La cancha está marcada
Cuando la presidenta Cristina Fernández de Kirchner advirtió que “este gobierno no permite que nadie le marque la cancha”, aludía a presiones procedentes de Estados Unidos e Israel para que deje trabajar en paz a la Justicia, pero la postura desafiante así resumida ha incidido no sólo en la política exterior, alejándonos de nuestros aliados naturales, sino también en virtualmente todos los ámbitos de la vida nacional. No bien se instalaron en la Casa Rosada, los Kirchner se dieron cuenta de que lo que buscaba una sociedad traumatizada por una implosión económica apenas comprensible era un gobierno “fuerte”, uno que no se dejara intimidar por reglas acaso apropiadas para otros países pero no para uno tan distinto, y tan gravemente herido, como la Argentina. Puesto que a su entender no había diferencia alguna entre la firmeza que tantos querían y la autocracia a la que se habían habituado en Santa Cruz, los dos tomaron la voluntad popular de ver restaurado cierto orden por un cheque en blanco. Desde entonces, la transgresión sería la característica más notable del “estilo K”. Como ya habían hecho en su propia provincia, Néstor Kirchner y su esposa se pusieron enseguida a concentrar cada vez más poder y dinero en sus propias manos sin preocuparse en absoluto por principios democráticos a su juicio anticuados o, en opinión de quienes están investigando el crecimiento explosivo del patrimonio familiar, por cualquier norma ética. Aunque en base a la metodología elegida y, huelga decirlo, a una cantidad fenomenal de dinero aportado por los contribuyentes y por el campo, los santacruceños lograron construir un movimiento político muy exitoso que en octubre del 2011 fue avalado por el 54% del electorado, el “modelo” resultante no pudo prolongarse en el tiempo porque los límites que tanto desprecia el oficialismo no son inventos de liberales nostálgicos. Desgraciadamente para los kirchneristas, la realidad terminaría marcándoles la cancha, como suele hacer cuando se trata de proyectos populistas que sólo pueden funcionar mientras haya mucho dinero para gastar. Al fomentar conflictos con los mercados de capitales del resto del mundo, resistiéndose a acatar fallos judiciales en su contra por motivos supuestamente nacionalistas, los kirchneristas se privaron de los recursos que necesitarían para que la gestión de Cristina concluyera de manera decorosa. La gran marcha del silencio del miércoles pasado trazó un límite. Fue una forma de decirles a la presidenta y sus incondicionales que una parte muy sustancial de la sociedad argentina no está dispuesta a seguir tolerando ni los excesos autoritarios ni la impúdica corrupción. Puede que ningún participante de las multitudinarias manifestaciones que se celebraron bajo una lluvia torrencial tuviera la menor idea de lo que sucedió en el departamento de Alberto Nisman aquel 18 de enero pero, de un modo u otro, todos vincularon la muerte del fiscal con el kirchnerismo. También fue una protesta contra la actitud gélidamente desdeñosa hacia Nisman que asumieron Cristina y los voceros gubernamentales más locuaces, una réplica contundente a quienes se habían propuesto “ir por todo”. Además de negarse a respetar los valores inherentes a la democracia republicana que subyacen en la Constitución que, entre otras cosas, prevé la separación del Poder Judicial del Ejecutivo, el gobierno kirchnerista se ha creído facultado para pisotear todas las reglas económicas, para no decir matemáticas, tratándolas como viles imposiciones foráneas que les sería dado rechazar. La heterodoxia de “militantes” que se imaginan capaces de subordinar absolutamente todo a su propia voluntad ha tenido consecuencias lamentables. No cabe duda de que “el modelo” kirchnerista reivindicado con tanta vehemencia por Cristina ha sido un fracaso tan monumental que tendrán que pasar varios años antes de que el país se recupere de los daños sufridos, si es que logra hacerlo, ya que son tantas las bombas de tiempo que dejará el gobierno actual que a sus sucesores no les será nada fácil desactivarlas. Paradójicamente, la magnitud de la crisis que se nos viene encima podría favorecer a los kirchneristas ya que, como suele suceder en todas partes, quienes tendrán que intentar manejarla se verán acusados de provocarla.
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