Kid Balzac: Hemingway y el boxeo

¿Se han puesto alguna vez guantes de boxeo? Cuando uno se los calza entiende que la versatilidad de nuestras manos queda debilitada porque lo único que podemos hacer es convertirlas en puños. Y a pesar del acolchado uno siente la humanidad del otro cuando lo impactamos y también los guantes estrellándose en nuestro cuerpo. Cerca de los 15 años, recuerdo un patio grande y un grupo de gente que nos animaba a pelear usando guantes enormes para nuestras tallas; no recuerdo tanto los golpes, sino lo terriblemente pesados que se volvían después de cinco minutos de pelea, tanto que muchas veces con el envión del golpe perdíamos el equilibrio ante la risa general de los mayores.
Nunca más volví a ponerme guantes de boxeo; pero quien sí lo hizo durante toda su vida fue E. Hemingway, un verdadero fanático del box, tanto que hasta había adoptado el nombre—en sus escarceos pugilísticos–de “Kid Balzac”. Hay una foto famosa del autor de “El viejo y el mar”, está frente a un espejo con los guantes puestos, la izquierda adelantada y la derecha algo baja, lista para para ser lanzada.
Todos sabemos que Hemingway era un fanfarrón (palabra que se está dejando de usar) que siempre estaba haciendo alarde de su virilidad, de lo valiente, heroico y fuerte que era. Así buscaba muchas veces enfrentar a colegas con el solo propósito de humillarlos y de mostrar su firmeza o habilidad. Y esto pasaba con el boxeo. Con cualquier excusa Hemingway llevaba a sus amistades a intercambiar golpes con él. En París entrenaba en el American Club, allí cruzaba guantes con su amigo Joan Miró, el pintor, y en ese club se dio el combate boxístico más singular entre escritores.
El novelista canadiense Morley Callagham derribó a Hemingway ante la mirada sorprendida de Scott Fitzgerald, el autor de “El gran Gastby”, quien se encargaba de controlar el minuto de pelea por round. Aquí viene la controversia, Fitzgerald olvidó avisar el final de una vuelta y según él, se excedió en dos minutos, para otros fueron cuatro, pero ¡para Hemingway fueron trece minutos!
El autor de “Por quién doblan las campanas” siempre sostuvo que su amigo Scott lo había hecho a propósito para verlo caer y no se lo perdonó.


¿Se han puesto alguna vez guantes de boxeo? Cuando uno se los calza entiende que la versatilidad de nuestras manos queda debilitada porque lo único que podemos hacer es convertirlas en puños. Y a pesar del acolchado uno siente la humanidad del otro cuando lo impactamos y también los guantes estrellándose en nuestro cuerpo. Cerca de los 15 años, recuerdo un patio grande y un grupo de gente que nos animaba a pelear usando guantes enormes para nuestras tallas; no recuerdo tanto los golpes, sino lo terriblemente pesados que se volvían después de cinco minutos de pelea, tanto que muchas veces con el envión del golpe perdíamos el equilibrio ante la risa general de los mayores.
Nunca más volví a ponerme guantes de boxeo; pero quien sí lo hizo durante toda su vida fue E. Hemingway, un verdadero fanático del box, tanto que hasta había adoptado el nombre—en sus escarceos pugilísticos--de “Kid Balzac”. Hay una foto famosa del autor de “El viejo y el mar”, está frente a un espejo con los guantes puestos, la izquierda adelantada y la derecha algo baja, lista para para ser lanzada.
Todos sabemos que Hemingway era un fanfarrón (palabra que se está dejando de usar) que siempre estaba haciendo alarde de su virilidad, de lo valiente, heroico y fuerte que era. Así buscaba muchas veces enfrentar a colegas con el solo propósito de humillarlos y de mostrar su firmeza o habilidad. Y esto pasaba con el boxeo. Con cualquier excusa Hemingway llevaba a sus amistades a intercambiar golpes con él. En París entrenaba en el American Club, allí cruzaba guantes con su amigo Joan Miró, el pintor, y en ese club se dio el combate boxístico más singular entre escritores.
El novelista canadiense Morley Callagham derribó a Hemingway ante la mirada sorprendida de Scott Fitzgerald, el autor de “El gran Gastby”, quien se encargaba de controlar el minuto de pelea por round. Aquí viene la controversia, Fitzgerald olvidó avisar el final de una vuelta y según él, se excedió en dos minutos, para otros fueron cuatro, pero ¡para Hemingway fueron trece minutos!
El autor de “Por quién doblan las campanas” siempre sostuvo que su amigo Scott lo había hecho a propósito para verlo caer y no se lo perdonó.

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