Japón: una nueva arrogancia

HECTOR CIAPUSCIO

Especial para «Río Negro»

n la inmediata posguerra, adolescente y creciendo al lado de un aeropuerto militar, Shintaro Ishihara miraba con rechazo los aviones americanos que decolaban exhibiendo en el fuselaje formas de desnudos femeninos del tipo Rita Hayworth y en su fantasía contrastaba estos dibujos decadentes con el recuerdo de los caza «Zero» que sólo llevaban como austera insignia el pabellón del Sol Naciente. Cuando ya adulto se hizo amigo del poeta y novelista Mishima, férreo ideólogo del patriotismo nipón, sus sentimientos antiamericanos pasaron a expresarse en un lenguaje literario y se convirtió él mismo -casi tan buenmozo como su hermano actor Yukiro, a quien llamaron «El James Dean japonés»- en un líder de las juventudes nacionalistas. En 1968 publicó «El Japón que sabe decir no», un alegato de orgullo nacional que cuando se tradujo al inglés en 1991 constituyó un impacto en la dirigencia política de Estados Unidos. En el prólogo señalaba Ezra Vogel, profesor en Harvard: «Los norteamericanos debemos leerlo para que nos ayude a enfrentar el hecho de que Japón nos ha superado en industria, tecnología y capital disponible».

Ishihara mostraba en particular que su país tenía ya una ventaja decisiva sobre EE. UU. en rubros tecnológicos de punta como semiconductores y microchips remarcando que la tecnología está estructurada de tal manera que, una vez que se abre una brecha entre países en competencia, ella no cesa de agrandarse. (Exponía también juicios absolutos el tipo «La tecnología da origen a la civilización a partir de la cual con el tiempo se desarrolla la cultura»). Pero en lo político no desechaba sin embargo un entendimiento final de mutuo beneficio entre su país y Estados Unidos -«ellos ciencia básica, nosotros tecnología y gestión empresaria- siempre que se hiciera a la par y con respeto por la más antigua cultura de su patria.

En 1999 fue elegido gobernador de la ciudad capital. Con su lema «Cambiar Japón desde Tokio», su carisma personal y sus ideas contundentes, fue reelegido en el 2003 con el 70% de los votos. En la campaña no faltaron desde la oposición advertencias sobre sus ideas en relación, por ejemplo, con lo que ha dicho sobre coreanos y taiwaneses residentes cuestionándolos como inferiores y que le han valido la calificación de racista. (Este es un pecado que algunos extienden a los japoneses en general. Harold Bloom, «gurú» literario estadounidense, expresó en un best-séller: «Los japoneses son racistas. Se consideran superiores. Rechazan a los coreanos, con quienes convivieron durante generaciones»). El niega el cargo y contraataca: «La hostilidad contra Japón se debe al prejuicio racial. Estados Unidos no utilizó la bomba sobre los alemanes. No debemos olvidarlo nunca».

En estos días Ishihara publicó un artículo en la prestigiosa revista «Foreign Policy» que actualiza sus opiniones. Insiste en su pregón sobre la calidad de su patria citando al pasar a la antropóloga Ruth Benedic que en su clásico «El Crisantemo y la Espada» describió las virtudes nacionales del Japón cuando analizaba las aparentemente conflictivas tradiciones de «belleza y formalismo versus guerra y honor» en su sociedad y cultura. Y ello tiene que ver con la demanda de Ishihara de rehabilitar la potencia militar de su país ahora que las certidumbres de los Estados Unidos, el por él cuestionado garante de la seguridad japonesa desde hace sesenta años, han entrado en crisis y asoma un vecino ansioso que crece económicamente pero también aumenta, a la par pero sin ruido, su potencia militar. China es ahora el foco de la mirada política de Ishihara. Con ese país, dice, todo es incertidumbre. Si avanzará concretamente en los próximos diez años sobre territorios a que aspiran sus dirigentes. Si persistirá en sus provocaciones al Japón. Si sus obstinados gobernantes comunistas esconden un programa asiático hegemónico. O si su economía colapsará por recalentamiento y en ese caso cómo reaccionará el pueblo.

Todas estas incertidumbres aconsejan que el Japón salga de su indeterminación militar y decida constituirse en lo que realmente es, una potencia mundial. El líder nacionalista que gobierna la ciudad más importante del país exhorta en su último artículo a que su patria vuelva a mostrar las uñas. Y, siempre con el ojo en sus vecinos continentales, cierra: «El Japón no es la China, es el león adormecido de la región».


HECTOR CIAPUSCIO

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