La clase media porteña se enoja
Hoy se habla más de “las clases medias” que de “clase media”–, es desde estos planos de la vida nacional que se intenta, con suerte difícil de prever, colocar en la calle un bloque opositor al kirchnerismo. “Debates” formula en estas páginas un aporte para reflexionar sobre el tema.
Suplemento Debates
Carlos torrengo
carlostorrengo@hotmail.com
–¡Ésta no es la Argentina del 2001! ¡Hay un gobierno y hay poder en ese gobierno! –machaca y machaca por estos días Alberto Fernández, pieza clave en la fundación del kirchnerismo. Un bloque de poder del cual tomó distancia hace tres años. Y del cual, vía dosis parejas, es tan acrítico como crítico.
Sin embargo, a aquel machaque inexorablemente siempre suma una acotación:
–¡Que no sea el 2001 no es contradictorio con que nos estemos acercando a situaciones poco aconsejables!
Observador sereno de la política, hace cinco años escribió un breve ensayo sobre la crisis del 2001.
El núcleo duro de sus argumentaciones sobre las razones que condujeron a aquel cruel desmadre se sintetiza en la suma de “desmesuras” que acumuló el gobierno de la Alianza: “El voluntarismo extremo, el culto a un individuo salvador, la soberbia de creerse todopoderoso”.
A una década de aquel tiempo y distantes de toda comparación, ¿no son sin embargo éstas –al menos en parte– las causas que liman hoy el poder del kirchnerismo? Lo son. Son parte constitutiva esencial de toda reflexión sobre el tema. En otro contexto institucional. Viniendo de una historia diferente. Y, sumando todas las diferencias que desde lo puntual a lo general vale establecer entre aquel gobierno y aquel país y el presente, son las mismas causas.
Tras nueve años de gestión, huelga aquí definir las características que definen al kirchnerismo en materia de formas y estilos de ejercer el poder.
(Continúa en la página 24)
(Viene de la página 23)
Vale, en todo caso, señalar que algunas de esas características que pudieron en los meses iniciales del gobierno –el lejano 2003– explicarse por la necesidad de construir poder se prolongaron en el tiempo en cultura y práctica. Aquello que no se presentaba como peligroso para el sistema político lo fue y lo es. Personalismo. Posibilismo. Autoritarismo. Populismo. Desdén –agresividad discursiva mediante– por la política como trámite creativo que contempla el pensamiento diferente para mejorar la calidad de sus propias decisiones. Y etcétera, etcétera.
Desdén hace a un término que define el nefrón de los problemas que comienza a cosechar el kirchnerismo. Porque, rastrille por donde se lo rastrille, el kirchnerismo se funda en una seducción excluyente: le gusta más construir poder que hacer política para construir poder. No le gusta convivir con la política. Un mecanismo que no le ha impedido ganar elecciones a la luz de una economía que bajo crecimiento acumulativo durante al menos siete años alentó la laxitud de gran parte de la sociedad en relación con formas y estilos de ser gobernada.
Clavado en su lógica de resultados, el kirchnerismo vulnera lógica, racionalidad, sensatez. Tiene poder e iniciativa. Pero hoy cosecha descontento. Nace en la clase media, que más que una en todo caso son varias. Un plano veleidoso de la vida argentina. En línea con esto, acierta la socióloga Graciela Romer cuando dice: “La clase media es capaz de asumirse como expresión de toda moral frente a la corrupción cuando sus intereses inmediatos están afectados, pero mirar para otro lado si a sus intereses les va bien. La relación que establece con un gobierno pasa por si le meten o no la mano en el bolsillo”. (Ver infografía)
Algunas explicaciones
Pero, sea veleidosa o no, es la clase media. ¿Cómo explicarla más que definirla?
Ezequiel Adamovsky es el cirujano más riguroso que tiene el país en eviscerar lo que identificamos como clase media. Egresado en Historia en la UBA y doctorado en la Universidad de Londres con su trabajo “Historia de la clase media argentina. Apogeo y decadencia de una ilusión, 1919-2002”, Adamovsky sostiene, entre otras explicaciones:
• Puede que, como pensaba Marx, la repetición de la historia primero como tragedia y luego como farsa sea signo de que una época histórica ha quedado finalmente atrás. Pero no hay dudas de que indica, también, que la identidad de clase media sigue siendo extraordinariamente poderosa en la Argentina.
• El contenido de esa identidad, la manera en que invita a la gente a imaginarse a sí misma y a los demás, sigue teniendo efectos concretos sobre nuestras vidas. La identidad de “clase media” la imagina tajantemente separada respecto de un mundo de la clase baja, al que concibe como un resto bárbaro e “incivilizado”, un conglomerado de brutos y “negros” atrasados poco digno de ser tenido en cuenta.
• La “clase media” imagina ser la encarnación de la nación y la voz de la racionalidad, lo mejor de la argentinidad. Traza sus orígenes en una manera sesgada de ver el pasado en la que los inmigrantes europeos –sus ancestros– son los protagonistas centrales del progreso nacional y la población anterior, su obstáculo.
• La identidad de “clase media” tiene efectos siempre concretos: divide y “ordena” en una jerarquía a los habitantes de esta tierra según su nivel adquisitivo, su ocupación, su educación, su lugar de residencia, sus modales, su aspecto.
Pero, más allá de los ríos de tinta que se ocupan de explicar a la clase media argentina, ¿desde dónde reflexionará la clase media que acumula enojo con el kirchnerismo?
• Un dato esencial. No es clase media empobrecida. Bajando estrepitosamente desde la cima de una montaña –como la supo caracterizar Quino–. Alocada carrera donde en la base estaban los habitantes de la villa miseria diciendo “¡Qué manera de bajar éstos de la clase media!”. No es la clase media del 2001 tronando “¡Piquete y cacerola, la lucha es una sola!”. Nada de eso. Llega al enojo con el gobierno luego de ser beneficiaria directa del consumo en que aquél se ha sostenido.
• “Pero llega por la vulgaridad con que la trata el kirchnerismo”, señala Julio Bárbaro. “Todo en un momento crítico de la economía, cuando se enfría la economía”, acota. ¿Qué entender por “vulgaridad”? La textura del discurso cotidiano del gobierno. Incluso la gestualidad con que se expresa. Ese desprecio que manifiesta al no esquivar voluntariamente toda referencia a problemas concretos que crecen y se expanden. El desjerarquizarlos mediante reducirlos al silencio. Un rosario de gambetas: inflación, transporte, seguridad.
• Un rosario que para el sociólogo Eduardo Fidanza –director de Poliarquía, la consultora más profesional del país– tiene su gradaciones. Al menos para la clase media porteña, donde comienza la queja contra el gobierno. “Más que la inseguridad hoy le pesa la inflación, que hace a la declinación del valor de los ingresos. A lo que se suma inexorablemente un miedo concreto: la posibilidad de pérdida de empleo en razón de la baja del crecimiento”.
¿Existe la posibilidad de que se expanda el incipiente cacerolazo instalado en Buenos Aires de la mano de la clase media porteña?
Para Fidanza, por el momento no hay posibilidad de entrar en especulaciones sólidas sobre el tema.
Según Jorge Giaccobe, titular de Giaccobe Consultores, “puede incurrirse en un error si se cree que el humor de la clase media porteña siempre termina contagiando al resto de la clase media del país. Porque está Buenos Aires con sus propias patologías y está el resto del país, con otras patologías”.
Otro sociólogo, Ricardo Sidicaro, remata:
–La protesta es muy incipiente… todavía está en la etapa de estar conformada por juicios muy individuales, recién comienza a juntarse. No pasa de eso, al menos por ahora.
Es cierto, al menos por ahora.
Si hay más, lo dirá la historia por venir.
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