La chacra de los duendes

General Roca, como todas las poblaciones del Alto Valle del Río Negro, mantiene una vieja tradición chacarera, aunque los cambios operados durante más de una centuria han desplazado a los circuitos urbanos la motivación central de la vida cotidiana.

Cuando en 1884, apenas a un lustro de la Expedición al Desierto, se creó oficialmente la Colonia General Roca, el trazado original asignaba 100 hectáreas a cada unidad agrícola. Ese mismo año, el técnico sanjuanino Hilarión Furque dirigió la apertura del primer canal de riego, cuyo recorrido culminaba, por entonces, en jurisdicción del viejo pueblo Roca.

Como se sabe, los primeros adjudicatarios fueron inmigrantes y algunos militares que habían participado en la operación que extendió la frontera interior de la desierta Patagonia hasta los ríos Limay, Neuquén y Negro. A partir de entonces, las «chacras» eran el territorio vital del nuevo poblamiento. Por eso el coronel Lorenzo Vintter, fundador de General Roca y primer gobernador de Río Negro, pudo ordenarle al secretario de su guarnición, en 1881: «No feche la memoria militar del período, en «Fuerte» General Roca, sino en «Pueblo» General Roca». Y a la observación de Juan José Biedma de que era aquélla y no ésta la denominación oficial del lugar, le respondió: «No importa: «fuerte» es sinónimo de fuerza, de dominio, de conquista. Y no hemos venido a dominar, sino a civilizar. Póngale «pueblo» nomás».

Desde entonces, y en la etapa inicial de la experiencia colonizadora que incluyó la era de la alfalfa, con el funcionamiento ya del sistema de riego (dique Cte. Cordero, cuya piedra fundamental fue colocada en 1910, presidencia de Figueroa Alcorta, y la línea del ferrocarril que llegara en 1899), los chacareros avanzaron en la «segunda conquista» del sur territoriano.

Cuando a partir de la década de 1920 se inició la transformación fundamental, pasando del desmonte, el riego incipiente y la explotación forrajera, al surgimiento de la frutihorticultura, el despertar de la economía aceleró el proceso, y en las esquinas del desolado caserío sacudido por el viento patagónico aparecieron los primeros bancos, las boticas, los almacenes de ramos generales, y los chacareros y comerciantes levantaron las sociedades de socorros mutuos, casi todas integradas mayoritariamente por españoles, italianos, judíos, libaneses, alemanes.

Las chacras eran predios hospitalarios donde se forjaba una nueva sociedad, donde se refugiaban los casamientos y los pequeños y grandes episodios de la vida comunitaria.

He recordado hace ya varios años, en las páginas de «Todo pasó y se fue» -un memorial de nostalgias infantiles y adolescentes-, cómo nuestra familia en pleno, a mediados de los años veinte, los domingos se trasladaba a la chacra de un amigo, donde pasábamos el día. Esa chacra era propiedad de un coronel expedicionario, y su encargado -nuestro amigo- era don Octavio Guerrero, un patagónico que vivió muchos años en esa posesión de cien hectáreas, donde apenas crecía la alfalfa y, alrededor de la vivienda, aparecían los primeros frutales: durazneros y perales.

Sobre esa cercana chacra -esquinero de la ruta 22 y acceso a la calle Mendoza- se cernía una suerte de tradición misteriosa, conocida por los vecinos y amigos de don Octavio, cuya primera y joven esposa, doña Anita Jensen, de una tradicional familia de Carmen de Patagones, falleció muy joven, dejando dos hijos varones: Mario y Félix. Después don Octavio volvió a casarse y agregó muchos nuevos hijos a la familia, algunos de los cuales, y nietos, siguen viviendo en General Roca.

¿Qué pasaba en esa chacra, en las noches, cuando las espesas sombras se cernían sobre las alamedas y los alfalfares? Aparecían duendes, personificados casi siempre en la figura de una mujer rubia, vestida de blanco, que desde la entrada de la chacra acompañaba el tránsito de los que ingresaban a la misma, hasta su llegada a la vivienda.

¿Qué son los «duendes»? La primera acepción del diccionario académico trae esta definición: «Espíritu que el vulgo cree que habita en algunas casas y que travesea, causando en ellas trastornos y estruendo.»

Esto era precisamente lo que decían aquellos que realizaron visitas nocturnas a la chacra, y que luego relataban su experiencia a familiares y amigos que los escuchaban.

Nosotros conocimos por entonces lo que circulaba en las conversaciones familiares pero como éramos muy chicos, no entendíamos demasiado de qué se trataba. Después se fueron agregando referencias históricas: por ejemplo -y esto es real y comprobado- que durante roturaciones en esas tierras, aparecieron restos humanos, utensilios y armas que, supuestamente, pertenecieron a soldados expedicionarios, ya que la chacra en cuestión había sido cementerio antes de que se habilitara el que nosotros conocimos en el «pueblo viejo», sobre la continuación de la calle Alsina hacia el este.

Hacia el comienzo de los años treinta, la chacra fue adquirida por la familia Equiza, y el establecimiento fue denominado «El Sauce», que caracterizaba la entrada sobre el entonces «bulevar grande», actual ruta nacional 22. Posteriormente pasó a pertenecer al doctor Carlos Boltshauser, y fue llamado «La Morocha», comenzando un proceso de modernización hasta convertirse en un emporio frutícola y planta de empaque.

Ya casi nadie recuerda, seguramente, aquellos años en los que las chacras protagonizaron episodios salientes de la vida valletana. Es penoso que -como muchos viejos caserones y testimonios edilicios de las ciudades- vayan desapareciendo y no se defienda la tradición de sus familias y hechos trascendentes de su historia. En Allen, por ejemplo, se está hundiendo en el olvido la casa de la familia Piñeiro Sorondo, donde se fundara la prestigiosa bodega «Barón de Río Negro», la fama de cuyos vinos y champán trascendió al exterior, y en cuya casa familiar se alojó por temporadas el poeta y dramaturgo Belisario Roldán. Sus visitas al Alto Valle han quedado registradas en las páginas de «Río Negro».

Al evocar los lejanos años en que conocimos «la chacra de los duendes», sólo nos anima rescatar la densa tradición chacarera e inmigratoria de nuestra región, con sus luces y sombras, para reafirmar el espíritu de los pioneros, cuya vida está lejana en el tiempo, pero sigue inspirando la trascendencia de la comunidad que surgió entre las alamedas y los surcos.

Pablo Fermín Oreja


General Roca, como todas las poblaciones del Alto Valle del Río Negro, mantiene una vieja tradición chacarera, aunque los cambios operados durante más de una centuria han desplazado a los circuitos urbanos la motivación central de la vida cotidiana.

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