerlo. A lo sumo posibilitaría una tregua parcial y muy breve en el enfrentamiento del Occidente con el islam militante, el que, enfervorizado por lo que vería, con razón, como un triunfo histórico, se movilizaría para la reconquista de Al-Ándalus, o sea España. La alternativa propuesta por “la comunidad internacional” de un Israel desdentado, en teoría protegido por la OTAN y obligado por la Unión Europea y Estados Unidos a comportarse como un país escandinavo, sólo existe en la imaginación de los progresistas más ingenuos, ya que pronto sería despedazado por sus vecinos que tratarían a sus habitantes judíos con la misma compasión que los turcos están acostumbrados a mostrar hacia los armenios, griegos y kurdos, los musulmanes egipcios hacia los coptos y los paquistaníes e iraquíes hacia los cristianos. Se habla mucho hoy en día del aislamiento creciente de Israel, fenómeno que, claro está, suele atribuirse a la conducta de los israelíes mismos que, para indignación de los occidentales, no tienen interés en ser sacrificados para que europeos y norteamericanos puedan felicitarse por su voluntad de hacer concesiones en aras de la paz universal. A juzgar por la reacción frente a los esfuerzos israelíes por impedir que más armas lleguen a la organización genocida Hamas, casi todos los gobiernos occidentales, incluyendo al encabezado por Obama, están buscando pretextos para abandonar al Estado judío a su suerte, acaso por suponer que hacerlo les ahorraría problemas molestos. Puede que no sea así, que Israel aún cuente con algunos amigos poderosos que estén decididos a respaldarlo cueste lo que costare, pero en tal caso convendría que lo dijeran con mayor claridad. De lo contrario, Irán pronto tendrá sus propias bombas atómicas, Turquía se hará aún más islamista, Hamas y Hizbollah reanudarán sus ataques con el propósito de desatar una nueva guerra que, gracias a la participación de sus aliados turcos e iraníes, sería mucho más sanguinaria que las anteriores. ¿A qué se deben los cambios geopolíticos que están registrándose en el Medio Oriente que, entre otras cosas, han significado el endurecimiento de la actitud de Israel hacia sus vecinos nada amistosos? A la sensación de que Estados Unidos, cansado de desempeñar el papel ingrato de gendarme internacional y abrumado por sus dificultades económicas, ha optado por replegarse y que Obama, a diferencia de casi todos sus antecesores, no siente simpatía alguna por el pueblo judío e iría a virtualmente cualquier extremo para congraciarse con los países musulmanes. Ausente el gendarme, tanto el Medio Oriente como otras partes del planeta se convertirían en zonas liberadas en que lo único que realmente importaría sería la voluntad y la capacidad de matar. Bienvenidos, pues, al nuevo mundo feliz que seguirá a más de medio siglo de hegemonía norteamericana.

SEGÚN LO VEO

JAMES NEILSON


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