La CIA en la mira
SEGÚN LO VEO
Para regocijo de aquellos paladines de los derechos humanos que gobiernan países como China, Irán, Sudán, Pakistán, Afganistán y docenas de otros, los demócratas del Senado norteamericano acaban de difundir un informe sobre los métodos empleados por la CIA para hacer hablar a presuntos yihadistas vinculados con Al Qaeda. Aunque progresistas norteamericanos aseguran que, gracias al informe, se reforzará la autoridad moral de su país, de ahora en adelante los regímenes denunciados por pisotear los derechos fundamentales de sus adversarios lo aprovecharán para ubicar a Estados Unidos en el centro del banquillo de acusados. Sin proponérselo, ya que lo que querían era incomodar a los republicanos, comenzando con el expresidente George W. Bush y miembros de su gobierno, los demócratas han asestado un golpe demoledor a Human Rights Watch y otras agrupaciones prestigiosas, además del Departamento de Estado que, con regularidad cronométrica, amonesta a los gobiernos del resto del mundo por sus deficiencias cuando de respetar los derechos de los ciudadanos se trata.
Como pudo preverse, las revelaciones han sido espeluznantes, tan espeluznantes que, sin vacilar un instante, los muchos simpatizantes de dictaduras que nadie pensaría en acusar de ternura excesiva hacia los sospechosos de conspirar en su contra se manifestaron horrorizados por lo hecho por los agentes del Gran Satanás yanqui. Han sido brutales, de eso no cabe duda, pero sería absurdo suponer en base al informe que Estados Unidos es el único país del planeta en que ocurren tales violaciones de los derechos humanos: entre otras cosas, la CIA ha sido criticada con vehemencia por enviar presos a lugares en Oriente Medio y el sur de Asia en los que la tortura es habitual. Si algo distingue a los demócratas norteamericanos, es la voluntad compartida, por extraño que parezca, con los yihadistas del aún precario Estado Islámico de dar la máxima publicidad a detalles escalofriantes que otros preferirían ocultar.
De estar en lo cierto quienes insisten en que la tortura nunca funciona, que la CIA no aprendió nada útil de las personas que sometían a vejaciones inaceptables en una sociedad civilizada, el asunto sería mucho más sencillo de lo que en realidad es. Sin embargo, nadie ignora que hay circunstancias en las que virtualmente cualquier persona, aun cuando en principio se opusiera a todo tipo de apremio ilegal, estaría más que dispuesta a hacer sufrir a otra. Lo haría si creyera que no hay otra forma de salvar a sus familiares de la muerte o de impedir que se produzca un atentado terrorista en que morirían muchos inocentes.
Por desgracia, no se trata sólo de casos hipotéticos del tipo que suele mantener ocupados a filósofos. El mundo que nos ha tocado es un lugar muy violento en que, a veces, hasta los relativamente buenos se sienten constreñidos a hacer cosas terribles. Cuando un país está en guerra, pocos se preocupan por el “derecho a la vida” de los soldados enemigos. La mayoría, como sucedió aquí en 1982, los quiere bien muertos o, cuando menos, heridos de gravedad.
Es legítimo distinguir entre el uso de la violencia en circunstancias extremas, cuando todas las alternativas parecen peores, por un lado y, por el otro, la violencia sistemática de quienes en verdad sólo quieren vengarse. Al fin y al cabo, a veces los policías se ven obligados a desenfundar sus armas y tirar a matar contra delincuentes, pero si logran detenerlos no tendrían derecho a torturarlos para que aprendieran a respetarlos. Es posible que en algunos casos ciertos agentes de la CIA hayan dado rienda suelta a instintos sádicos, pero ni siquiera los responsables del informe creen que muchos se hayan comportado así.
Por supuesto que sería bueno que tuvieran razón los que, como algunos integrantes de la administración del presidente Barack Obama, dicen estar convencidos de que las interrogaciones brutales nunca producen información útil, pero es sólo una expresión de deseos parecida a la de pacifistas que insisten en que la guerra nunca sirve para nada sin pensar en lo que hubiera ocurrido de haber dejado las democracias occidentales que Hitler consolidara sus conquistas sin tener que perder el tiempo luchando contra los resueltos a privarlo de ellas.
Con todo, si bien en ocasiones, tal vez pocas, métodos como los usados por la CIA sí han servido para salvar vidas, hay que prohibirlos formalmente para que no sean considerados normales, como a menudo ocurre en organizaciones policiales, militares o de inteligencia a menos que las autoridades civiles las mantengan bajo control. Es hipócrita, sin duda, pero ayuda a impedir que ciertas costumbres malsanas se propaguen, brutalizando primero a las fuerzas de seguridad y después al resto de la sociedad.
Asimismo, si Obama realmente cree que siempre hay que respetar los derechos humanos ajenos, tendría que desistir de autorizar el empleo de drones para matar a yihadistas y a quienes por casualidad se hallan en el vecindario, pero parecería que a su entender es una forma más quirúrgica, más “limpia”, de defender Estados Unidos de sus enemigos. Desde su punto de vista particular, y el de muchos otros, lo es, ya que matar o mutilar a distancia, como si se tratara de un videojuego, parece menos repugnante de lo que sería hacerlo cara a cara.
La metodología empleada por la CIA y, en escala mayor, por la policía y los servicios de inteligencia en virtualmente todos los países del mundo es considerada aberrante porque es tan personal. El torturador y el torturado son individuos de carne y hueso, con nombre y apellido, mientras que en una guerra convencional quienes matan o mueren han sido por lo común estadísticas, aunque últimamente la disponibilidad ubicua de medios para captar imágenes los ha hecho más “reales”, o sea, menos impersonales, de ahí la resistencia del gobierno estadounidense actual a permitir que tropas terrestres de su propio país luchen contra los yihadistas que están masacrando a miles en Siria e Irak. Obama entiende muy bien que, además de salvar vidas norteamericanas, tal actitud reduce el riesgo de que efectivos de su país se vean acusados de perpetuar crímenes de lesa humanidad, pero sería comprensible que los kurdos, cristianos, yazidíes, musulmanes chiítas o meramente tibios que temen caer en manos de los guerreros santos no se sintieran demasiado impresionados por el deseo del presidente norteamericano de mantener impolutas las manos propias.
JAMES NEILSON
JAMES NEILSON