La Antigua Guatemala es el asteroide B 612 del principito
Este extracto de la no-ponencia del autor guatemalteco fue complementado con videos y proyecciones
Cuentan que en 1941, Antoine de Saint-Exupéry, durante unos viajes por los Estados Unidos de América, escribió «Le petit Prince» – «El Principito»- el cual recién salió publicado dos años después, en 1943.
Personalmente creo que Saint-Exupéry se inspiró para contar cómo era la patria del principito, en los paisajes que vio y admiró durante su viaje de luna de miel, con la bella salvadoreña Consuelo Suncín, viuda del entrañable Enrique Gómez Carrillo, Príncipe de los Cronistas.
Mi hipótesis de que La Antigua Guatemala es el asteroide B 612 donde nació el principito, creció en un viaje que hice en 1992, con unos amigos a Quetzaltenango, ciudad que bucólicamente descansa entre fértiles valles al nororiente de las Tierras Altas de Guatemala, la hermosa y dolorida patria de Rafael Landívar, de los premios Nobel Miguel Ángel Asturias y Rigoberta Menchú, de Enrique Gómez Carrillo y Máximo Soto Hall, de Luis Cardoza y Aragón y Augusto Monterroso, creció en ese viaje cuando Tasso Hadjidodou, promotor cultural y agregado cultural de la Embajada de Francia, nos habló de esa estancia antigüeña del autor de «Vol de nuit» -Premio Fémina 1931-, «Terre des hommes» -Gran Premio de la Academia Francesa- y «Pilote de guerre».
Creo que fue en los fríos páramos de Alaska –no confundirse con el estado norteamericano adquirido por Estados Unidos a Rusia en 1867, por siete millones doscientos mil dólares- volvieron a mí los recuerdos fragmentados del Capítulo IX de «El Principito»:
«La mañana de la partida puso bien en orden su planeta. Deshollinó cuidadosamente los volcanes en actividad. Poseía dos volcanes en actividad. Era muy cómodo para calentar el desayuno en la mañana. Poseía también un volcán extinguido. Pero como decía el principito, «¡no se sabe nunca!»
La hipótesis se anidó en mí cuando volvieron a mi memoria otros fragmentos de ese libro que desde adolescente forma parte fundamental de mi vida y de la de mis hijos.
Cuando dejé Buenos Aires nunca pensé los felices días que me esperaban y me esperan en La Antigua Guatemala.
Durante más de dos siglos, aproximadamente, La Antigua Guatemala fue el centro político, religioso, comercial y cultural del istmo centroamericano, hasta que en 1773, debido a los destructores sismos de ese año fue trasladada del Valle del Panchoy a su actual residencia en el Valle de la Ermita.
La Antigua Guatemala, empero, rodeada por los volcanes de Agua, Fuego y Acatenango, continuó su vida, hasta que en 1931 una pareja de felices recién casados, Antoine de Saint-Exupéry y Consuelo Suncín, ganó sus bellas calles empedradas, comenzando quizás por la Calle de la Pólvora hasta llegar al Parque, severamente vigilados por el magnífico Palacio de los Capitanes Generales, la Catedral y los Museos del Libro y el de Armas.
Pero La Antigua es algo más. La Antigua es una Semana Santa impresionante y muchos fines de semana plenos de amor. Es un rincón de nuestra dolorida Iberoamérica, donde Guatemala se da al viajero entre rosas y buganvillas, bajo la belleza impaciente de los volcanes de Agua, de Fuego y Acatenango.
¿Tres volcanes?… Sí, tres, como los del asteroide
Recordemos nuevamente el Capítulo XV: «¡Oh! Mi planeta -dijo el principito- no es muy interesante, es muy pequeño. Tengo tres volcanes. Dos volcanes en actividad y un volcán extinguido. Pero nunca se sabe. / – No se sabe nunca – dijo el geógrafo. / – Tengo también una flor».
¿Una flor? ¿Cuál flor?
«Mi flor es efímera, se dijo el principito, ¡y tiene cuatro espinas para defenderse contra el mundo!»
Evidentemente esa flor es una rosa, una rosa de La Antigua, La ciudad de las perpetuas rosas, donde tres volcanes: uno el volcán de Agua, extinguido. Pero nunca se sabe, y los otros dos, el de Fuego y el Acatenango, ambos activos.
Por tanto no sería absurdo pensar que Saint-Exupéry, como todos los que alguna vez pasamos una temporada, corta o larga, poco importa, debe haberse quedado impresionado por esos volcanes que vigilantes cuidan o amenazan, no lo sé, a la antañona ciudad que descansa en el Valle del Panchoy, y estos recuerdos quedaron en su subconsciente.
Recordemos que durante dos años (de 1934 a 1936) trabajó como reportero periodístico en Rusia y España. En 1939 publicó «Tierra de hombres» y obtuvo el Gran Premio de la Academia Francesa.
Luego, durante la Segunda Guerra Mundial, fue llamado a las filas y movilizado y enviado a Argel, en diversas misiones, hasta que en 1941, en viaje por los Estados Unidos de América, escribió «Le petit Prince» («El Principito»), que apareció publicado dos años después, en 1943, sin duda su obra más conocida.
Escrita mientras el mundo se desangraba absurdamente, esta fábula, que no es otra cosa -como tantas veces se ha dicho- que la exaltación de la amistad y del amor, rescata aquel paraíso donde el autor fue feliz como un niño puede serlo.
Y como estoy convencido de ello, asumo que la imagen de los tres volcanes -uno apagado y dos activos- de La Antigua cimentaron la idea del lugar de nacimiento del principito.
Así hablaba el principito cuando se refería al pequeño lugar donde nació, por lo tanto si les digo que el planeta donde nació es el asteroide B 612 y que éste no es otro que La Antigua Guatemala, no estoy muy convencido de que académicamente se quedarán convencidos y que dejarán para los mayores las preguntas. Los adultos son así…
«Y no hay nada que reprocharles. Los niños deben ser muy indulgentes con las personas grandes».
Para demostrar y comprobar mi hipótesis, tomaré uno de los dibujos que el propio autor realizó como ilustraciones de su libro.
Me refiero al que lleva como epígrafe: «Deshollinó cuidadosamente los volcanes» y los confrontaré con un mapa de La Antigua Guatemala.
Justo es recordar nuevamente que por La Antigua Santiago de los Caballeros de Guatemala caminó Antoine, el aviador, enamorando y enamorándose de Consuelo, reteniendo también al mismo tiempo, en sus ojos de 7 leguas, la belleza mágica de esos 3 volcanes, uno de ellos extinguido, aunque no se sabe nunca hasta cuándo.
Para realizar esta no-ponencia volví a caminar por La Antigua, por las mismas calles empedradas que caminaron Antoine y Consuelo, y subí -como ellos- hacia el volcán de Agua, donde como alguna vez cruzando los Andes, de Mendoza a Santiago de Chile, me encontré con El Infinito. Y como a Borges, también a mí se me hizo cuento que al pie de ese volcán dormido crezcan todo el año, todos los días, rosas de 4 espinas, tantas y tan bellas, como para que el principito dejara de tener miedo porque se las comieran los corderos.
Es lógico -y consecuentemente, aburrido- que más de alguno comente que es posible que Saint-Exupéry -que recorrió el mundo en aquellos años, primero en el norte de Africa, después por la Patagonia argentina, más luego por Guatemala y El Salvador, Estados Unidos, Rusia y España- hubiera encontrado otros volcanes para inspirarse, pero quien haga ese comentario no se detuvo seguramente en su dibujo que ilustra precisamente el Capítulo IX, cuando el principito deshollina cuidadosamente los volcanes en actividad, la posición de los volcanes es similar a la de los volcanes que rodean (casi escribo, protegen) a La Antigua Guatemala.
Si volvemos a «El Principito», el libro cuya primera edición en español fue la de Emecé, en la Argentina, seguramente rescataremos el clima de la otrora Capital del Reyno de Goathemala:
«El aire fresco de la noche me hará bien».
Si usted es, gracias a Dios, nuevamente niño -o en su defecto le está leyendo el libro a su hijo, cosa muy aconsejable que haga en lugar de ver tanto programa malo por la tele- se encontrará como en La Antigua Guatemala, con jardines floridos repletos de rosas, comprenderá entonces la desdicha del principito cuando -a través de la memoria de Saint-Exupéry- descubrió que hay muchas más rosas:
«Me creía rico con una flor única y no poseo más que una rosa ordinaria. La rosa y mis tres volcanes que me llegan a la rodilla, uno de los cuales quizá está apagado para siempre».
Esto es fácilmente comparable, ya que el autor rescata de su memoria los paseos antigüeños, descubriendo otras coincidencias, aunque el escenario literario sea el Sahara, pues todo tiene reminiscencias antigüeñas:
«El pozo al cual habíamos llegado no se parecía a los pozos del Sahara. Los pozos del Sahara son simples agujeros clavados en la arena. Este se parecía a un pozo de aldea. Pero ahí no había ninguna aldea y yo creía soñar».
«Al costado del pozo había una ruina de un viejo muro de piedra».
Freudiano al fin, poco me importa que el aviador-autor dibuje e intente al final de «El Principito», desdibujar las fuentes geográficas y naturales que lo influyeron en la creación del escenario literario para el asteroide B 612, señalando que si miran
«atentamente este paisaje a fin de estar seguros de que habréis reconocerlo, si viajáis un día por el Africa, en el desierto. Y si llegáis a pasar por allí, os suplico: no os apresuréis; esperad un momento, exactamente debajo de la estrella. Si entonces un niño llega hacia vosotros, si ríe, si tiene cabellos de oro, si no responde cuando se le interroga, adivinaréis quién es».
Para mí, como para tantos empedernidos descubridores de imposibles, buenos (los imposibles) sólo para hacer más bella la vida, el asteroide del principito es La Antigua Santiago de los Caballeros de Guatemala.
No sé exactamente en dónde, quizás junto a una rosa de 4 espinas cubierta en un pequeño jardín en las faldas del volcán de Agua, que está apagado, pero nunca se sabe.
Desconocemos cuánto tiempo duró la luna de miel antigüeña de Consuelo y Antoine, pero en alguna ocasión la doble viuda (de Gómez Carrillo y Saint-Exupéry) comentó en rueda de amigos lo feliz que fueron los meses que pasaron con Antoine en La Antigua Guatemala.
Sí podemos dar fe que no son pocos los escritores que sintieron el influjo de la ciudad que nació, creció y vive entre tres volcanes: dos en actividad y uno extinguido, aunque no se sabe nunca hasta cuándo.
Estoy absolutamente seguro de que Antoine, el aviador francés y su amada Consuelo, se enamoraron como Cardoza y Aragón y tantos viajeros, en La Antigua Guatemala, del volcán de Agua.
De todas maneras, tenga o no yo razón, haya comprobado o no mi hipótesis, tozudamente creo en lo más íntimo de mi corazón, aún de niño, que La Antigua es el asteroide B 612 del principito. Si usted tiene aún dudas, cuando pueda viaje a Guatemala, La Antigua ciudad de Santiago de los Caballeros está esperándolo a menos de una hora del Aeropuerto Internacional de La Aurora, en el valle del Panchoy, con sus historias, sus eternas rosas y con sus tres volcanes, dos en actividad y uno extinguido, pero, como decía el principito: -¡No se sabe nunca!
Por último, tomen en cuenta el consejo de Saint-Exupéry, que si caminando debajo de la estrella se encuentran con un niño que ríe -lo de los cabellos de oro, es puro malinchismo del francés- que no responde cuando se lo interroga, ¡sed amables con él!…
Y enseguida, escríbanme por favor, para decirme que el principito ha vuelto.
No soy Antoine de Saint-Exupéry, ni soy aviador, ni moriré cuando mi avión sea abatido en una misión sobre el Mar Tirreno, un muy 31 de julio de 1944.
Pero guardo de él, como tantos enamorados del amor y la amistad, un agradecimiento tan grande que no se puede describir en palabras, por esa maravillosa exaltación de amor y de amistad, que es «El Principito».
Cuentan que en 1941, Antoine de Saint-Exupéry, durante unos viajes por los Estados Unidos de América, escribió "Le petit Prince" - "El Principito"- el cual recién salió publicado dos años después, en 1943.
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