Justiciera

Columna semanal

Por Redacción

EL DISPARADOR

Estoy mucho mejor. Vos me conocés. Los niños: los míos, los de Roberto y los de los dos… La casa, aunque algo sucia, está ordenada. La panza me explota pero lo llevo bien porque puedo seguir yendo a trabajar. Y venir a verte me hace bien…

Con Roberto somos un buen equipo. Al final yo soy la mujer, la que se tiene que ocupar, casi por definición, de lo que sea organización; y me parece bien, nosotras somos mejores que los hombres para lo que es múltiples tareas en simultáneo.

Puedo estar en medio de un tema importante en la empresa, interrumpir para atender el teléfono y resolver un problema doméstico -“Mamá, no hay más leche”-; o para salir de la oficina, buscar a Gabriel en el jardín de infantes, dejarlo en casa y volver a la oficina para retomar la reunión en el punto exacto donde la había dejado. Después irme otra vez, pero al colegio de Santiago para una reunión de padres, que a esta altura ya deberían llamarse de madres, ¿nooo? Y volver una vez más a la ofi a última hora para encabezar otra reunión.

Al final, ya me casé, me separé, ensamble: dos míos, tres de él, mellizos nuestros y ahora uno en camino. No pasa nada. Sé lo que es gerenciar una empresa, porque lo hago todos los días; con la familia no puede ser más difícil. Y no lo es. Pero hay algo que no logro domar: mi carácter callejero.

Es que al volante me transformo y no me controlo. Me supera. Sé que no tengo que volverme loca, pero la gente me saca. Lola, mi hija de siete años, me concientizó con el tema de los residuos, porque en el colegio le enseñan sobre ecología. Pero así como está lo bueno, está lo malo.

Es que cambiaron muchas cosas. Por ejemplo, en mi época nadie usaba el cinturón de seguridad. Yo me sentía tan rara… Me re costó empezar a usarlo. Fue como con el casco. Te voy a confesar algo: cuando salió la ley, yo no anduve más en moto porque me daba vergüenza usar casco. La vendí. Pero después me di cuenta de que era necesario, entendí, y me volví talibán. Ahora yo soy una justiciera.

¿Viste la avenida Centenario? En San Isidro, que tenés la pinturería en una esquina y el paso a nivel a media cuadra. Bueno, fue ayer. Se me hacía tarde para llegar a la obstetra. Con la panza así, asíiiii. La barrera, me toca. Taxi adelante, yo atrás. Se baja la ventanilla y alguien tira una gaseosa de McDonald’s. Empiezo a tocar bocina. Enseguida tira una bolsita. Yo con la panza asíiiii. Páaaaannn, páaaaannnn, sigo tocando bocina.

Me bajo, mirá mi inconsciencia. ¡Me saqué! Me bajo y dejo la camioneta abierta, prendida, cartera, todo adentro, panza, voy y me cierra el vidrio. Era una señora. Y le digo: “¡No podés tirar todo esto acá! Lo tenés que tirar en tu casa”. Le pido por favor, le golpeo la ventanilla varias veces, pero no me abría.

En eso, miro y me doy cuenta. Así que me agacho, con las dos patas abiertas, toda embarazada, agarro todo lo que estaba en el suelo, doy la vuelta y, por la ventanilla abierta del otro lado, se lo tiré todo adentro. ¿Y sabés que me pasó? Mirá la inconsciencia, pero mirá la justicia. Me aplaudían todos los de la cuadra.

Juan Ignacio Pereyra – pereyrajuanignacio@gmail.com


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